Nos levantamos a las 7. Vamos a desayunar a “La Parada”: cuatro jugos de mango, uno de guayaba, dos “pastelitos” (triángulos de hojaldre) rellenos de guayaba, cinco mantecados (cuatro para llevar) y dos bocatas de tortilla de cebolla: 27$. En casa por el desayuno no nos hubieran cobrado menos de dos o tres convertibles por persona (cuatro o seis veces más).
Echamos a andar, con todo el equipaje a cuestas, hacia la estación, atravesando la parte nueva de Camagüey. En la estación de autobuses nos damos cuenta de que no vamos a poder escapar del Víazul. Huyendo del acoso de los taxistas nos dirigimos a una parada de autobús cercana, donde una señora muy amable nos recomienda que cojamos una guagua “de la ruta 2” hasta la salida de la ciudad, donde se ponen “los amarillos”. Le preguntamos si no se puede ir hasta allí a pie; debe de interpretarlo como que no queremos gastar dinero: dice que sólo cuesta veinte centavos y nos alarga sendas moneditas plateadas y ligeras, pero, claro está, no las aceptamos. El bus de la ruta 2 llega enseguida. En el interior, las pegatinas están en catalán: debió de circular por alguna ciudad catalana hace muchos años y ni siquiera se han tomado la molestia de arrancarle las pegatinas (eso no es nada: recuerdo que en Morón vi un bus con toda la carrocería pintada con “BizkaiBus”).
En un cruce hay una marquesina y, debajo o alrededor de ella, a pleno sol, esperan como cincuenta personas. Hay dos amarillos. Les pido que me expliquen el funcionamiento, pero no entienden mi pregunta. Aquello es un gran caos, sigue llegando gente preguntando quién es el último para Sibanicú, para Siboney o para cualquier otro sitio. Para Las Tunas no hay nadie lo cual es alentador, pero también sospechoso. Al poco rato, para un bus moderno, el amarillo nos dice que subamos, metemos las mochilas en el maletero, contentos de que haya sido tan fácil, y, cuando vamos a subir, el conductor dice que no. Le pregunto por qué. Dice que es un servicio en moneda nacional. Yo le digo que tenemos moneda nacional. Él, que somos extranjeros y que, si le paran, cómo va a explicar que no le hemos pagado en CUC. Nosotros, que llevamos días recorriendo Cuba y es la primera vez que alguien nos dice algo así. Él, que es muy complicado y que no lo vamos a entender, pero que no quiere problemas. Total, que nos quedamos en tierra. Alrededor de nosotros se ha formado un grupito de personas que, básicamente, critican el comportamiento del conductor. Un vejete muy simpático dice que hay quienes se creen que todos los turistas son millonarios. Luego le dice a Agata que tenga cuidado, porque “a los españoles les gustan mucho las negras” (algo en lo que no le falta razón: si no, Cuba no sería lo que es; pero ya es la segunda vez que alguien nos dice eso). Luego nos quiere invitar a un “granizado”, pero declinamos, a pesar del calor y de la sed, por temos al agua con la que está hecho el hielo; y nos alegramos cuando el vejete, masticando hielo, vuelve y dice: “si he probado algo más malo en mi vida, no me acuerdo”. Llega un camión que pone “Las Tunas”, miramos a los amarillos, que están charlando con un militar verde, el bus arranca y se va. Poco después pasa otro camión y ni siquiera para. Le pregunto al vejete qué está ocurriendo. Dice que ellos, los amarillos, tienen “sus juegos”. Entiendo que esperan algún sobornín para ayudarnos. Un chico dice que ellos sólo paran vehículos estatales, de chapa azul, mientras que los que han pasado eran privados, por la placa amarilla. Cojo todo nuestro equipaje y me planto al borde de la carretera, decidido a parar lo primero que pase, como están haciendo algunos: en la batalla silenciosa por ser el primero, la avanzadilla de la parada de autobús se desparrama varias decenas de metros más allá. Mientras tanto llega un bus para Sibanicú, decenas de personas se abalanzan sobre él sin respetar el orden de llegada que tanto parecía interesarles al principio. Oigo que el vejete me llama: “¡España!”. Me giro y, en medio de la melé, veo su mano diciendo adiós.
