Por la mañana hay que ducharse otra vez. Hemos dormido sin poner el aire acondicionado por aquello de la ecología, pero dudo que aguantemos mucho así. A las 9, puntual, nos trae el desayuno la vecina de arriba, la señora Belkis: pan caliente, mantequilla, huevo frito, puré de patatas, sandía, piña, papaya (que aquí se llama “fruta bomba”, mientras que el otro término se refiere a otra cosa que, si se come, no se traga), dulce de piña, un zumo de sandía (“jugo de melón”, como para entenderse) delicioso, té y café, todo por 2 CUC por persona.
Por cierto, que la señora Belkis tiene por segundo nombre Tatiana. La dueña de la casa, Mabel, se llama también Olga. Nacieron en la época en la que la URSS era el mayor aliado y punto de referencia para Cuba.
Bajamos en busca de la CADECA (casa de cambio). Abren a las 10 (en realidad 15 minutos más tarde), pero a las 9:30 ya hay cola: una fila de gente espera dentro de la estrecha franja de sombra que proyecta una columna. Todos comentan el calor. Cuando nos llega el turno, cambiamos bastantes euros por CUC, y unos cuantos de éstos (pues no se puede hacer el cambio directamente) por “moneda nacional”*. La señora de la CADECA nos aconseja que no cambiemos tanto, dice que no nos vamos a gastar tantos pesos cubanos, pero no le hacemos caso. El plan es comer y comprar donde los cubanos, pues de lo contrario será un viaje muy caro. Por el camino de vuelta a casa nos saluda un barrendero que lleva un puro en la boca. Dejamos la mayor parte de la pasta en la caja fuerte y salimos.
En la parada de “ómnibus” preguntamos cuánto cuesta: son 50¢ por persona, a no ser que sea un bus rápido, que cuesta el doble. Saco del bolsillo la calderilla que tengo, cuento 50¢ y entonces la señora que está a nuestro lado y que nos precede en la cola (sí, para el ómnibus también hay cola), sin mediar palabra, estira el brazo, me coge una moneda de 5¢ de la mano y me dice: con esto basta para los dos. Resulta que las monedas que tengo son centavos de CUC y no de CUB. Es decir, que iba a pagar por el viaje 25 veces más de lo que vale. Conclusión número 1: el transporte público es increíblemente barato (lo subvenciona el Estado). Conclusión número 2: no me extraña que tomen a los turistas por tontos, si están dispuestos a soltar la pasta de esa manera.
En el bus hay un letrero en ruso donde dice, deduzco, que caben 178 pasajeros, de los cuales 32 sentados. La señora, viendo que andamos un tanto despistados, está atenta para indicarnos dónde bajar.
Echamos a andar hacia la cúpula del Capitolio, por aquello de ir tachar rápidamente los puntos turísticos de la lista y dedicar el resto del tiempo a otra cosa. Junto al bordillo de la accidentada acera esperan las rikshas locales: una bici que tira de un sofá con un toldo. Los conductores nos silban y ofrecen: “¿taxi?”. No nos dejan concentrarnos en admirar la arquitectura. Hay que caminar rápido y contentarse con visiones fugaces.
Al dar la vuelta a la esquina se nos acerca un hombre, nos pregunta de dónde somos, casualmente tiene un amigo en Orense, nos dice que es percusionista en el teatro nacional, me da la mano, pero la tiene sospechosamente suave. Pregunta si hemos visto el bar donde se grabó Buena Vista Social Club, no nos interesa mucho, pero insiste en llevarnos porque está a un tiro de piedra, nos dejamos llevar por no ser bordes y porque me siento un poco culpable de sospechar de sus intenciones. El tipo es amable y por el camino nos explica que estemos tranquilos, que La Habana es muy segura porque de los dos millones de habitantes que tiene un millón son civiles y el otro policías. El resto es como me lo imaginaba: entramos en un bar cuyas paredes están abiertas, el tipo saluda al camarero, nos hace firmar una hoja cutre de papel arrugado donde “todos los visitantes tienen que firmar” (hoy ha sido de momento una pareja española, es temprano todavía) y decide que, con el calor que hace, es un buen momento para que nos tomemos un mojito (que, ni que decir tiene, correrá a nuestra cuenta). Le decimos que no queremos tomar nada (y menos un mojito para bajar el desayuno), sino caminar, a lo que contesta que no podemos hacerle ese feo. Resulta que sí que podemos.
