La señora Belkis nos trae el desayuno a las 7: fritura de maíz, tortilla francesa, pan, mantequilla, mango, piña, sandía (perdón, “melón”), zumo de mango, té y café. Poco después salimos, dispuestos a ver el desfile del 1º de mayo, que empieza en la Plaza de la Revolución, bien cerquita de casa. La avenida que sube está flanqueada por cientos de autobuses fletados por las empresas y organismos oficiales para traer a los trabajadores. El gentío se va espesando. Por una gran avenida que confluye con la de los autobuses vemos avanzar a miles de personas. En su mayoría llevan camisetas rojas, blancas o azules, los colores de la bandera cubana. Algunos llevan banderitas, pero nadie parece reivindicar ni celebrar nada. Caminan tranquilamente, sonrientes, y nada más. Una auténtica marabunta de personas. El hormiguero del que salen es la Plaza de la Revolución, se ve allá al fondo, todavía cubierta de hormiguitas de colores, pero, en vez de ir hasta allí, inconscientemente nos dejamos arrastrar por la corriente. Algunos nos piden que les hagamos fotos. En una de las rotondas de ayer el río se bifurca. Nos unimos a uno de los grupos, pero éste se va disolviendo como si se lo tragara la tierra, hasta que al final nos encontramos caminando solos bajo un sol increíblemente ardiente para la hora que es. No tenemos fuerzas para volver a subir en busca del mogollón, así que seguimos bajando a solas. Se acaba la Avenida de los Presidentes y llegamos hasta el mar. Las olas baten contra el malecón, sobre el que se ven algunas personas paseando. A un lado, el mar; al otro, cemento y cemento, un amplio bulevar por el que a esta hora apenas circula ningún vehículo (¿estarán todos –menos los que se ha tragado la tierra– en la Plaza de la Revolución?) y, más allá, grandes bloques que, si no hiciera el sol que hace, serían de lo más deprimente. Echamos a andar a lo largo del malecón y tardamos como una hora en llegar a la civilización. Ya han empezado a circular los coches. Por el camino se ven casas derruidas, tal vez a causa de los huracanes de hace un par de años. Nos sentamos al extremo del malecón, cerca de no sé qué fuerte o castillo, una señora quiere adivinarnos el futuro.
Entramos en un bar a hidratarnos un poco. Está visto que todavía no tenemos las claves, lo que parecía a mi juicio un bar normal resulta ser turístico, pero la sed nos vence. Pruebo la malta: un refresco que parece cerveza tostada (de hecho está hecha con malta de cebada y lúpulo), pero tiene aroma de caramelo y no lleva alcohol. Me termino la lata sin haber decidido si me gusta o no. Dicen que es muy nutritiva y que se la dan a las embarazadas mezclada con leche. Menos mal que no lo estoy.
Seguimos callejeando, llegamos a una zona que tiene el mismo ajetreo de la parte turística, con la diferencia de que por aquí pululan casi sólo cubanos. Así como la impresión de La Habana vieja ayer fue la de un lugar antaño esplendoroso y hoy decadente, esta zona, que resulta ser el llamado Centro Habana, tiene aspecto de haber sido pobre siempre. Pero, al igual que La Habana vieja, nos gusta por su autenticidad. En todas partes tienen los precios en “moneda nacional”, aunque los productos que ofrecen (básicamente perritos calientes, hamburguesas amarillas y variantes de esto) no nos tientan demasiado. En una esquina un policía, muy amablemente, nos sugiere que mantengamos las cámaras bien sujetas, por los tirones, y que en realidad mejor que no nos adentremos más en la zona, porque por allí hoy sólo está él para mantener el orden. Lo cierto es que nos da un poco igual hacia dónde tirar, pero también es verdad que en aquella zona llamamos bastante la atención; y yo, con mi reciente esguince de tobillo aún sin curar, no me siento tan seguro como para defenderme si ocurriera algo (por no mencionar que el cubano medio es considerablemente más fornido que los habitantes de la mayoría de los países que conozco), así que damos media vuelta, nos metemos por otra calle y allí unos tipos que están bebiendo ron apoyados en un gran graffiti propagandístico, refugiados del sol en la estrecha franja de sombra que aún proyecta el muro, nos indican que nos acerquemos. Nos metemos con ellos en la sombra, nos ofrecen un trago de ron, uno de ellos, el que lleva la voz cantante, nos cuenta que fue jugador de béisbol, que se lesionó y ahora se dedica a dar clase de béisbol, luego alaba la táctica de Raúl (y tardo un rato en darme cuenta de que no se trata de Raúl Castro, sino del futbolista español) y termina por preguntarme si soy comunista, respondo evasiva y estúpidamente que “un poco”, a lo que él contesta que espera que al menos no sea castrista, porque el castrismo es un desastre para la nación. Otro de los tíos es marinero, está muy borracho y no le entiendo nada, aparte de que ha estado en Tarragona y en otro puerto del norte de España, y no para de preguntarme cómo se llama ese puerto (ni idea de a cuál se refiere) y de dónde soy. También, en un momento de iluminación, me pregunta “cómo se llama el país brasileño que está al lado de España”. El beisbolista afirma que es su cumpleaños y que nos va a llevar a un sitio típico. Pensando que ya es la hora de comer nos dejamos llevar a un restaurante en penumbra con aire acondicionado y servilletas de tela en las mesas, lo cual me hace sospechar, pero ya es demasiado tarde. El tipo dice que si comemos (el “nosotros” lo incluye a él) algo; nosotros mentimos que no tenemos hambre. Entonces, que si unos mojitos “para refrescarse”. Nosotros, que no queremos alcohol. Él, que “mojitos sin alcohol, claro”. Con los ojos como platos, sólo se me ocurre responder que no tenemos presupuesto para eso. Él, que hay que celebrar su cumpleaños, que nos harán un descuento y que dos mojitos sin alcohol, porque Agata (más lista que yo) se planta desde el principio. Total, que por dos vasos de agua con menta y azúcar acabo pagando, a precio de oferta, 4 CUC. Mientras tanto, la conversación se reduce a que el tipo repite: esto es Cuba, os va a ir muy bien, siempre que no cambiéis dinero ni compréis puros en la calle, y cuando os pregunten decid que es vuestra cuarta vez aquí y tenéis muchos amigos. Ah, y usad siempre dos condones, que son malos y se rompen. Por cierto, que aquí en el Caribe tres veces al día, aprended. El tipo ya ve que aquello no va a dar más de sí, de modo que se bebe el pseudomojito de un trago, nos hace salir casi a empujones, se despide y se va. Por fin lo han conseguido, joder. Pero hay que reconocer que éste, al menos al principio, era mucho más sutil y mejor conversador que los aficionados de ayer. Pero por culpa de gente así empezamos a desconfiar de todos.
