Hemos quedado a las 9 con los franceses en la plaza para ir a los cayos. No están. Nos han dejado colgados. Hay varios buses de turistas. Nos planteamos qué hacer. De repente divisamos a los franceses, que dicen que pensábamos que no íbamos a aparecer. ¡Si sólo hemos llegado diez minutos tarde!
Arrancamos hacia los cayos. Los franceses (Michel y Ceydric) no nos dejan que paguemos ni los 2 CUC del peaje, donde, por cierto, hay que enseñar los pasaportes. Al parecer, los cubanos tienen vedada la entrada, a no ser que trabajen en alguno de los hoteles. Empieza el pedraplén: una angosta carretera construida sobre piedras casi a ras del mar y que, a lo largo de sus 48 km. de longitud, une tres cayos más grandes y otros varios menores. Hay playas, reservas naturales y reservas de turistas en forma de hoteles (por cierto, de capital extranjero). Vamos avanzando con agua a ambos lados. Treinta y pico kilómetros después llegamos al Cayo Las Brujas. Hay que evitar el primer desvío, pues conduce a no sé qué “pueblo turístico” del que no queremos nada y para entrar en el cual se paga una pasta; dejar atrás el aeródromo en el que aterrizan los turistas adinerados que de Cuba no necesitan ver más que sus playas; y tomar un desvío a la izquierda para llegar a una de las dos playas “libres” de la Cayería Norte: Las Salinas. El agua es muy azul, pero la playa es estrecha y huele mal por tratarse de una zona pantanosa. Los franceses quieren irse y aprovechamos el transporte. Pasamos Cayo Ensenachos y, a casi 50 km. del principio del pedraplén, llegamos a Cayo Santa María, donde, según la guía, hay una de las mejores playas de Cuba, cedida a un hotel y visitable por el módico precio de 116 CUC por persona. Al extremo de este cayo está la playa Perla Blanca, la otra libre. Los franceses nos llevan hasta allí, se bajan del coche, estiran las piernas y deciden ir en busca de algunas de las playas famosas (con la esperanza de que el agua no baje de los 26ºC, como cuando estuvieron no recuerdo si en las Bahamas), dejándonos una botella de agua que resultará preciosa, ya que en todos los cayos no hay tiendas más que en los hoteles a los que no se puede acceder sin pagar el pastón que cobran. En el aparcamiento hay un coche con una pareja inglesay un coche diplomático con una familia rusa y un autobús, que no sé cómo habrá llegado hasta allí (debe de ser todoterreno), con una familia entera de cubanos (supongo que la familia del conductor) que tampoco sé cómo habrán llegado hasta allí. Los extranjeros se van, los cubanos se han tumbado al principio de la playa y nosotros echamos a andar. Ante nosotros se extienden varios kilómetros de arena blanca totalmente desierta y de agua que alterna franjas de color azul marino con franjas de color turquesa, mientras las rocas del fondo se divisan perfectamente y parecen un reflejo en negativo de las nubecitas blancas que, a modo de guirnaldas, festonean el horizonte. La franja de arena es estrecha y la bordean unas dunas coronadas por matorral impenetrable. Caminamos hora y pico, parando para hacer fotos, con la única compañía de aves exóticas, hasta llegar a unas rocas de aspecto volcánico que nos impiden seguir avanzando: son tan afiladas que intentar escalarlas sería una locura, cortan. A lo lejos se divisa una construcción que podría ser un observatorio o un puesto militar. Almorzamos y nos bañamos mientras un pececito blanco da vueltas alrededor de nosotros como los tiburones de las películas, sin miedo, probablemente quiere ser nuestro amigo. Emprendemos la vuelta, pues el sol ya empieza a bajar poco a poco. Cuando llegamos al principio de la playa, en el aparcamiento no hay ningún coche. Sólo está el autobús. En los asientos de atrás y en el