Volvemos hacia el Capitolio. Por el camino conseguimos esquivar a dos personas, separadas por cosa de cien metros, que nos piden que les compremos leche. En la esquina siguiente nos para otro tipo que también tiene muchos amigos españoles, cosa que demuestra utilizando (mal) el argot español y preguntándome si “soy currante”; también se ofrece a enseñarnos el bar de Buena Vista Social Club; también nos dice que estemos tranquilos; y también nos da estadísticas, según las cuales la población de La Habana se ha triplicado en la última media hora: hay un millón de civiles y cinco de policías.
Desviamos el rumbo. Cogemos una calle que resulta ser muy turística. Nos abrimos paso entre la marabunta, por fin los turistas se dispersan un poco. Llegamos a una plaza muy bonita. En una esquina un chico nos ofrece ayuda, comida, puros, porros y “lo que queramos”. Me río, y él insiste: “en serio, ¿farlopita?”. Deben de pasar bastantes españoles por ahí.
Llegamos al mar, pero es un sitio feo, una carretera, un puerto con un transatlántico, así que volvemos a meternos entre las calles. Es una esquina hay un bar cubano; quiero decir, de cubanos. En la primera sala sólo sirven cerveza. El camarero no tiene ni que cerrar el grifo, porque la cola no cesa, a pesar de que el recinto parece vacío: el espacio es grande, apenas hay unas cuantas mesas desperdigadas por él, el mostrador con el grifo de cerveza y las paredes desnudas y desangeladas. Es como si cada uno cogiera su vaso lleno, se sentara, se lo bebiera de dos tragos y volviera a levantarse para rellenarlo. En la otra sala un tipo sentado a la barra con gafas de espejo nos pregunta de dónde somos, nos ofrece llevarnos en coche de caballos o conseguirnos puros buenísimos y nos dice que estemos tranquilos, porque La Habana es muy segura con su millón de policías para otro millón de civiles (se ve que la estadística oscila). Ah, también tiene amigos españoles.
Nos metemos en La Habana vieja. Es increíble lo deteriorados que están los edificios, se caen literalmente a pedazos, de algunos ya sólo queda la fachada, pero está claro que debieron de ser preciosos. Bueno, a su manera decadente siguen siéndolo. La pintura de colores está desteñida, apastelada y desconchada. En cada calle hay aparcado al menos un coche antiguo de fabricación americana: Fords, Dodges, Plymouths, Chevrolets, Buicks, Chryslers, Pontiacs, la mayoría de los años 50, la mayoría en un estado de conservación regularcillo, algunos más cuidados y relucientes, pero los demás parecen pintados con pintura para puertas o algo así, en gruesas capas para ocultar la corrosión. Se nota el cambio de “patrón”: de los cochazos americanos de los 50, pasamos a los Lada y Moskvich soviéticos e incluso se ve algún que otro Fiat 126p de producción polaca.
A la puerta de las casas, gente sentada, sin hacer nada en concreto, aparte de conversar con los que se paran un rato con ellos. Niños jugando al fútbol o al béisbol, pero sin bate, así que batean con la mano (eso sí, el catcher tiene guante) y, al vernos, lanzan la pelota contra nosotros sin querer. En una plaza, un partido de fútbol en toda regla, con dos porterías pequeñas y jóvenes fibrosos sin camiseta y con chanclas. Bajo un arco, unos chavales han montado un frontón. Pero no, eso será más tarde, cuando baje el calor.
La gente representa diversos tipos físicos, vemos algún rubio, un pelirrojo, muchas personas que podrían ser españolas, pero la gran mayoría de la gente tiene la piel de color café con diferentes proporciones de leche, pero más bien poca. Los rasgos varían muchísimo y, observando a la gente más negra, deduzco que depende del lugar de África del que procedieran sus antepasados.