Enseguida llega un camión, soy el primero en subir. Viene vacío, pero se llena enseguida. Tras un par de horas de espera a pleno sol y otras dos o tres de viaje entre el polvo, llegamos a Victoria de Las Tunas, la capital de la provincia menos turística de Cuba. En el bus venía un mulato de unos increíbles ojos azules metálicos, el tío no era muy guapo, pero llamaba la atención.
Vamos en busca de alojamiento. La mayoría de las casas particulares están llenas. TEnemos la oportunidad de comprobar cómo funciona el sistema en realidad. Una cosa que nos explicó Ángel en Morón y que Agata no se quiso creer (yo sí me la olía) resultó ser cierta: más vale no dejar a nadie que te ayude a buscar alojamiento, porque automáticamente recibe una comisión de 5 CUC que te acabarán cobrando a ti. En la segunda casa en la que preguntamos, la dueña está a punto de echar a unos cubanos que iban a quedarse un día más para meternos a nosotros en su lugar (si fueran dibujos animados, en los ojos le habrían aparecido los simbolitos del dólar y se habría oído el “clin” de una caja registradora). Le decimos que no pensamos aceptar eso, dice que entonces va a llamar a alguien, le decimos que no queremos su ayuda. Al llegar a la siguiente casa de la calle, resulta que la vieja ya les ha llamado y les ha dicho que vamos de su parte: es decir, se ha autoadjudicado una comisión a cambio de nada. En cualquier caso allí tampoco tienen sitio. La chica, más amable que la vieja, dice que “casi todo el mundo está lleno, pero va a llamar a una amiga que está vacía”. Nos indica la calle que es, y dice que la dueña nos estará esperando en la puerta. Llegamos a la calla, vemos el símbolo de “arrendador divisa”, preguntamos, no es la que nos había dicho la otra señora, pero un hombre sin camiseta nos lleva a otra casa un poco más lejos. El dueño está en el balcón de la primera planta, el hombre le grita desde lejos: “Los traigo yo”, y se va. La señora nos enseña la casa, está bien, le pregunto el precio, dice que 20 CUC, yo que muy caro, quedamos en 15. Le damos los pasaportes, rellena el libro oficial, nos instalamos, y cuando vamos a salir el matrimonio está viendo la tele en el salón y el señor nos pregunta: “¿No les trajo un señor de bigote?”. Respondemos que, bueno, sí. Entonces la señora le dice al marido: “Yo pensaba que habían venido solos”. Le pido agua, saca una botella de la nevera y me sirve un vaso, me lo bebo, por comentar algo le pregunto si es hervida y me dice que no, le pregunto entonces si es que el agua aquí es buena, dice que no, que debería hervirse, sobre todo en la estación de lluvias, pero que ellos no lo hacen. (Cuando, al salir, vea el arroyo hediondo que corre junto a la casa, me entrarán náuseas.) Nos comenta que a veces tiene clientes que se quedan hasta dos meses, canadienses e italianos. La única razón plausible la entenderemos dentro de un rato.
Que Las Tunas no sea un sitio turístico no nos extraña mucho. Tiene el interés de los sitios “raros”, pero nada especial. Me recuerda un poco a la ciudad de São Carlos (donde viví en Brasil), pero muchísimo menos interesante. Lo que no entiendo es por qué hay relativamente tantas casas particulares que ofrecen alojamiento y están todas llenas, aunque es turismo local, quizá se celebre alguna feria o algo así.
Vamos hasta el centro. La primera misión no parece muy difícil: comprar una botella de agua, porque estamos muertos de sed. Cerca de la plaza central encontramos una tienda, pero sólo tienen garrafas de cinco litros. Nos mandan al restaurante de al lado, donde sólo tienen botellas de medio litro (una cantidad insignificante para la sed que tenemos, y encima caro). En un bar nos dicen que no tienen agua y a mi pregunta de dónde comprarla se encogen de hombros: “no sé”. Por fin logramos comprar una botella de litro y medio en una tienda de lavadoras y frigoríficos. al salir, un chaval que debe de ser una especie de segurata o algo así nos pide el tíquet y lo rasga. Curioso sistema.
