Nos levantamos a las 7. Glenda nos ayuda a pelar la fruta para el desayuno: piña, mango y marañones, cuyo sabor, que tiene algo en común con el pimiento y deja la lengua áspera, no nos gusta. Además, es una fruta tan correosa que, más que tragarla, hay que mascar la carne para sacarle el jugo, teniendo cuidado de no mancharse irremediablemente la ropa.
Vamos andando hasta la estación interprovincial, a comprar, por si acaso, billetes para el Víazul del sábado que viene: el camino de Santiago a Trinidad es largo y ya no tenemos tiempo para hacer toda la vuelta en autoestop. El billete cuesta unos 30 CUC y nos dan un papelito cutre cuyas dos partes, encima, no se pueden separar, así que hay que guardarlo con cuidado.
Subimos la cuesta (comprando pastelitos por el camino) hasta la intermunicipal. Un tipo nos ofrece llevarnos en camión hasta Guantánamo por 5 CUC. Teniendo en cuenta que el Víazul vale 6, su oferta no nos tienta mucho. Lo baja hasta 2 CUC, pero pasamos de él. Hay un camión a punto de salir, montamos, aquello está lleno, pero aún encontramos espacio para sentarnos en uno de los bancos que recorren longitudinalmente el centro de la parte trasera. El equipaje hay que meterlo debajo. Está a punto de arrancar, pero sigue subiendo gente. No cabe un alfiler, pero unos cuantos cubanos sí. Van de pie en el pasillillo que queda entre los bancos centrales y los laterales, yo tengo la espalda de un tío casi pegada a mi nariz. Aquello es un rompecabezas de rodillas, pies y culos. Tú pones tu pie así, yo coloco el mío pegado para dejar sitio al suyo y al suyo. Y sigue subiendo gente. El cobrador me dice, olvidando la gramática: “Dos dólar”. Y yo: “Usted me ha dicho que son quince pesos cubanos por persona y eso es lo que le voy a pagar”. ¿Será gilipollas? ¡Si él mismo me ha dicho el precio antes!
Arrancamos. En cada parada sube más gente, los del pasillo van apelotonándose al fondo, alguno se queja y amenaza con dar parte del overbooking, los niños pasan de mano en mano y regazo en regazo para que alguien los sujete, las mochilas también. Cada vez que entra alguien hay que reajustar el puzzle de pies, cosa nada fácil. Yo voy tenso porque ya me han pisado (suave, eso sí) como veinte veces, pero no puedo esconder los pies porque debajo del asiento tengo mi mochila. En un momento cuento alrededor de ochenta personas allí metidas. Cada vez que el camión frena, huele a goma quemada. Por fin en una parada se baja bastante gente y Agata y yo nos abalanzamos sobre los asientos que van pegados a los laterales: vamos encajonados, con las rodillas a presión debajo del banco central, pero al menos no nos molesta continuamente la gente al entrar, salir y recolocarse. Y los codazos vienen sólo de un lado. En una parada sube un tío que lleva en la cabeza un pañuelo pirata. Poco más adelante hay un control de policía, mandan a todos los hombres sacar el carné de identidad y se llevan al pirata.
Un rato después, tras casi dos horas de aplastamiento, llegamos a Guantánamo. Se baja todo el mundo y nosotros salimos de últimos. Tengo que pedirle a un vendedor de galletas que se aparte de la escalerilla o le salto encima. A veces la gente parece lerda (en Cuba, lamento decirlo, con mucha frecuencia). Enseguida nos rodea un enjambre de diez motos. Son taxistas que vienen preparados con un casco para el pasajero, pero tenemos demasiado equipaje aun en el caso de que quisiéramos cogerlos. Nos tienta una moto que lleva sidecar, nos haría ilusión probarlo. Pero estamos hartos de tanto acoso, necesitamos un respiro y, además, no queremos coger ningún tipo de taxi si no es necesario. Compramos una pizza a medias. Preguntamos, el centro queda lejos para ir a pie. Debe de ser cierto, porque nadie lo hace y aquello tiene pinta de afueras. La parada del autobús está atestada. Viene un camión, todos se abalanzan sobre él, pero sólo dejan subir a cinco. Algunas personas se ponen a hacer autoestop. Agata para un coche de caballo, el cochero dice que sólo puede subir a dos, pues ya viene gente dentro, y en el tiempo que tardo yo en llegar con todo nuestro equipaje ya se han colado dos viejas más otros dos tipos en el pescante. Nos embutimos con las mochilas, yo voy haciendo equilibrios, el carro cruje, el caballo no da abasto en las cuestas arriba, el cochero le pega con el látigo. Nos da pena, no nos habríamos subido si, a juzgar por la histeria de la gente, el transporte no estuviera tan mal. Efectivamente, el centro estaba lejos. Pagamos 4 $ por persona.
Guantánamo tiene un trazado de cuadrícula y casas de madera, como muchas otras pequeñas ciudades cubanas, pero se diferencia de éstas en que el paisaje parece una jungla, con vegetación más espesa, y el cielo, al menos hoy, está cubierto de amenazadoras nubes bajas.
No parece que haya muchos turistas. Tardamos un rato en encontrar alguna casa de renta. Recurrimos a la guía. La casa que viene en ambas está libre y acepta alojarnos por 15 CUC.