Pasamos por delante de una persiana metálica medio bajada. La penumbra del otro lado está iluminada por un par de lámparas mortecinas y la claridad deslumbrante que refleja la calle. Dentro hay unos hombres que nos gritan que pasemos. Me gusta la luz que hay, así que entramos. Son zapateros y quieren que les hagamos fotos. No nos hacemos de rogar. Posan gustosamente. Llega un tercero. Charlamos un rato y, no sé cómo, deciden que hay que tomar algo. Dos de ellos nos acompañan a una tienda donde se paga con CUC, eligen una botella de ron Havana Club añejo, que cuesta 3’85 (alrededor de tres euros), y menos mal que no una de ron negro de 18 CUC, porque, con la botella en la mano, nos miran radiantes como niños a los que se les ha prometido un helado. La gran diferencia entre esta escena y la anterior es que esta vez sí ha habido una interacción, los hombres sí conversan con nosotros con naturalidad, no vamos a pagar precio especial de turista para que alguien se lleve comisión y, además, los zapateros quieren que bebamos con ellos. Ellos piensan tomar ron a pelo, pero nosotros preferimos “ligar”, así que ellos piden para nosotros sendas latas de algo-cola, que nadie se preocupa por cobrarnos.
Volvemos a la zapatería, donde damos buena cuenta de la botella en compañía de Alexis (alias “el Moro” o “el Mago”), Francisco y Miki. Conocemos también a la cajera, Marta, una señora de pelo corto muy blanco y unos ojos de un verde más felino que humano que lleva una camiseta que, en letras grandes, pone: “Today / Luck / Smile”. La botella está en el suelo, relativamente oculta de la vista de los clientes entre mi mochila y mi pierna. Alexis bebe en una taza de hojalata abollada y Francisco en una jarra de plástico. Una hora y pico más tarde estamos totalmente borrachos y decidimos irnos a comer. Alexis nos acompaña a un restaurantillo de tres mesas y donde nos recomienda como amigos y se va. Nos dan a cada uno un plato con un muslo de pollo, ensalada y plátano frito, y otro de arroz con garbanzos, más un rico batido de mamey y otro de mango, más agua hervida fría a voluntad, todo por 4 CUC por cabeza. Probablemente hemos pagado bastante más que los cubanos, pero seguro que mucho menos que los turistas, y estaba todo muy bueno.
Volvemos a la zapatería a despedirnos de nuestros amigos y Alexis, haciendo caso omiso de los clientes que están esperando, se levanta, sale con nosotros y nos lleva dos “cuadras” más allá, a enseñarnos su casa, que es estrecha y oscura como un pasillo y está llena de objetos extraños que resultan ser altarcitos y ofrendas para diferentes orishas de la santería. Luego nos despedimos, mientras él repite que vayamos a verlo cuando queramos.
Agata y yo seguimos dando una vuelta por La Habana vieja, entrando en los portales y los patios, haciendo fotos. De repente, a nuestras espaldas oímos un estruendo, un golpetazo sordo. En la calle, justo por donde acabamos de pasar, hay un trozo de balcón y un barril metálico, como los de petróleo, un poco aplastado. Nadie, ni los transeúntes ni los que están sentados en los escalones de los portales, parece muy impresionado.
Atardece y empezamos a plantearnos la vuelta. Cerca de la estación de tren hay una especie de parada de taxis. Son todo “carros” estadounidenses. Un hombre nos pide que le hagamos una foto junto con su pareja, luego nos da la dirección de su novia para que se la llevemos otro día, y después ambos nos acompañan a buscar el bus de vuelta a nuestra zona, algo que lleva bastante tiempo, porque nadie conoce la calle en la que estamos alojados. Le preguntamos a un policía, no porque confiemos en su ayuda (aunque resulta ser el único capaz de ayudar), sino porque los cubanos tienen miedo de que la poli los tome por “jineteros” y los arreste, y así, preguntándole directamente, dejan claro que simplemente nos están ayudando. El hombre nos deja en la puerta del bus e incluso me mete en la mano 1 CUP, lo que cuesta el billete de ambos, todo ello sin aceptar mis protestas y, lo más curioso de todo, sin haber sonreído en ningún momento desde que lo conocimos media hora antes.
No reconocemos nuestra parada, nos pasamos de largo y acabamos en una zona rarísima, de avenidas vacías que bajan y enlazan rotonda tras rotonda, por suerte el camino del bus era recto (y cuesta arriba) y, aunque tardamos un rato, llegamos a la parte conocida antes de que se ponga el sol.
Dejamos las cosas en la casa, bajamos a “El Rápido”, tomamos una cerveza, una pseudopizza blandurria de microondas y compramos agua mineral, que tampoco es que sepa mucho mejor que la del grifo, pero al menos no hay que masticarla. Ya que no el paladar, supongo que lo agradecerán nuestros riñones.
Nos duchamos, actualizamos el diario, y a dormir.
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