3/7/12

19. De Gibara a Guardalavaca


Nos levantamos a las seis para subir al mirador y ver el amanecer. Al salir de la habitación con todo el equipo fotográfico a cuestas, trípode incluido, nos encontramos con una verja cerrada. En casa no parece haber nadie. Al cabo de unos minutos a mis voces acude Niñita en camisón, nos abre la verja que divide en dos el gigantesco salón y la tranca que cierra la puerta principal. Mucha seguridad. Sobre todo para caso de incendio.
Llegamos un poco tarde al amanecer. Pero el cielo está grisáceo y el sol es una bola naranja que no suelta mucha luz, así que aún se puede hacer fotillos. Subimos por una escalinata a un mirador desde el que se divisa la ciudad entera, con su trazado de cuadrícula, y, tras ella, el mar. La vista es bonita, pero las fotos no le hacen justicia.
Vamos a dar un paseo, a hacer las últimas fotos de Gibara antes de irnos, ya que ayer no estuvimos muy inspirados. La Gibara de entre semana no tiene nada que ver con la que vimos el domingo al llegar. Ahora, a pesar de lo temprano que es, las calles están llenas de ajetreo, gente que va al trabajo o a hacer recados, camiones que llegan y descargan gente que enseguida toma un rumbo concreto. Tanto movimiento no acaba de pegarme con el decorado, casi me convencía más la impresión soñolienta del primer día. Pero, por alguna razón, me gusta bastante este pueblo: a pesar de ser bastante bonito (sobre todo por su situación geográfica, casi rodeado de mar, pero también por su encanto polvoriento de película del oeste), es también auténtico. De momento es mi segundo lugar favorito de la isla, después de Caibarién y empatado con el barrio del Vedado en La Habana.
Al pasar por delante de una fábrica de puros instalada dentro de un viejo edificio colonial, cuyos ventanales (por supuesto, sin cristales, pero enrejados) son altísimos y llegan hasta el suelo, echamos un vistazo e inmediatamente los trabajadores nos empiezan a hacer gestos para que entremos. Pedimos permiso al encargado, que está sentado a un escritorio de frente al resto, y nos autoriza a hacer fotos, siempre y cuando no pasemos de un punto que, la verdad, limita muchísimo nuestro capo de acción, pero supongo que serán “medidas de seguridad”, no vayamos a chindar mercancía o algo. Un hombre menudito y muy amanerado se levanta enseguida y se pone a posar, haciendo como si hablara por el venerable teléfono que hay en la pared, luego se sienta en su sitio y todos sus compañeros de fila nos piden que les hagamos fotos. Tras ellos, colgado bien alto en la alta pared, preside la sala un gran retrato de Fidel en blanco y negro, al lado del cual se ve un calendario de hace dos años con la bandera de Cuba. Los trabajadores (en su mayoría, trabajadoras) de la primera fila también reclaman atención, así que podemos realizar una serie de retratros de todos los integrantes de la cadena, en la que cada uno tiene su función: meter el tabaco picado en las hojas, enrollarlas en forma de puro, pegarlas, así hasta las filas posteriores, donde se realiza el empaquetado. Por alguna razón, la media de edad de los hombres es mucho más baja que la de las mujeres. Éstas andan, a ojo, entre los treinta y muchos y los cincuenta y pocos e, invariablemente, son orondas y poseen unos pechos gigantescos que han de apoyar sobre la mesa de trabajo. Para hacer retratos de la gente de otras filas tenemos que salir y meter el objetivo entre las rejas de las ventanas. Nos llama especialmente la atención un hombre de cuarenta y pico que ya nos hizo señas ayer. Es mulato, bastante guapo, tiene el pelo totalmente blanco y muy cortito, lleva gafas de pasta, un aro pequeño en el lóbulo derecho y una camiseta celeste de rejilla, pulseras en las muñecas y las uñas largas, pintadas de un color metálico brillante. Sobre la mesa, bien visible, tiene una bolsa a franjas con los colores del arcoíris y alguna inscripción tipo "todos somos iguales" o algo por el estilo. Clava la mirada en el objetivo y posa dignamente un buen rato, sonríe, se enciende un cigarrillo. Otros trabajadores, celosos, también quieren su ratito de fama, aunque algunos quedan ya fuera del alcance de nuestros objetivos. Pero en éstas llega el loco del pueblo, que encima está borracho, en la mano lleva un mango medio podrido sujetándolo como una bola de cristal, y se pone un poco pesado, aunque no entiendo nada de lo que dice. Un poco más adelante hago fotos de lejos (ya que llevo el teleobjetivo puesto) de una carnicería montada a la entrada de una casa. Detrás del mostrador con la carne se ve un salón enorme en penumbra, un suelo de azulejos antiguos, un televisor y una señora abriendo una puerta. En la pared, un cartel anuncia “venta de carne de cerdo los martes y sábados”. Hoy es martes y la carne se ve fresca. El hombre, que lleva puesto una especie de traje verde de cirujano, nos invita a acercarnos y, mientras atiende a los clientes, nos da conversación y posa gustoso para las fotos. Nos habla de los mismos temas que casi todos los cubanos (los familiares o “amistades” que tiene en España, los problemas económicos, la imposibilidad de viajar), pero de una manera totalmente franca, sin querer demostrar nada ni manipular nuestros sentimientos. De dentro de la casa-carnicería sale un amigo suyo, un tal Rolando, y nos cuenta que en años anteriores también tuvo una “casa de renta”, una de las primeras de Gibara, pero que los huracanes de hace un par de años la dañaron tanto que tuvo que cerrarla, aunque pretende reabrirla pronto. A no ser que le dé por quedarse en España, donde tiene familia “de apellido Cajigal, con jota”, y adonde quiere ir en breve, cuando supere la interminable etapa de papeleo.