Un par de esquinas más adelante yo estaba haciendo fotos cuando un tío empezó a hablar con Agata. Por supuesto, tenía amigos en Polonia. Y dientes de oro. Mario. Dijo ser percusionista y nos dio invitaciones para ir a verlo esta noche. Según él, los cubanos pagan 5 CUC, los extranjeros 10 y nosotros podremos entrar gratis. Es muy simpático. Menos mal que, basándonos en la experiencia anterior, no lo mandamos a tomar el viento. Nos explica que los cubanos quieren a Fidel, pero no a Raúl, que “es militar” y que acaba de aprobar una ley que permite “dar palito” a las mujeres. Se refiere a la pena de muerte. Efectivamente, Raúl se adapta mejor a estos tiempos de igualdad.
Decidimos ir a hacer la foto del Capitolio para tacharlo ya de la lista, aunque en realidad nos ponemos a hacer fotos de los cochazos estadounidenses de los 50, algunos restaurados, preciosos, para transportar a los turistas. Incluso a mí, con lo poco amigo que soy de los coches, me gustan. Estamos sentados en un porche cambiando objetivos cuando por delante de nosotros pasa un hombre con aspecto pobre, se para y nos pregunta si hablamos español, si nos gusta la fotografía y si conocemos el hotel Ambos Mundos. No me da tiempo a contestarle que no buscamos ningún hotel, porque el hombre continúa: que allí vivió Hemingway y tal y cual. Yo cada vez le contesto con menos interés y más bordería mientras sigue explicándonos cómo llegar allí. Estoy por preguntarle si también tiene amigos en España. El hombre acaba su explicación: en el hotel hay una terraza con unas vistas estupendas, podemos sacar fotos y es gratis. Se va, sin que apenas nos dé tiempo a darle las gracias.
Echamos a andar hacia La Habana vieja. En una calle nos llaman unos hombres, tienen una peluquería enfrente, pero yo llevo el pelo ya rapado. Empezamos a hablar, les preguntamos dónde se puede comer algo, entienden qué es lo que buscamos, nada de “paladares” (restaurantes turísticos), sino algo barato. El que nos ha llamado se ofrece a ir a buscarnos algo, porque el sitio es demasiado pequeño para sentarse dentro, me imagino que es una casa particular, nos traerá “una cajita”, que no cuestan más de 35 pesos cubanos, y nos la podemos comer allí mismo, sentados con ellos, o dentro de la barbería. Me fío de él. Pero mala suerte: parece que hoy, por ser fiesta, la señora no ha cocinado nada. Nos indican dónde hay un par de paladares donde se puede comer no muy caro, “según lo que pidamos”. Y así es como vamos a parar a un lugar con el poco sugerente nombre de “La lluvia de oro”, donde ayer nos explicó Alexis, el zapatero, que trabajaba su hermano Cristóbal. Y así es, lo reconocemos enseguida por el parecido, nos atiende él. La oferta no es muy amplia, acabamos comiendo lo esperable: carne (“ropa vieja”), arroz y frijoles. Entre la clientela, extranjeros, algún grupo de cubanos (supongo que pudientes) y algunas parejas sospechosas de guiri viejo (y con anillo de casado) y cubana joven (sin anillo). Un grupo bastante bueno toca música cubana.
Caminamos un rato más, hacemos fotos y buscamos la parada del P-12. Es curioso, porque la parada está dividida en dos zonas. El bus para primero donde dice “pasajeros sentados”, arranca y vuelve a parar quince metros más allá, donde dice “pasajeros de pie”. Me pregunto si habrá precios diferentes. En cualquier caso, nosotros nos subimos en la segunda, pagamos lo mismo que siempre y aunque hubiéramos querido sentarnos habría sido difícil encontrar un asiento libre.
Estamos tan cansados que nos acostamos súper temprano.
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