maletero abierto duermen personas que parecen gaseadas. Echamos a andar por la carretera de tierra, confiando en que si no pasa ningún otro vehículo, los del autobús, cuando resuciten, se apiadarán de nosotros y nos recogerán a la vuelta. A pesar del solajero, caminamos a paso ligero. Primero, un par de kilómetros entre cañas tan altas como para una emboscada del Viet-Cong, pero el sol está tan alto aún que no dan sombra. Hau un cruce que nos hace dudar, pero parece un camino de cantera y seguimos adelante, hasta llegar a una carretera amplia y desierta como un cortafuegos. Dudamos si izquierda o derecha, nos parece que derecha, y seguimos andando hora y pico: sol, tierra, polvo, piedras y, por encima de nosotros, como en los cómics de caminantes por el desierto, varios buitres (“aura tiñosa”, los llaman aquí) planeando. En todo el camino sólo nos cruzamos con un Lada blanco que va en dirección contraria. Hora y pico después llegamos por fin a una carretera de verdad, asfaltada, y a un punto de referencia que reconocemos. Menos mal. Poco después hay un cruce y vemos pasar el autobús de la playa: parece que han cogido el camino de la cantera y nos han adelantado por allí. Intento correr para interceptarlo, pero aún me duele el esguince. Silbo con todas mis fuerzas, pero no me oyen. En otro cruce Agata dice que le suena el camino de la derecha. Yo creo que es recto, pero no estoy seguro, así que cogemos el que dice Agata, aunque por la posición del sol parece que vamos hacia el norte, cosa que no parece lógica. En efecto: a casi un kilómetro hay una cadena, un cartel de no pasar y una gran finca o urbanización, pero nadie a la vista. Damos la vuelta y cien metros antes de llegar al cruce vemos pasar al Lada blanco, nuestra última esperanza. Silbamos, pero nada. Seguimos andando por la carretera, tenemos ya la piel achicharrada y sólo nos queda un trago de agua. Parece una broma, pero por encima de nosotros siguen volando los buitres, vemos sus sombras enormes pasar junto a las nuestras. Seguimos andando rápido, pues el tiempo avanza inexorablemente y no hay civilización a la vista. A la izquierda el mar, a la derecha pantanos. Un rato después pasa un ciclista extranjero, no le apetece mucho pararse, pero nos confirma que vamos bien. Tras unas dos horas de camino desde que salimos de la playa y más de diez kilómetros bajo el sol, llegamos a una carretera más ancha y un desvío al final del cual se ve un hotel. Confiamos en que a partir de ahora haya más transporte. Pero no. Pasa un coche de alquiler y no para. Pasa un camión, para, pero nos dice que es militar y que, “con todo el dolor de su corazón”, no puede montar extranjeros porque lo sancionarían, pero saca de la guantera una botella de agua caliente y nos da un trago. Pasa un coche, para, dentro va una pareja joven rusa, nos dicen que su hotel está a 200 m., no tienen agua, pero nos dan una botella de de litro y medio de “Tukola Diet” caliente y nos ofrecen también ron, pero no nos parece buena idea. Nos bebemos casi todo el brebaje en el sitio. Ya sólo nos faltan unos cuarenta y pico kilómetros para salir de los cayos, vamos bien. La señora de la casa se preocupará si no hemos llegado al anochecer. Pasa un bus turístico y nos para, aunque dice que sólo puede acercarnos un poquito porque se dirige al hotel que queda a un kilómetro. Va lleno de japoneses jóvenes que nos miran con curiosidad, quiero darles las gracias por parar, pero me equivoco y me sale “sayonara”, y todos se tapan la boca y empiezan a reírse como locos, y nosotros también. Tienen aire acondicionado, aunque sea para dos minutos. Al bajar en el cruce que lleva al hotel repito “sayonara” y “añado “arigató”, a lo que todos responden con un gritito a coro.
