Día más descansado. Desayunamos a las 8:30. Vamos a la playa de Guardalavaca, leemos, nos bañamos. Vamos paseando hasta Las Brisas, donde hay muchas más morsas que ayer por la tarde, pero menos que por la mañana. No entiendo el ciclo de vida de las morsas. (Por cierto, que en el pueblo no he visto ni una, debe de ser que la misma pulserita que les asegura la reserva natural, les prohíbe salir de ella.) Sin que se den cuenta los vigilantes (o sin que les importe) plantamos dos tumbonas dentro del mar, en la misma orilla, y estamos un rato mimetizándonos con el entorno. Muchas mujeres hacen topless. Predomina el color de piel rojo, antesala del cáncer. Cuando ya estamos a punto de irnos a comer algo, vemos que el cenador blanco plantado entre las palmeras está adornado con flores, delante de él, en la arena, con las mismas flores fucsias han formado un corazón. Preguntamos y nos dicen que va a haber una boda a las 2. Son menos veinte, así que corremos al pueblo a por un par de (pésimas) pizzas y a por las cámaras. A Agata se le ocurre el astuto plan de hacer un reportaje y vender las fotos. Llegamos a las 2:15, pero aún no ha empezado la boda. Resulta que es a las 3. Antes de la hora llega el novio, con pantalones beis, camisa blanca, zapatos marrones y la frente sudada. (Y nosotros en bañador…) Agata va a hablar con él novio y le pregunta si podemos hacer fotos. Es su boda de verdad, no sólo para hacer la turistada. Dice que, “por su complicada situación familiar”, a pesar de que llevan diez años juntos y tienen dos niñas (Isabelle y Heather), no han podido casarse antes. Se llaman Andrew y Natalie, y tienen un fuerte acento del norte de Inglaterra, aunque ella, como enseguida veremos, tiene unos intrigantes y bonitos rasgos exóticos: nació en El Salvador, pero no habla español: “I’m one hundred per cent British”, dice, “I like my tea”, bromea. Pero eso será después. Ahora ella llega precedida por las niñas, todas de blanco, y seguida por cuatro músicos de pelo blanco o ausente, dientes de oro y guayaberas azules estampadas con loros y palmeras. Tocan dos guitarras de cuerdas que ya deberían haber pasado a la jubilación hace tiempo; un tres; y, el mulato calvo que canta (mientras los demás le hacen los coros), el güiro y las maracas por turnos. Empiezan con una versión en español del “And I love her” de los Beatles y, manteniendo el nivel, pasan por habaneras y boleros hasta llegar al “Bésame mucho” en el momento culminante. No hay invitados. Están los novios, las hijas, la notaria, la traductora, la fotógrafa y el cámara, dos camareros, los cuatro músicos (la versión tropical del organista)… y nosotros. Y los turistas de las tumbonas un poco más lejos. La ceremonia (traducción consecutiva incluida) dura unos veinte minutos, luego vienen unas cuantas fotos (dentro del corazón de flores, junto al mar, y cortando una tarta que nadie se comerá). La novia todo el tiempo sujeta un ramo de flores y el novio, una copa de champán: no es de extrañar, pues la fotógrafa les pide que posen de formas bastante extrañas, así que Andrew esconde la vergüenza tras la copa. Enseguida se van todos. Los músicos se quedan un rato más, hasta que Andrew les da una propina. Luego ya sólo quedamos nosotros con toda la familia. Somos los primeros en felicitarles. Luego ellos emperifollados y nosotros en bañador y llenos de arena vamos hasta un jardincito del hotel para hacerles algunos retratos a la sombra. Nos piden por favor que les mandemos las fotos, me imagino que no se fían mucho de la fotógrafa que les ha puesto el hotel (yo tampoco: ¿cómo se puede hacer fotos de boda a pleno sol sin flash ni un mísero reflector para rellenar las sombras?). Tampoco disponemos de mucho tiempo: los novios están sudando y quieren ir a cambiarse. Les hacemos un par de fotillos y no nos atrevemos a proponerles el negocio.
Nosotros nos quedamos en la playa: Agata aprovecha una de las tumbonas del hotel y yo hago un poco de yoga y estiramientos. Bastante quemados por el sol, nos retiramos a cenar: hoy, aguja y chicharritas. La puesta de sol es impresionante, el cielo está naranja y violeta y las nubes parecen plumas de colores. Corremos a por las cámaras y de vuelta a la playa, pero llegamos un poco demasiado tarde (y… sin filtros polarizadores).
Volvemos a casa y nos acostamos temprano.
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[NOTA: El primer día en Guardalavaca la guarapera estaba cerrada porque no les habían traído caña. El segundo, porque no había corriente. El tercero, porque la máquina se había averiado...]
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