Nos sentamos en el parque a bebernos el agua, que no nos dura nada, y se nos acopla un tío no muy limpio. Dado que insiste en hablar inglés, le dejo que practique: “Hello, my friend, where are you from?”. “From Spain, my friend”. El tío sigue en inglés, lo poco que sabe. Luego, por alguna razón, me pregunta si sé francés, la verdad es que no mucho, pero él tampoco, así que hablamos un rato también en pseudofrancés hasta que me canso del juego y le pregunto por qué no hablamos español. El tío básicamente me dice que la vida es muy dura, que los españoles son muy buenos, que yo tengo cara de muy inteligente y que le dé dinero. En la misma plaza otras dos personas se acercan a pedirnos pasta.
En una agencia de turismo una chica muy amable (y sorprendentemente competente: probablemente la persona más competente con la que hemos tratado hasta ahora) nos informa de lo caro que es alquilar un coche.
Comemos sorprendentemente bien (y probamos la Tropicola, que no está mala) en el restaurante “El Rafa”. A la hora de pagar nos damos cuenta de que se nos está terminando la moneda nacional, así que les pagamos en CUC (la cuenta estaba en ambas monedas), la camarera se lleva el billete, de detrás del biombo sale corriendo una señora, vuelve a los dos minutos y enseguida sale la camarera con el cambio. Han tenido que ir a cambiar. Les dejamos la nada desdeñable propina de 1 CUC.
Vamos hasta la estación de tren para informarnos de las posibilidades que tenemos para escapar de aquí mañana. El cartel dice que hay un tren para Holguín a la una de la tarde. Pregunto en la taquilla por si hay otras opciones y me dicen que no, sólo el tren de la una, pero no es seguro que lo haya. Se sabrá mañana sobre las 8 de la mañana. Y los billetes se venden a partir de las 10:30.
Cerca de la estación hay un estadio de béisbol y, al lado, un “centro municipal de levantamiento de pesas” y una sala con colchonetas donde unos críos de 10 añitos practican acrobacias y nos hacen una exhibición de lucha libre. Uno de ellos, el más menudo de los dos, apunta maneras. Ya fuera nos encontramos al entrenador, un señor mayor y flaco de gorra y bigote que fue boxeador. Le augura un gran futuro como luchador al chavalín.
Volvemos hasta el centro para hacer unas últimas fotos con la luz del atardecer. En el porche del Hotel Cadillac está sentado un viejo muy viejo, con la piel roja, el pelo blanco y un disfraz de bwana de safari, sólo le falta el salacot. A su lado, abrazada a él, una negra con uñas postizas de color violeta y trencitas postizas de color amarillo. En otra terraza, bajo una sombrilla, una escena similar: dos guiris más que jubilados, acompañados de dos negras cincuenta años más jóvenes que ellos.
En la plaza hay una iglesia. Dentro se oyen palmas y gritos. Nos asomamos. Están celebrando el 100º cumpleaños de una señora del pueblo. Se le ve en plena forma. Enfrente, bajo los soportales de la Casa de la Cultura, ocho o diez chicas ensayan para un desfile de modelos: de dos en dos o de cuatro en cuatro caminan con paso decidido hasta llegar a unos escalones y allí giran sobre los talones y vuelven briosas hasta el punto de origen. Me pongo al pie de los escalones para hacerles fotos y algunas incluso miran a la cámara al caminar hacia mí y al dar la media vuelta.
Ya es casi de noche y emprendemos la vuelta. En una calle unos chicos juegan al fútbol. En una casa, con la puerta abierta y la música alta, celebran una fiesta. Miramos, nos ofrecen un trago de ron y nos explican que mañana una de las chicas se va a España, donde vive su mamá. El crepúsculo se pone violeta. En otra calle unos niños juegan con aviones de papel. Tienen como diez y vuelan de maravilla. Les hacemos fotos y alabamos sus construcciones, presagiándoles gran futuro como ingenieros aeronáuticos. Sus madres les llaman. El mayor, Alejandro (¿o era Gabriel?), recoge los diez aviones y me los da, explicándome que, si los desdoblas, puedes coger otra hoja de papel y copiar el diseño. Me enternece.
Nos retiramos pronto. La cena: cuatro mangos. Por la noche pasan coches de caballos (clop-clop) y vendedores ambulantes de fruta. Por suerte los gallos de los vecinos no están tan histéricos como los de Santa Clara y apenas molestan.
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