3/7/12

18. Gibara


Dormimos fatal. El aire acondicionado hace demasiado ruido para ponerlo y el ventilador tiene un estúpido temporizador que lo apaga cada dos horas como máximo. Al despertanos pregunto en la casa si podrían lavarnos algo de ropa. Por un servicio que en otras casas nos han hecho de favor, pretenden cobrarnos 4 CUC “porque el detergente es muy caro”. Si lo hubiera pensado, les habría dicho que nosotros tenemos detergente, pero ya me habían cabreado durante el regateo del día anterior pidiéndonos 4 CUC por cabeza por el desayuno, así que salimos a buscar otra casa, encontramos una enseguida (pero no la que recomendaba la guía, porque en un pueblo que tiene doce calles mal contadas tres hombres de más de cincuenta años no saben cuál es la calle Céspedes), volvemos, hacemos el equipaje, pagamos y nos vamos.
Cuando vamos a entrar en El Vitral, llega un hombre en bicicleta, nos adelanta, abre la puerta y llama a la dueña por su nombre, señalándonos. Cabreado, le digo que se vaya y que no necesitamos su ayuda, porque no necesitamos que nos cobren 5 CUC a cambio de nada por culpa de otro espontáneo.
La señora de El Vitral, a pesar de llevar las cejas dibujadas, es muy maja. Le comento lo del jinetero de antes, no vaya a ser que pretenda una comisión, pero ella que dice que no nos preocupemos, que Carlitos trabaja allí. Tierra trágame…
Carlitos resulta ser un vejete simpatiquísimo, su sonrisa no era forzada, sino real, y la lleva siempre puesta. Canturreando y silbando el “capullito de alhelí” nos acompaña a casa de un zapatero que nos coserá la mochila de Agata por fin. Por el camino de vuelta le pedimos disculpas, dice que lo entiende.
En la casa trabaja también Niñita, una señora que también resulta ser muy maja (aunque podría afeitarse el bigote). Cuando le pregunto cuánto nos cobraría por hacer la colada, contesta “lo que ustedes quieran darme”. Como 1 CUC le parece bien, acabaremos dándole 1’5.
Emprendemos una búsqueda de guarapo tan agotadora como infructuosa: todas las guaraperas del pueblo están cerradas. Pasamos el resto de la mañana buscando desesperadamente café, pues seguimos bajísimos de energía. Al final lo encontramos, caro (0’40 CUC), pero buenííííísimo, el mejor que he tomado en mi vida, en un restaurante pijo con vistas al mar, al extremo del pueblo. Me tomo dos. Allí nos encontramos con los alemanes y quedamos en hacer la excursión a las cuevas juntos.
A la salida del restaurante hay una vieja que, al igual que cuando entramos, agita un sonajero gigante para llamar nuestra atención, creo que para alquilarnos un coche. Respuesta de Agata: “eso dejó de interesarme hace veintipico años”. Unos pasos más allá un tipo grita: “¡Amigo! ¡Tengo un paladar!”, a lo que yo, evidentemente, contesto: “Yo también tengo uno”. Creo que ninguno de los dos pilló el chiste.
Vamos a ver si solucionamos el lío que hemos montado, porque mientras buscábamos a unos para organizar la excursión caímos en las garras del tal Fran, pero después vinieron a buscarnos a la casa los otros y nos hicieron una oferta que si encontrábamos a los alemanes sería igual de buena económicamente, pero mucho más fidedigna (y el tal Fran nos cae mal). Por fin quedamos para la tarde con unos que afirman ser espeleólogos.
Vamos a buscar la mochila de Agata. El zapatero ha hecho un buen trabajo:
–¿Qué le debemos?
–Lo que ustedes quieran darme.
–No, hombre, dígame qué le debemos.
–Lo que ustedes quieran darme.
–Es que yo así no sé…
–Diez pesos.
–Eso es poco. Le vamos a dar cuarenta.
Y siempre es así, odio que me timen, pero, cuando me cobran honestamente, me encanta darles más si puedo.
En casa, doña Nancy nos da a probar unas riquísimas frituras de huevas de pescado que ha hecho Niñita. Agata las prueba e incluso le gustan, pero creo que porque no sabe lo que son. En el patio, Carlitos, con una lupa, un destornillador y un pequeño soldador eléctrico, intenta reparar los cablecitos del sonotone. Es viejo, pero es que el nuevo, por el que tuvo que esperar cinco años a que el Estado se lo diera, se le ha perdido. Me hace subir a la azotea y me enseña el tejado que, hce unos meses, cuando estaba él reparando las tejas, cedió. él se golpeó con una viga y se quedó colgando de una mano, no sabe cómo hizo para volver a subir, y encima con dos costillas rotas, que luego se pasó dos meses con calmantes para el dolor. Pero de eso hace ya mes y medio y ya ha vuelto a trabajar en los tejados para sacarse un dinerillo, ya que la jubilación no le da para mucho. Todo lo cuenta con una sonrisa. Dice también que le encanta salir a bailar y que, a sus 68 años, tiene una “noviecita”, porque hay que disfrutar la vida. Tiene una camisa azul con palmeras y una bici.
A las 2 aparecen los espeleólogos, Ray y Leonel, y los alemanes. Vamos hasta las cuevas: una bonita excursión a la luz de lámparas de petróleo y amenizada por las interesantes explicaciones de Ray. Estalactitas, estalagmitas, murciélagos chiquititos y leyendas. A cuarenta metros de profundidad hay un laguito subterráneo donde, con el permiso de los espeleólogos, me doy un baño (aunque luego me dará un poco de yuyu pensar en la posibilidad de que haya algún tipo de parásitos en el agua). A la salida les pagamos lo convenido y, a modo de merecida propina, intercambio mi frontal con el de Ray, pues a él le hará más servicio que a mí y en Cuba no se consiguen así como así: ni él, que es socorrista en cuevas, tiene acceso a lámparas como la que yo compré en Decathlon.
Los alemanes vuelven a su alojamiento, los espeleólogos se van por su lado y nosotros damos un breve paseo fotográfico. De vuelta al hostal, nos duchamos para quitarnos el barro (en otra habitación, porque en nuestro baño Carlitos están intentando reparar la cisterna). Cenamos en la terraza del restaurante “La Terraza” con la puesta de sol: potaje de frijoles con arroz blanco, chicharritas de plátano, ensalada, casi un kilo de aguja a la plancha y una jarra de zumo de mango, todo un banquete por 250 $ (aproximadamente 10 CUC). Nuestra única comida consistente del día, pero muy rica.
Después subimos un rato a la terraza de El Vitral. Primero pasamos quince minutos a oscuras porque no funciona la luz, pero pronto acude al rescate Súper Carlitos, silbando, y la arregla. Nos quedamos allí una hora sentados en las tumbonas, leyendo. Gibara está resultando probablemente el sitio más relajante que hemos visto en toda Cuba hasta ahora.
Después bajamos hasta la casa donde siguen alojados los alemanes a ver si concretamos con ellos un plan para mañana. Ya en nuestra habitación, que tiene como seis metros de altura (nunca había visto un cuarto dos veces más alto que ancho), Agata se pone a leer y yo a escribir: estoy casi tres horas actualizando el diario. Nos dan las dos de la mañana.

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