Vamos a la estación de autobuses para enterarnos de a qué hora sale algún transporte mañana tempranito hacia Guantánamo. En los soportales de la estación tiene lugar la continuación de nuestra tragedia de ayer. Luego, sin saber qué hacer, damos una vuelta y subimos por las escaleras que llevan hasta el castillo (que hoy en día es un hotel). Seguimos subiendo por el monte, por un caminito de tierra roja. Dos críos nos salen al paso y empiezan a contarnos que hay un río y no sé qué más, y que nos pueden llevar hasta allí y tal y cual. Tienen como siete años y van descalzos. Les pregunto por qué quieren llevarnos hasta allí, a lo que, con candor infantil, el más hablador (o el menos silencioso) de los dos responde que “porque a veces los extranjeros nos dan dinero”. Yo le digo que si quiere mostrarnos el camino, que para nosotros será un placer y le estaremos muy agradecidos, pero que no pensamos darle nada a cambio: que a veces las cosas se hacen porque sí. Los críos, descalzos por la tierra roja y las piedras, nos hacen bajar y subir cuestas, trepar y destrepar, y tomar desvíos hasta que nos perdemos. Les pregunto si es que no tienen zapatos. Sí tienen, los de la escuela, y todavía “están aprendiendo” a andar descalzos. Justamente pasamos por delante de la escuela en la que estudian. Tienen siete años, pero no saben lo que es Europa ni América.
–¿Cómo te llamas?–le pregunto al que habla.
–Yoelvis.
–¿Elvis?
–Yoelvis.
El mudito se llama Odílmar. Me imagino a los padres apostando a ver quién le pone el nombre más raro a su hijo... Nos adentramos en un bosque. Un trecho más adelante vemos parados a dos chicos jóvenes, de unos dieciocho años a ojo. Llevan pantalones verdes del ejército, pero van descalzos y sin camiseta. Tienen la piel marrón brillante, el cuerpo fibroso y los músculos abdominales perfectamente definidos. Uno de ellos, además, lleva un machete en la mano. Están esperando justo en medio del camino por donde vamos a pasar. Al ver el machete, se nos ocurre que podría ser un lugar perfecto para una emboscada. Los saludamos. Nuestros pequeños guías se detienen. A la izquierda del camino hay una valla de alambre de espino y una portezuela tras la cual el terreno, igual de boscoso que el resto, desciende abruptamente. Abajo se divisa una pequeña cabaña y, detrás, más árboles, más bosque. En la puerta del cercado hay un letrero que dice: “Finca particular, prohibido el paso. Para el río
”, y una flecha indica la dirección del camino. Pero los chavales empiezan a quitar las matas secas de piñuela (una especie de ágave) que tapan un hueco en la valla, y a continuación nos hacen pasar por debajo del alambre. Les pregunto cómo se llaman (Dani y José Manuel) y me presento, pues me digo que si saben nuestros nombres y nos han visto sonreírles, les costará más decidirse a cortarnos la cabeza. Empezamos a bajar la pendiente, no llevamos el calzado más adecuado para ello, nos cuesta seguir el ritmo a los niños descalzos, por no hablar de los jóvenes, que han desaparecido entre los árboles. Al cabo de un rato oímos ruido en la copa de un cocotero y vemos caer varios cocos verdes. Entre los que quedan, a más de veinte metros de altura, vemos la figura de Dani manejando el machete. Vemos también a José Manuel trepar con la agilidad de un mono, subiendo con manos y pies por el tronco inclinado como un bombero por una escalerilla de mano, hasta lo más alto de otro alto cocotero. Los niños ni prestan atención a estas hazañas y siguen bajando, contándonos cómo se llaman las diferentes plantas, dándonos ricos mangos, semillas de cacao y arrancando para nosotros unas bayas negras que se llaman hicacos (supongo que con hache, sin ella no me quedaba bien) y que fingimos comernos, tirándolas después entre los arbustos. La pendiente es cada vez más pronunciada y embarrada. Nos alcanzan los mozalbetes, cargados con sendas brazadas de cocos verdes. Me ofrezco a llevar un par de ellos. El suelo arcilloso cada vez resbala más, y encima está empezando a lloviznar. En algunos sitios los niños nos tienden la mano para ayudarnos a bajar, aunque yo no acepto por miedo a aplastarlos como me caiga, prefiriendo agarrarme de las plantas y raíces, aunque basta un momento de despiste para que me resbale y me caiga de espaldas sobre la pendiente, golpe que amortigua la mochila de la cámara y los objetivos. Cedo el transporte de los cocos. Por fin llegamos al río, que apenas tiene un par de metros de anchura. El lugar donde nos instalamos es un pequeño remanso donde en el agua se forma una especie de pozo. Dicen que normalmente, cuando no llueve, el agua está transparente. Hoy no. Inmediatamente comienza otra exhibición de agilidad, con los chavales