A las ocho estamos de vuelta para el desayuno. Descansamos un rato, nos despedimos de nuestros simpáticos anfitriones y vamos a la casa donde estuvimos el primer día, pues hemos quedado allí con los alemanes, que han contratado un jeep para llegar hasta Guardalavaca, adonde de otro modo sería difícil llegar. Compartiremos gastos.
La carretera demuestra con frecuencia la necesidad de un 4x4. El jeep, nuevecito, tiene aire acondicionado y un cedé de Richard Clayderman. El conductor, Julio, es ingeniero mecánico de profesión, pero el taxi le da mucha más pasta. De la gente que hemos conocido hasta ahora, es probablemente la persona que echa más pestes del sistema, sin cortarse un pelo. No dice muchas cosas que no hayamos oído antes, pero las dice todas juntas y sin cortapisas, aparte de hilarlas de un modo bastante coherente. Lo que más me sorprende es cuando afirma que Fidel (al que ni siquiera nombra, sino que hace el gesto de la barba) es “la persona más inteligente del mundo”, por ser capaz de mantener al pueblo sometido y sumiso durante más de cincuenta años (más o menos lo mismo que nos había dicho Ricardo el de Remedios); y que si el embargo sigue en pie es porque al propio barbas no le interesa que lo levanten, ya que a día de hoy dispone de la excusa perfecta para culpar de todos los males a los americanos. Pagamos en total 30 CUC.
En Guardalavaca nos alojamos en casa de Marlay. Hace un par de meses no habríamos podido venir, ya que en todo el pueblo no existían casas de renta (de hecho, ninguna guía de las que hemos consultado las recoge), pero hace sólo dos meses o así les dieron permiso y ya hay tres. El resto son enormes hoteles “all-inclusive” en primera línea de playa. La arquitectura del pueblito es de abolengo socialista, con bloques de pisitos para los obreros. Nada de colonial.
La playa no está nada mal. Tendrá como seiscientos metros de longitud, calculo. Al extremo este se encuentran las tumbonas del hotel que la cierra. Al oeste, un extenso espacio vacío con seis o siete sombrillas de guano públicas y, al menos durante estos días, en general libres. Ésta es nuestra parte favorita. En las rocas de este lado se alzan un restaurante de marisco y una casa en construcción con cuyo dueño, Roberto, nos topamos al explorar la zona, y nos invita a pasarnos cuando queramos para tomar un café y charlar. En el centro de la playa, un par de chiringuitos con el reguetón a todo trapo a todas horas, una caseta con aseos y un par de árboles. Por la orilla corretean cangrejos de ojos saltones y color dorado, mimetizados con la arena.
Tras una buena ración de sol y de mar, vamos en busca de comida. Primero hay que evitar los chiringos, luego esquivar los puestos de pulseritas, abalorios y boinas con el Che Guevara bordado y escapar de los taxistas, a los que de todos modos no se les entiende nada de lo que dicen, pues se empeñan en hablarnos en un inglés mal pronunciado. Todavía no consigo entender (ni soportar) a los taxistas (o a sus parientes, los riksheros y tuktukeros de Asia), que primero te llaman “amigo” (o “maifrén”) y luego son capaces de perseguirte repitiendo “¿taxi?, ¿taxi?, amigo, ¿taxi?”. Primero: no me gusta la desvalorización de la palabra “amigo”. Segundo: provengo de una cultura donde la publicidad está a la vista y puedo acercarme a ella si quiero, pero los productos no te persiguen. Siempre se puede mirar a otra parte, pero todavía no he aprendido a desconectar el oído. Tercero: me jode enormemente que me persigan y me desconcentren. Cuarto: no soy ciego y distingo perfectamente los taxis y similares y sé lo que hacer cuando necesito uno. Que me los ofrezcan a cada paso es casi como si me llamaran idiota. Quinto: todavía mis facultades físicas me permiten caminar de un lado a otro sin gran esfuerzo, aparte de que en general soy partidario del transporte público y más todavía estando de viaje, pues en muchos casos encontrar transporte es parte de la aventura. Sexto: hay que ser un poco lerdo para ofrecer un taxi a una persona que, en bañador y chanclas, se dirige evidentemente a la playa.
