La señora Belkis nos trae el desayuno a la hora acordada, luego viene a buscar los platos sucios y nos da besos para despedirse. A las 8:30, bueno, un poco más tarde, llega Mabel para llevarnos a la casa de unos amigos suyos, ya que ella tiene reservas para los próximos días.
La casa de Milaydis está dos calles más allá. Es muy diferente. Donde Mabel teníamos para nosotros solos un apartamento pequeñito y modesto. Ésta es una casa enorme y señorial, con dos pisos, varias habitaciones para alquilar y un porche con mecedoras. Y una familia entera comiendo con nosotros. Con mármoles, jarrones y lámparas de muchos brazos. Pero parte del trato es matenernos el mismo precio que donde Mabel.
Después de instalarnos salimos hacia el centro. Hoy hemos decidido ir andando. Según algunas fuentes, el camino dura media hora; según otras, alrededor de cuarenta minutos. Pero no conseguimos verificarlo, pues nos paramos varias veces a hacer fotos y varias personas se paran a hablar con nosotros, así que tardamos como dos horas. Primero, ya que nos ha entrado hambre, paramos en un puesto (un mostrador en el soportal de una casa) a tomar algo. Intrigados por el nombre, probamos los tamales criollos: una pasta de maíz cocido envuelta en hojas de maíz. Pedimos también espaguetis (no precisamente al dente: hasta sin dientes podría uno comérselos) con algo que osan llamar queso; pan con tortilla de presunto queso; jugo de piña y de guayaba. Por todo pagamos 38 pesos cubanos. Más adelante (mientras hago fotos de un solar vallado con un gran letrero de “El deporte, derecho del pueblo” y una caseta donde dice “Todo cubano debe saber tirar y tirar bien” [1]) se nos acerca un tipo muy amistoso, pregunta, cuenta y acaba pidiéndonos que le compremos leche. Nos deshacemos de él. Luego nos viene otro que, al vernos con las cámaras colgando, nos cuenta que le gusta la fotografía y que se dedica a hacer cástings y escenografías para películas, aunque en realidad es ingeniero mecánico, lo que pasa es que gana más de lo otro, y también es fisioterapeuta y masajista, a pesar de lo cual no quiere nada de nosotros, pero es un poquito pesado y nos cuesta un montón librarnos de él. Enseguida reaparece, nos muestra una bolsa con una costilla y un trozo de tocino que acaba de comprar (quizá con la cartilla de racionamiento), nos obliga a olerlo y nos explica que eso son cuatro días de su trabajo; lo que no sé es de cuál. Se va y nosotros seguimos bajando hacia el centro. En algún momento de este paseo, no recuerdo si antes, después o durante la conversación con este hombre, pasamos por delante de un edificio de rancio abolengo en cuyo frontón más o menos neoclásico se ven símbolos masones: por lo visto la masonería fue fuerte en Cuba.
Luego nos paramos a hacer fotos a unos chavalines que están jugando al béisbol en una bocacalle, parando cada dos por tres para dejar pasar a algún transeúnte o algún coche. Nos piden que nos apartemos, no entendemos por qué hasta que vemos que ellos batean de lado, contra la pared de la calle, de modo que la bola rebote antes de que el cátcher la coja. Pasa una chica y nos dice que les demos a los niños “un dólar” para comprarse unos caramelos. Le decimos que ya les daremos un peso cuando acabemos. “¿Cubano?”, responde como sorprendida. “¿Qué quieres, un CUC?” [2], digo. La cara que pone no deja lugar a dudas. Hacemos unas fotos más, pero los chavales ya están inquietos. Un rato después les damos un CUC en calderilla y la bandada desaparece.
Caminando bajo los soportales pasamos por delante de un portal en cuyos escalones están sentados: Lázaro, un chico rubio de ojos azules que parece polaco, lleva el pelo engominado formando una pequeña cresta y un cinturón con una hebilla enorme y brillante que luce en el centro un gran rubí de plástico; Yaquelín o Yésica, una mulata clara con unos ojos verdes felinos e impresionantes y una bolsa de cocadas en el regazo; y Ricardo, un chico con una gorra de béisbol y muchos tatuajes, entre ellos uno en el antebrazo que dice “el rap es guerra”. Primero nos quieren vender “un coquito”, pero nos excusamos con que no nos apetece dulce antes de almorzar. Luego nos lo ofrecen de regalo, pero, por ser coherentes, mantenemos nuestra excusa, resistiéndonos a la tentación. Y acaban pidiéndonos que les hagamos una foto y dándonos su número de teléfono. Dicen que podemos encontrarlos siempre allí. Me pregunto si se ganarán la vida los tres sólo vendiendo “coquitos” en aquel portal.