Damos una vuelta, la ciudad no tiene nada en concreto, pero nos gusta por lo auténtica que parece. Estamos muertos de sed. Queremos comprar agua, pero no tienen en ningún sitio. En “El Rápido” les queda una botella (“estamos en falta” en toda la ciudad, dice), pero no está fría. Nos la guarda en el congelador por si acaso. Entramos en una tienda en la que, en cuatro estantes larguísimos, ordenadas por precio, hay cientos de botellas de diversos tipos de ron “Havana Club”, pero no tienen agua. En la de al lado, lo mismo. Damos la vuelta entera a cuatro manzanas, preguntamos también en otros sitios, pero nada. Al final volvemos a por la botella tibia de “El Rápido”.
Luego vamos a comer algo. No queremos más pizzas, así que buscamos un restaurante. Hay varios que deberían estar abiertos, pero no lo están. Al final encontramos uno. El camarero me hace gestos de que no puedo entrar en camiseta sin mangas (a pesar de que dentro hay una tía que también lleva una camiseta sin mangas, y más exigua que la mía). ¡Pero si estamos a mil grados! Al final va a preguntar al jefe y éste le dice que sí. Nos traen el menú, elegimos un potaje de frijoles y otro de garbanzos, arroz blanco, plátano frito y no sé qué más. Viene la camarera y nos dice que sólo les queda pollo asado y pollo guisado (la historia me suena…). Qué decepción. Le explicamos que Agata no come carne. Al final conseguimos (lo único que queda): para Agata, arroz congrí y ensalada (tomate, pepino y col); para mí, pollo asado y malanga cocida. Nada espectacular, pero pagamos por todo 40’40 $. Nos traen una jarra de agua del grifo, que no nos bebemos porque es marrón.
Damos una vuelta, las nubes están gordas y moradas y en cuanto cae la primera gota optamos, sensatamente, por buscar rápidamente refugio. Nos metemos en una cafetería (esta ciudad tiene la proporción más alta de cafeterías que he visto en la isla) con vistas a la iglesia del centro. Y en dos minutos se desata un diluvio acompañado de relámpagos que dura más de una hora. Quiero hacer una foto del interior, pero un viejo con bigote pelirrojo me hace, sin más, un corte de mangas y tiene una porra (!!!) encima de la mesa.
Cuando amaina un poco nos vamos a casa, a ducharnos y esperar que pare de llover. Yo salgo a comprar agua, misión que cumplo en la gasolinera de dos calles más allá: sólo les queda una garrafa de cinco litros (a 1’90 CUC), y me la llevo.
En casa, de un cuarto en penumbra sale, sin camiseta, el hijo de los dueños, un chaval de piel oscura y cuerpo de escultura griega, tan sólo un escalón por debajo del semidiós de Santa Clara. La visión dura apenas un momento, pues rápidamente desaparece por el pasillo. Todavía volveremos a vislumbrarlo así, semidesnudo y fugaz y silencioso como un gato, un par de veces más.
Al rato salimos otra vez. En una guarapera atendida por un chaval muy majo compramos guarapo, y el hombre del puesto de al lado nos regala un puñado de guayabas. Cerca del sitio donde nos dejó el coche de caballo esta mañana hay unos preciosos bloques espantosos. Hago fotos. Los hombres que hay en el patio arreglando una turbina (uno maneja la llave inglesa, diez se apiñan a su alrededor y le hacen compañía) me piden que me acerque. Una señora conversa con Agata, unos niños dan volteretas en los charcos para que les hagamos fotos.
Echamos a andar siguiendo las vías del tren, que empiezan a adentrarse en una zona de chabolas. Hay gente medio harapienta o semidesnuda sentada en las vías, niños corriendo. Decidimos dar la vuelta, pero la gente de las vías nos llama. Vamos hasta allí, sonriendo por si acaso. Quieren que les hagamos fotos. Charlamos un rato con ellos, mientras una hormiga cabrona me muerde los dedos de los pies. Son una familia y sus vecinos. De la casa de hojalata ondulada herrumbrosa sale una chica en uniforme escolar. Bromean sobre su pobreza. Les doy las guayabas que me han regalado antes, se me han aplastado un poco en el bolsillo. Rayner las coge: “comemos de todo”, dice. Rayner tiene 26 años y una hija, Angélica Diana, de cuatro meses. Es delgado, mulato claro, tiene el pelo corto y con dibujos, como los raperos de la MTV, y varios tatuajes: en el hombro, la efigie del Che Guevara; el la barriga, en letras bien grandes, la inscripción “EL SUAVE” (“me lo pusieron las chicas”, dice, y no indago por qué); en la parte superior de la espalda, “Tato” (su apodo). Su compadre, sentado en la vía, corta limones para preparar el pescado que tiene en una tabla. Nos piden nuestra dirección y nuestro número de teléfono para llamarnos. Les gustaría que les mandásemos las fotos, aunque con la dirección que nos han dado, dudo que lleguen. Nos despedimos y nos dan seis mangos pequeñitos, “muy ricos”, dicen. No admiten una negativa.
En un parque un grupo de gente hace aeróbic con palos, para quemar grasas.
Nos vamos a casa. Cenamos a las 8 (potaje de frijoles, arroz, ensalada, puré de malanga –que debe de darse aquí: no la había visto nunca y hoy ya la he comido dos veces–, sardinas y jugo de mango: 5 CUC por los dos).
Agata se encuentra mal y se duerme enseguida. Yo me quedo actualizando el diario.
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