23/7/12

28. Baracoa y Playa Maguana

Hemos dormido poco y mal, pero nos levantamos temprano para ir a alquilar unas bicis. Nos han dicho que un vecino tiene varias. Vamos a probarlas. Luego probamos otras en otra casa, y otras más en otro lado, pero no hay ninguna que valga. La que tiene un sillín más cómodo no tiene frenos; la que parece más o menos sólida tiene bloqueado el cambio en la catalina pequeña; y la que frena y cambia tiene el tornillo del manillar pasado de rosca. Dos horas después estamos hartos y cabreados. No es que nos esperemos la de Induráin, pero tampoco queremos matarnos en la primera bajada. Y entonces nos encontramos en la plaza a Frederic, que nos explica que ayer no hubo kárate por la lluvia (aunque sólo cayeron unas gotas), porque el dojo tiene el techo lleno de goteras y cuando llueve se inunda. Frederic nos hace montar en su taxi y, sin cobrarnos, nos lleva a la casa de un tal Capelo, que fue ciclista y ahora es profesor de ciclismo. (Estando allí delante vemos pasar a los alemanes, encabezados por Pepe en su bicicletita de madera.) Por 5 CUC nos alquila dos bicis (ninguna tiene cambios, bueno, una sí, pero resultan ser de adorno; pero al menos una de las dos frena) y tiramos hacia Playa Maguana (dejando atrás una fábrica de chocolate fundada en 1963 por Che Guevara y que, por el olor que flota en el aire, sigue en funcionamiento) por una carretera indigna de tal nombre, en la que sólo algunos tramos están asfaltados y los demás son un infierno. Mi bici tiene un desarrollo tan alto que, a pesar de lo bruto que soy, en tres cuestas me veo obligado a bajarme. Cuando el firme se pone un poco mejor y podemos apartar un momento la vista de los baches, vemos palmeras, cocoteros, bananos, mangos y otros árboles. Dos horas después llegamos a un cruce que indica hacia Playa Maguana. Allí un joven nos acompaña hasta la playa e intenta convencernos para que vayamos al restaurante de su hermano, donde el pescado no es caro, pero el jugo de mango cuesta 2 CUC (es decir, veinticinco veces más de lo normal), porque “ése es el precio de Maguana”. La playa, de unos trescientos metros y en forma de abanico, está desierta y más bien sucia. Hay restos de casas de madera que debieron de arder. En un extremo, una casita turquesa. Nos acercamos, dispuestos a pagar lo que el chico nos había dicho por comer pescado, pues estamos muertos de hambre y de sed. Pero por cada ración de pescado quieren cobrarnos 6 CUC, así que decidimos aguantar el hambre. Queremos comprar una botella de agua, pero no tienen. La señora nos sirve sendos vasos de una garrafa. Resulta ser del grifo, pero estoy tan seco que me da igual y me bebo tres.
Agata tiene hambre, sed y algo de mala leche. No quiere bañarse. Yo sí me doy un chapuzón. Pero en el horizonte hay unas nubes inquietantes y, aunque lo que menos me apetece en el mundo es montarme de nuevo en esa bici y por esa carretera, emprendemos la vuelta, apurando el paso para que no nos pille la lluvia. En el camino le compramos a un señor ocho riquísimos plátanos (a peso la unidad) que devoramos allí mismo mientras un perro valentón mantiene a raya a los chivos que vienen a comerse las cáscaras que hemos tirado en la cuneta y, de paso, a husmear entre las cajas de plátanos. Unos metros más adelante, por alguna razón absurda que ni recuerdo, Agata y yo discutimos y yo echo a pedalear con todas mis fuerzas, sin mirar atrás, los veinte quilómetros que faltan hasta Baracoa. Antes de la entrada a la ciudad, a la altura de la fábrica de chocolate, empieza a lloviznar. Doy con la casa de Capelo, devuelvo la bici y me encuentro con Agata, que ha llegado apenas cinco minutos después que yo. Es increíble la fuerza que tiene.
Nos duchamos y dejamos que se pase la tensión. Después, con dolor de cabeza, vamos a ver el ensayo del grupo de ayer, Onú Ilé (que, si no recuerdo mal, significa “Casa Nueva” o algo así en lengua yoruba, si mal no recuerdo), que hoy es en otro sitio, cerca del de ayer. Hoy no mola tanto, porque el espacio (una azotea enorme) es muy abierto y los artistas no parecen muy concentrados. Hablo un poco con algunos de los músicos y de los bailarines. El tal Lisandro, con el que hablé ayer, me propone hacernos una función exclusiva para nosotros dos y otros amigos si los tenemos, por un módico precio, y con el dinero que se saquen podrán comprar vestuarios para la función. Otro me ofrece darme clases de percusión cubana por un módico precio. Otro me dice que le gustan mucho mis “chores”, y pasa un rato hasta que entiendo que lo que quiere es que le regale mis “shorts”. Una chica me dice que me traerá una dirección de e-mail mañana (la de algún compañero que tiene acceso, porque ninguno del grupo tiene) para que le mande las fotos de ayer. Un chico me enseña a tocar un ritmo en el batá completo (tres tambores apilados, cada uno con una membrana a cada lado), se sorprende de que lo pille tan pronto y promete traerme partituras mañana. Otro chico me traerá un disco de música afrocubana. Luego van a ver el ensayo de otro grupo, justo al lado, pero yo me tengo que ir, porque Agata, que se fue hace un rato porque se aburría, me está esperando para cenar, y no está el horno para bollos. Estamos hechos polvo y nos acostamos temprano.
[Por cierto, que luego nos enteraremos de que la playa en la que estuvimos no es Playa Maguana, sino la anterior: nos faltaban todavía como dos quilómetros para llegar...]

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