En el pueblecito no hay mucha opción para comer. En el restaurante huele a pollo frito, pero todas las existencias están ya reservadas, pues hay un grupo grande de cubanos celebrando algo. El cocinero me propone que vaya a comprar un pollo a la tienda y él me lo fríe. Mientras hablo con él, uno de los tipos que están de pie a mi lado me pregunta si soy canadiense (¿y por qué no uzbeco?). Yo le digo que no, que español, a lo que su compañero contesta que ya había notado cierto acento, y el cocinero añade que él había pensado que era italiano. El que me llamó canadiense nos cuenta que tienen hoy reunión familiar porque han venido unos primos que viven en Miami, y que él de España conoce Tenerife, que está en las Islas Canarias y es muy bonito, porque lo vio en un vídeo, porque los cubanos no pueden viajar, que para los extranjeros Cuba es muy barata, porque ellos pagan 25 $ por una Tukola y nosotros sólo 1 CUC (una cuenta que ya he oído un par de veces y no llego a entender del todo), que Tenerife es muy bonito y está en las Islas Canarias, que él tiene unos familiares españoles que estuvieron en Cuba en 1981, que los llevó a comer cochinillo y a la iglesia y les gustó mucho, pero nunca más volvieron, y eso que son pudientes, y que Tenerife.
En el puesto de al lado compramos sendas pizzas, el dependiente es muy majo. Volvemos a casa, nos duchamos y leemos un rato, mientras que esperamos la cena, que hemos encargado para las 7. A las 7:45 decido pasar por casa de la dueña, a ver qué ocurre, y me la encuentro con la mesa puesta y esperándonos. Ha habido un malentendido. La cena (aguja frita, arroz congrí, chicharritas de plátano y ensalada de tomate) está buena. Conversamos un poco con Marlay, que dice que es muy tranquila y no le gustan las fiestas ruidosas ni la gente que va a ellas, aunque sí le gusta bailar y salir a tomar algo, nos explica que los testigos de Jehová sí que pueden “tomar, pero no embriagarse”. Me propone una comisión si recomiendo su casa, es más, un negocio entero, encargarme de la hipotética página web y no sé qué más visiones.
Después de la comilona, Agata y yo vamos a dar una vuelta por la playa, iluminada por la luna llena (y el foto de algún hotel). Cuando nos alejamos del chiringuito central, apenas se oye el bum-bum-bum y el paseo resulta muy agradable y romántico. Los cangrejitos corretean por la arena. Lástima que la playa no sea más larga y haya que pasar varias veces por el centro. El chiringuito desperdicia los decibelios, pues está vacío. En la playa otra pareja se baña.
[Uno se cansa de oír y de leer que en Cuba la música está presente en todas partes. En efecto, es así: de los coches (e incluso de los bici-taxis, algunos de los cuales llevan instalados potentes altavoces bajo el asiento trasero) se derrama reguetón a todo volumen, mientras por las ventanas de las casas sale reguetón, baladas, Luis MIguel o versiones lloronas de “¿y quién es él, en qué lugar se enamoró de ti?”. En los autobuses, un pop chungo (“me encantó desnudarte, tocarte y besarte por toda tu pieeeel…”) de letras cursis y malas. En los garitos para turistas, que no frecuentamos, grupitos tocando canciones conocidas de Buena Vista Social Club. Y, en el mejor de los casos, te encuentras a algún vejete silbando o tarareando habaneras o boleros… Ah, la famosa música cubana...]
En casa las ventanas no tienen cristales, sino unas láminas metálicas que se pueden cerrar o dejar abiertas para que corra el aire, algo muy necesario. Nos acostamos, en el techo hay pegadas estrellitas fosforescentes, y los ruidos nos envuelven como si durmiéramos en plena calle: la tele de la casa de al lado, la conversación en el parquecito de delante, el tintineo de los platos de la cena de los vecinos, los niños gritando “mami” desde la cama, los coches que pasan, los perros, los grillos, las gallinas, el viento, los pasos… Si no fuera porque estoy seguro de haber echado la llave, habría jurado que hay gente andando por la casa. Pero estamos tan cansados que nos dormimos enseguida. Hasta que a las dos de la mañana, bañado en sudor (porque el ventilador tiene un absurdo temporizador que aún no he descifrado) y acribillado por los mosquitos, me levanto a ponerme repelente (no, no es que yo me ponga así, si no que me echo un espray), que cumple al menos parcialmente con su cometido, y consigo dormir más a pesar de los picores.

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