corriendo por las piedras resbaladizas para atravesar a la otra orilla, que es una pared de roca, y trepando por ella para lanzarse de cabeza al pozo desde una altura de cinco metros. Yo también decido probar, cruzo con cuidado (la operación que a ellos les lleva cinco segundos, a mí me lleva un minuto entero), trepo despacito, agarrándome fuerte a las rocas, y me tiro casi desde arriba del todo, con la esperanza de acertar allí donde el pozo es más hondo, y no en las rocas que lo rodean, algo que podría acabar muy mal. Acierto. Luego Agata y yo nos bañamos un rato, mientras en la orilla llana los cuatro cubanos se turnan al machete para abrir los cocos: hay que desgajar la cantidad justa de corteza para que quede un boquete por el que se pueda sorber el agua; y, una vez ésta se haya acabado, ya se puede partir el coco en dos y, usando una esquirla de cáscara a modo de cuchara, rebañar la fina película de pulpa aún blandita. Nos pasamos allí un buen rato, tirándonos al pozo, bañándonos y tomando agua de coco, hasta que las nubes se vuelven demasiado amenazadoras e iniciamos la retirada. La subida es dura, la parte de arcilla decido hacerla descalzo yo también, pero la parte de piedras duele demasiado, así que me pongo los crocs. Los pies, mojados y embarrados, resbalan sin cesar dentro del plástico de los zuecos. En algunas partes tengo que trepar a cuatro patas. Nada más llegar al camino principal, empieza a lloviznar. Al poco comienzan a oírse truenos lejanos. Dani camina cada vez más lento, se queda atrás y lo vemos sujetando el machete por la hoja entre el índice y el pulgar, alejado del cuerpo como si le hubiera cogido asco. Dice que cuando hay tormenta da mala suerte llevar machete. Se le ve inquieto. Me ofrezco a llevarlo yo (como única posibilidad para ganar puntos a sus ojos), pero no quiere. Por fin llegamos a un cruce donde hay unas casitas. Una de ellas es la de José Manuel y su familia, y entramos a resguardarnos de la lluvia, y a hacer fotos, pues José Manuel quiere salir en ellas junto con Agata. Pero la lluvia arrecia a cada momento y decidimos irnos antes de que el camino se vuelva intransitable. Quedamos en dejarles copias de las fotos en la casa donde estamos alojados. En el porche, le digo discretamente a Dani que nos lo hemos pasado muy bien con ellos, que les estamos muy agradecidos y que si esperan que les demos algo “por los cocos y tal”. No quieren nada, aunque se ve que les encantaría tener esas fotos en las que salen saltando desde las rocas, en el aire, haciendo saltos mortales. O acompañados de una extranjera rubia en biquini.
Los niños nos acompañan por el camino de vuelta, y menos mal, porque no habríamos pasado del desvío entre las rocas. Llueve a cántaros. Odílmar se va a su casa y Yoelvis nos hace entrar en la suya: una parcelita con bananos y cocoteritos entre los que corretea un cochinillo negro; y una chabola de cartón de la que sale su madre: ajada ya a sus 32 años y con un sujetador raído que muestra una barriga flácida y deja adivinar unos pechos mustios y estriados. Yoelvis es el mayor de cuatro hermanos. Recoge un coco en una esquina del patio y nos lo abre allí mismo, en el porche, con un machete. Su empeño, unido a la habilidad manual propia de un crío de siete años, nos hace temer por la integridad de sus dedos. Luego nos trae una libreta para que le apuntemos nuestra dirección y número de teléfono. Y se pone los botines del cole y un polo para acompañarnos hasta la ciudad para que le demos un boli, ya que no llevamos ninguno encima. Sigue lloviendo fuerte y él está dispuesto a hacer todo ese camino sólo por un boli. Le habríamos dado el dinero que cuesta para que no tuviera que hacerse ese camino, pero no queremos que el dinero entre en ninguna relación. Le pregunto si es que tanta falta le hace un boli. En casa tenía uno con el que ha apuntado nuestras direcciones y dice que en el cole le han dado otro. Mientras bajamos, le pregunto si lleva a muchos extranjeros hasta el río y él dice que sí, que a bastantes, porque luego éstos le suelen regalar algo. Yo, torpemente, intento explicarle lo que vendría a ser la ley del karma, porque me indigna que el dinero condicione tanto las relaciones humanas, sobre todo e las regiones turísticas de los países pobres; y me da rabia que ya la niñez sea tan intersada. Le explico que, por ejemplo, si yo hago algo bueno por otra persona, ésta estará contenta y probablemente hará algo bueno por otra u otras personas, que a su vez irán extendiendo y ramificando esa cadena, que terminará en revertir en mí tarde o temprano. No sé cuánto capta de lo que le digo, porque estoy seguro de que no es lo que le han inculcado, pero el chaval tonto no es.