Por fin llegamos al centro y, de allí, a la estación de tren. Mientras buscamos las taquillas, un tipo de piel muy oscura y pies descalzos me empieza a contar que es cubano-nigeriano, de religión yoruba, me da su teléfono y su dirección, me dice que va a salir por la tele porque en verano va a un congreso de no sé qué en Nigeria, me dice que yo tengo superpoderes desde la infancia, y luego su colega, que está sentado en silencio en uno de los asientos del hall, me dice que se avergüenza mucho de pedírmelo, pero que si no le daría algo de pasta, me desarma su franqueza, así que le doy un CUC y me libro de ellos, aunque el primero asegura que volveremos a vernos, que un día irá a Europa y me llamará. Se llama Alberto Luna Calderón, alias “el padrino”. Voy a llamar a Agata, que está sentada a unos pasos, y cuando me doy la vuelta se han desvanecido.
En información la señora me llama “mi vida” y me dice que los trenes a Santa Clara salen cada dos días, llegan allí a la absurda hora de las tres de la madrugada y cuestan diez pesos: 10 CUP para los cubanos y 10 CUC para los extranjeros. Los billetes se compran en una agencia que está cuatro cuadras más adelante y hay que reservarlos con cinco días de antelación, aunque si pagamos en CUC igual basta con un día. De todos modos hoy no abren, o ya está cerrado, o algo así. Total, que vuelva usted mañana y a ver si hay suerte.
Decepcionados, salimos a buscar algo de comer y, sobre todo, de beber. Y un retrete. A la puerta de un bar hay un cartel con unos precios que parecen razonables. Nos hacen sentarnos y nos traen un menú en el que los precios están en CUC y todo cuesta como el triple. Le digo al camarero que si no tiene un menú con los precios normales, me responde que no y nos piramos. En los puestos callejeros a veces tienen “jugos” a 3 CUP, pero en la mayoría sólo ofrecen “refrescos” a 1 o 2 CUP, y no nos apetece mucho una mezcla de agua de procedencia ignota con un color igualmente extraño. Una señora me explica que no le queda jugo, que también tiene antepasados gallegos, y sólo deja de hablarme porque le hago notar que hay otros clientes esperando. En otro bar preguntamos si tienen jugo natural, el tipo, súper antipático, dice que sí y nos saca un cartón de ésos que vienen con la pajita incluida, está claro que tenemos conceptos diferentes, así que nos vamos. Por fin encontramos un puesto donde la oferta, en principio, nos satisface. Hay una fila para la bebida (una cola embotellada, rarísima y sin gas, por 5 CUP) y otra para la comida (una cajita de arroz con cebolla, perejil y cortezas de cerdo por 8 CUP, aunque la chica dice que nos pone un poco más para no darnos el cambio de 10). La cola hay que tomársela allí mismo porque las botellas son retornables, pero la comida es para llevar, más que nada porque no hay dónde comérsela. Pregunto por los cubiertos. La chica me quita la cajita, le arranca la tapa, la dobla en dos y de nuevo en dos y me indica, sin decir palabra, que hemos de usar ese cacho de cartón a modo de cuchara. En el parque todos los bancos a la sombra están ocupados, así que nos toca comer bajo un sol de injusticia.
Emprendemos la vuelta a pie, cabreados con Cuba y con el mundo en general, pero sobre todo con los cubanos, que, por lo que parece, con pocas excepciones, o quieren engañarnos o nos tratan mal; y las excepciones suelen resultar pesadas. A pleno sol, subimos toda la cuesta de la Avenida Salvador Allende (que luego resultará que todo el mundo conoce por su nombre antiguo, menos acorde con la ideología del régimen: Carlos III). Delante de un hospital colonial de estilo neoclásico, con frontón y columnas, hay aparcado un precioso Chevrolet naranja del 53 y Agata se pasa un buen rato haciéndole fotos. Menos mal, porque así nos vamos olvidando del gran cabreo.
En casa nos ofrecen, después de nuestras protestas por el precio, dos cenas al precio de una. Unos ricos frijoles, arroz, rodajas de plátano frito, un riquísimo pescado guisado con patatas y salsa de tomate, y para beber jugo de mango. (Ahora no lo recuerdo bien, creo que pagamos entre 15 y 20 CUC por los dos, pero no estoy nada seguro.)
Nos acostamos súper temprano, sobre las 9, ¡aterrados por la perspectiva de pasar un mes más en Cuba!
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