En el cruce espera más gente. Estamos salvados, parece. Para un coche conducido por un extranjero, ninguno de los que llevan más tiempo que nosotros allí esperando se sube, nosotros sí. Sólo va hasta el aeródromo de Cayo Las Brujas, pero para nosotros es un salto de 20 km. El hombre nos deja junto a una gasolinera cerca de la cual espera un trabajador que acaba de terminar su turno. Nos da conversación y nos cuenta que vive en Yaguajay y todos los días se levanta a las 4 de la mañana para “coger botella” hasta su trabajo. Igual que nosotros, espera algo que le lleve hasta Caibarién y, de allí, algo hasta su ciudad, Yaguajay, pero “esa botella es más difícil de coger, sobre todo porque hoy es el día de las madres”. Pasan varias guaguas, por fin para una de matrícula azul. Es de transporte de trabajadores y, como todos los vehículos de matrícula azul, pertenecientes al Estado, está obligada a recoger a quienes encuentre por el camino si tiene sitio. No sé si a los extranjeros también, pero no lo preguntamos. Al llegar al peaje sube un policía como buscando mercancía de contrabando. Se ve a la legua que somos guiris, pero nadie se interesa por nuestros pasaportes. Por si acaso, nos hacemos los dormidos (sin mucho esfuerzo) y Agata pone su pelo rubio a la sombra. Un rato después estamos en Caibarién. En el cruce del cangrejo volvemos a hacer auto-stop, para un taxi y se ofrece a llevarnos por ocho pesos. Entiendo que quiere decir ocho pesos por persona, más barato de lo que nos saldría la guagua. Por el camino me asalta una sorpresa, que se confirmará al llegar a Remedios. Por si acaso, primero nos bajamos del vehículo con el equipaje y luego me acerco a la ventanilla del conductor y le tiendo un billete de 20 CUP, a lo que el tipo, con cara de indignación, dice que eso es un taxi de divisa, yo le contesto que ni se nos había ocurrido pensar que quisiera cobrarnos 8 CUC por ese trayecto; que, básicamente, es un abuso; y que si lo hubiéramos sabido habríamos seguido esperando en el cruce. El tipo se va con cara de indignado, no quiere ni nuestros 20 CUP, dice: “que los aprovechen”. Total, que, sin quererlo, el viaje a los cayos ha sido toda una aventura y, contra todo pronóstico, nos ha salido totalmente gratis.
Al llegar a casa, divertidos, cansados y quemados, nos dan un baso de batido de mango con arroz hervido en cocción de cáscara de piña, algo que por lo visto es muy nutritivo. Sabe raro, pero no está mal. Después de asearnos, una rica cena: por ser el día de la madre han hecho cóctel de camarones (gambas) y arroz amarillo también con camarones. De postre, un pastel gris con decoración azul que, a pesar de su aspecto, está bastante bueno. Conversamos un buen rato con Ricardo, el marido de Rosa, sobre el tema que preocupa a todos los cubanos: qué pasa cuando cambia el sistema, qué pasó en Europa del Este cuando cayó el bloque comunista. Como en la mayoría de los casos en los que hemos tratado el tema, parece que hay ansias de cierto cambio, un poco más de libertad y una mejora de la situación económica, pero Ricardo admira muchísimo a Fidel, afirma incluso que no hay otro político tan inteligente como él en todo el mundo, pues cómo si no podría haber ejercido el poder durante tanto tiempo sobre una nación como la cubana, y seguir ejerciéndolo incluso ahora, desde un teórico segundo plano. Comenta también que, mientras que Fidel estaba volcado constantemente en la política internacional, a Raúl sólo le interesa lo que sucede dentro del país. De paso, nos explica cómo funciona el sistema electoral, en el que se eligen delegados provinciales respetando un equilibrio entre hombres y mujeres, blancos y negros, intelectuales, obreros y campesinos. Nos enteramos de las maldades del bloqueo americano, que ahoga la ya de por sí precaria economía: quizá sin el embargo el socialismo cubano tendría posibilidades de funcionar satisfactoriamente, pero tal y como están las cosas es difícil: por ejemplo, EE. UU. no sólo no compra azúcar cubano, sino que no compra ningún producto en cuya fabricación se haya usado azúcar cubano, y exige certificados de ello a las empresas, so pena de multa (incluso controlan los medicamentos); EE. UU. prohíbe que entren en su territorio barcos que hayan recalado en puerto cubano en los últimos seis meses, lo cual corta de raíz el negocio de los cruceros; EE. UU. impuso tales sanciones a Jaón por haber vendido no sé qué caros equipos médicos a Cuba que luego ya no quiso venderles las piezas de repuesto, de manera que aparatos destinados a durar diez años acabaron en la chatarra a los dos años; etc… La verdad es que me gustaría ver cómo funciona la economía cubana sin bloqueo: tal vez ese socialismo, que me da la impresión de ser menos corrupto que otros, resultara por fin bueno (siempre y cuando se solucionaran también los temas de derechos humanos).
Resulta muy interesante conversar con esta familia, ver el contraste entre las mujeres devotas y el hombre ateo y tibiamente comunista, escuchar la opinión de gente con formación intelectual (tanto Rosa como Ricardo son profesores).
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