El desayuno en casa de Soledad no es tan bueno como en las casas anteriores. Vamos al centro a ver si encontramos alguna excursión a los cayos a precio razonable, ya que por lo visto son preciosos y hay que verlos, pero 15 CUC por persona, que es la mejor oferta que encontramos, nos sigue pareciendo demasiado.
El desayuno no nos ha llegado a mucho, así que en un puestecito de la calle compramos unas frituras de yuca (a peso la unidad), aún calientes. El vendedor debe de vivir en el portal a cuya puerta tiene montado el tenderete, porque están recién hechas. Su compañero empieza a hablar con nosotros. Se llama Palacios, “pueden encontrarme en Internet”, tiene entre cuarenta y cincuenta años y ha pasado más de diez en prisión por estar en desacuerdo con el régimen. Sin poder conseguir trabajo por estar en la lista negra, se dio al alcohol: bebía por la mañana, por la tarde y por la noche. Se despertaba tres veces por las noches, se fumaba un cigarro y se tomaba un trago. Pero ya no. Ha tenido seis mujeres; la última es ya, dice, la definitiva. Con ella tiene a su hija más joven, que mide 2’04 m. Palacios ahora trabaja en El Mejunje, el garito más famoso de Santa Clara (sale en la guía), que empezó siendo un sitio para gays (“sólo podían entrar los que tuvieran carné de asocial, con foto”), ahora ya sólo queda la noche de los sábados con show de drag queens, pero el resto de la semana hay conciertos y otras actividades.
Vamos a la estación de autobuses (otra diferente de la de ayer), en la que paran los autobuses intraprovinciales. Resulta que podemos ir hasta Remedios, cerca de los cayos, por 1’75 CUP por persona, ya que no hay transporte específico para turistas (en comparación: el Víazul de La Habana a Santa Clara, por un trayecto un pelín más largo, nos costó doscientas cincuenta veces más). No se puede reservar. Por si acaso no hubiera sitio, preguntamos también donde las “máquinas” (los taxis colectivos) de enfrente. El tipo nos mira de la cabeza a los pies y dice: 10 CUC (cuando, según nos dijo Quiñones, los cubamos pagan unos 20 pesos por persona, es decir cinco veces menos). Ni siquiera me digno a contestarle.
Camino de vuelta al centro nos cruzamos con el coche de Quiñones, que, aunque lleva clientes, se para un momento a saludarnos, contento de vernos. Pasamos un puente bajo el que discurre un arroyo maloliente, a cuya orilla hay unas cuantas palmeras y varias chozas de chapa y cartón ante las cuales hay ropa tendida y un par de mujeres y niños negros. La única diferencia con las favelas que vi en Brasil hace diez años es que aquí no se ve ladrillo ni antenas parabólicas.
Ya en el centro buscamos dónde comer, pero no encontramos más que pizzerías en divisa donde dan pseudopizzas grasientísimas. Decidimos echar mano de la guía, resulta que estamos al ladito de uno de los “paladares” que recomiendan. El sitio, efectivamente, es mucho más bonito y acogedor que el 99’9% restante (hecho que probablemente debería habernos hecho sospechar). Al entrar nos dan el menú en CUC. Pedimos el de moneda nacional, nos lo traen a regañadientes, acompañado de la carta de cócteles, que está en CUC. La oferta del menú en MN consta de ocho combinaciones de los siguientes elementos: jugo de piña, arroz congrí (con frijoles), ensalada, plátano frito y dos o tres tipos de carne. Nos traen una ensalada asquerosa de col seca con pepino seco; plátano frito soso, aceitoso y un tanto blandengue; un congrí insípido; y una carne asquerosa, la mía grasienta y la de Agata reseca, ambas probablemente pasadas. El zumo (lo único pasable) no nos lo traen hasta que se lo recordamos. Y todo el tiempo viene alguien (hay suficientes camareros ociosos para turnarse) a preguntarnos, con cara de mala hostia, si seguro que no queremos ningún cóctel. La encargada nos mira todo el tiempo con gesto ofendido, y luego la vemos en una esquina hablando con otros camareros y señalándonos. Nos dejamos casi toda la comida.
Para gestionar algunas cosas necesitamos llamar por teléfono y usar internet, así que vamos al Telepunto. Lo del teléfono funciona bastante bien, hay unas tarjetas con código que me recuerdan a mi época de camarero en Londres, cuando llamaba a España desde cabinas con tarjeta. Lo de internet es peor. Tienen tres ordenadores y hay cola, así que acabamos esperando más de una hora. Las tarjetas de una hora cuestan 6 CUC. Y va tan lento que en la media hora que me corresponde (pues hemos quedado en usar una tarjeta para los dos) sólo consigo borrar el spam y leer un par de e-mails. En la zona de los ordenadores no hay más que extranjeros. Para comprar las tarjetas de internet hay que enseñar el pasaporte. Los cubanos no tienen permitido el acceso a internet a no ser que su trabajo lo justifique, y aun así solamente a determinadas páginas.