Alrededor de media hora más tarde llegamos, hechos una sopa, a nuestra casa. Le damos lo que tenemos: un boli negro, otro rojo con tinda de esa que tiene puntitos brillantes como purpurina, y un subrayador amarillo. Bajamos con un paraguas y Agata se lo lleva a comer algo, mientras yo salgo corriendo porque a las 4 he quedado para que me den un masaje, merecido tras un mes viajando en camiones. Llevo la ropa seca en una bolsa de plástico porque no me ha dado tiempo a cambiarme (ni habría tenido mucho sentido). La chica del masaje, Marilín, llega tarde, así que Agata me trae mientras tanto una pizza. Nos despedimos del chiquillo, que sigue tan circunspecto con sus botines y su ropa empapada, pero un poco más contento con sus bolis, y desaparece camino de su casa. Mientras Marilín me masajea, Agata se corta las puntas del pelo. La chica le quiere cobrar 3 CUC, Agata dice que eso es demasiado, a lo que la otra responde que a los cubanos les cobra 3 $, pero los extranjeros pagan en CUC. Agata le dice que no tiene CUC y le puede dar 3 $, a lo que la otra contesta que no le dé nada, y se va. Seguimos haciendo amigos por dondequiera que pasamos.
Vamos a tomar un pru, que aunque la señora de la tienda (que es “idiológica” –entiendo que miembro prominente del partido– y, además, prima de la dueña de nuestra casa) lo alaba por su calidad y sus propiedades, no está tan bueno como los que probamos antes, en Las Tunas y por ahí. Después pasamos por la Casa del Chocolate, que, al igual que ayer y que anteayer, está cerrada, pero hoy al menos han colocado a la puerta una mesa en la que venden barritas de chocolate. Por fin podemos probar el famoso chocolate baracoense, que lo más especial que tiene es un envoltorio plateado que no hay quien despegue.
Enfrente, delante de la Casa de la Música, están algunos de los integrantes de Onú Ilé: el director, llamado Pancho, y los dos que tienen algún negocio que hacer conmigo (el que quiere mis “chores”, que no le doy; y el que me va a vender un disco grabado de música yoruba por 5 CUC). El resto (incluyendo el que me había prometido las partituras) no ha venido por la lluvia. Una vez hechos los tratos, charlamos un poco y acabamos dentro de la Casa de la Música: yo enseñándoles a ellos movimientos de capoeira Angola y ellos a mí el paso de Ogún. Nos lo pasamos bien un ratillo, pero tengo que irme corriendo porque Agata hace rato que se fue, la cena era a las 7 y ya pasan.
Después de la cena hacemos la cuenta con Rubén y Yindra, que nos sorprenden cobrándonos nada menos que 5 CUC por una colada. Está claro que lo que no ganen por un lado lo sacarán por otro. Pero pasamos de pelearnos con ellos porque necesitamos que hagan de intermediarios para entregar las fotos a José Manuel, que, si ha entendido bien nuestras indicaciones, pasará algún día a buscarlas.
Vamos a comprar unas cervezas y atravesamos medio pueblo hasta casa de los alemanes, donde nos tiramos casi dos horas charlando en la azotea, bajo las estrellas. Nos retiramos sobre las 11, muertos de sueño.
No hay comentarios:
Publicar un comentario