Tras perder más de dos horas en el Telepunto, decidimos ir a Coppelia para resarcirnos de la comida. El sitio está abierto, más que nada porque no tiene puertas, pero allí no hay nadie. Al cabo de un rato entra otro señor, también extrañado, da unos gritos en dirección a la trastienda, hasta que aparece un tipo y explica que no recibirán mercancía hasta mañana por la noche. Así que allí están, cumpliendo con su horario de trabajo, pero sin nada que servir.
Decepcionados emprendemos la retirada. Cerca de casa, sentados alrededor de una mesa plantada en medio de la calle, unos señores mayores juegan al dominó (la variante cubana, con fichas que llegan hasta el doble 9). Mientras hacemos fotos aparecen dos tipos y empiezan a hablar en inglés con Agata. Uno lleva gorra y bigote, es profesor de inglés y se llama Jesús. El otro se llama Oscar (sin acento), lleva una camiseta de azules y amarillos chillones con la inscripción “Palm Springs” y el móvil en el cinturón, tiene la piel, ya de por sí morena, bien tostada y unos ojos aguamarina impresionantes. Nos cuenta que es mecánico y tiene un taller en Miami, aunque ya está retirado y vive entre Miami y Cancún, donde también tiene una casa, pero vuelve frecuentemente a Cuba. Está nacionalizado americano, tiene allí ya hijos y nietos (nos enseña fotos y vídeos en el móvil). Antes de irse a EE. UU. estuvo en España, en el año 80, en Barcelona, los españoles, dice, le ayudaron mucho y le trataron muy bien. Nos lleva a su casa, nos presenta a su madre, nos da a probar la malta con leche condensada (cuyo sabor es rarísimo, pero al final decido que está bastante buena) y nos enseña su “carro”, un Chevrolet antiguo (quiere que le hagamos fotos) y la ingeniosa trampilla que tiene en el patio para poder meterse debajo del vehículo. Mientras estamos allí sentados nos acribillan los mosquitos, así que vamos a dar un paseo. Oscar no para de encontrarse gente que le pregunta por qué llevaba tanto sin venir (siete meses, por problemas médicos). En la aduana ha pagado más de quinientos dólares, pero es que traía ropa y cosas para todos, comida, etc. Luego, con más confianza, irá diciendo que Cuba está muy mal, el sistema no funciona, que él estuvo varios años en la cárcel por intentar salir del país en los años 70 (no recuerdo si en una balsa o como polizón en un barco), y que tuvo suerte de poderse ir, gracias a un intercambio con España, en el año 80 o así. De allí pasó a Italia y después a EE. UU. Se despide dándonos sus teléfonos de EE. UU., México y Cuba.
Al volver a casa Soledad dice que nos ha traído comida de una boda en la que ha estado. Arroz, frijoles y una carne asquerosa y grasienta que no hay quien se coma, todo frío.
((Por casa de Soledad pulula a cámara lenta un negro altísimo y musculosísimo, con el torso desnudo, los andares gallescos y los párpados pesados. Un semidiós presumido. Entra y sale todo el tiempo del dormitorio de Soledad. Al principio pensé que era algún amante, pero resultó ser el hijo.)
En la ducha encontramos una cucaracha enorme y que demostrará gran resistencia: aguanta cinco chaparrones de unos cinco litros (la capacidad de la papelera del baño) de agua hirviendo (vuelta hasta medio metro de altura, vuelve a caer, rebota contra la pared y sigue viva, la muy) y medio bote de repelente contra mosquitos, hasta que la remato de un chancletazo. Heredarán la tierra, las hijas de puta.
En la ducha encontramos una cucaracha enorme y que demostrará gran resistencia: aguanta cinco chaparrones de unos cinco litros (la capacidad de la papelera del baño) de agua hirviendo (vuelta hasta medio metro de altura, vuelve a caer, rebota contra la pared y sigue viva, la muy) y medio bote de repelente contra mosquitos, hasta que la remato de un chancletazo. Heredarán la tierra, las hijas de puta.
Soledad nos había prometido llevarnos de marcha, pero ha desaparecido. Tampoco nos apetece mucho ir con ella, aunque estábamos dispuestos a darle una oportunidad. Salimos a conocer la famosa vida nocturna de Santa Clara, pero enseguida nos decepciona. Algunos grupos de gente paseando por calles oscuras, una actuación de baile en una plazoleta que pillamos ya en los aplausos, unos cuantos bares sin mucho movimiento. Nos tomamos unos helados bastante malos en una heladería casi vacía y nos retiramos.
Hoy tampoco podemos dormir, por el calor, por los putos gallos y el mal rollo que llevamos.
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