3/7/12

13. Camagüey


Nos levantamos tempranito para estar en la estación de bus sobre las 8 y poco. La verdad es que las calles y plazas que vemos nos gustan, pero, ya que hemos decidido ir hasta Camagüey (y con lo que nos cuesta decidirnos más vale atenerse a lo planeado), mejor hacerlo cuanto antes. Enseguida sale una Yutong, por 10 ó 20 pesos (no me acuerdo) por persona. Fácil y rápido, aunque para comprar el billete hay que hacer cola ante un mostrador y, por si acaso, yo dejo aparcada a Agata fuera con las mochilas y compro los boletines con seguridad y mi mehol asento cuano (o acubanado).
Cosa de una hora y media después estamos en Camagüey. Preguntamos por el centro histórico. Por el camino, un señor que va en bicicleta nos ofrece alojamiento. Le decimos que no, pero le preguntamos por una calle (donde está una casa que nos recomendó Milaydis, pero en vez de llamar preferimos presentarnos directamente sin decir de parte de quién venimos, pues ya nos hemos dado cuenta de que eso aumenta inmediatamente el precio en 5 CUC). Nos dice que esa calle está un poco lejos (y señala hacia el lugar del que venimos) y que pasemos a ver su casa, que está allí al lado, por si nos gusta. Al ver que nos es un cazaclientes a comisión, sino el dueño, le hacemos caso. La casa nos gusta, es muy espaciosa, con techos altos, patio… Y sólo nos pide 15 CUC, sin regatear. Él y su mujer son muy bromistas y nos ofrecen confianza, así que nos quedamos. Al enseñarnos el baño, nos comentan que la ducha (eléctrica, como la de Santa Clara: un modelo que abunda en Cuba, aunque no tanto como en Brasil) “a los turistas les da miedo, porque saltan chispas”.
Salimos a dar una vuelta por el casco antiguo, que fue incluido no hace mucho en el patrimonio de la UNESCO, por razones que no alcanzamos a descubrir. Llegamos hasta el bulevar de la calle Maceo, lleno de tiendas cutres (culpa del socialismo) y bastante feo. Descubrimos que el amarillo es el color de moda: aparte de múltiples camisetas, etc., hay varias personas, sobre todo mujeres, vestidas de amarillo de la cabeza a los pies.
Comemos en un sitio barato. Pedimos espaguetis napolitana (Agata) y espaguetis con chorizo (yo). La camarera, tan simpática como despierta, considera que sólo hemos pedido un plato. Cuando le aclaramos que uno más uno es igual a dos, nos trae unos pseudoespaguetis con pseudochorizo y otros con pseudojamón. Le explicamos que no es capricho, sino que Agata no come carne. Se lleva el plato (probablemente para quitarle los tropezones) y por fin nos trae un plato de asquerosos pseudoespaguetis con un pegote de un queso que huele, y creo que también sabe, a pies sudados. De mi plato, igual de bueno, acabo apartando el pseudochorizo, pues es de lo más sospechoso. Tal vez por eso nuestra inteligente camarera nos haya hecho un descuento, porque, si no, no nos cuadra la cuenta: tres refrescos de cola de a cinco pesos, más espaguetis napolitana - cinco pesos, más espaguetis con chorizo - 7’80$… ¿veinticinco pesos?
Seguimos paseando, la ciudad no nos inspira mucho. En un sitio con el iluminado nombre de “Jugos del Príncipe” (yo casi hubiera preferido que se llamara “de la Princesa”, ya puestos) nos tomamos unos cuantos vasos de zumo. Luego vamos hasta el Coppelia, donde la cola empieza ya en el exterior, pues sólo dejan entrar cuando sale gente, como en las discotecas, a pesar de que dentro se ven sillas vacías. Al cabo de media hora de espera logramos pasar. Hacemos cola para comprar los tickets y luego me pongo a la de pedir los helados. Tarda veinticinco minutos en llegarme el turno. No me extraña: hay un solo tío poniendo las bolas de helado, una tía dedicada a echar por encima un churrete de sirope, otra que recoge los tickets y varios mirando. (Un absurdo trabajo en cadena que, como en tiempos de la URSS, justifica que todos tengan trabajo y se les pague una miseria por él.) Cuando ya me está llegando el turno, me dirijo a una de las tías para preguntarle una cosa, a lo que me responde bordemente: “¿no ve que estoy atendiendo?”. Le digo: “No, señora, usted está mirando cómo su compañero está atendiendo a otra persona, de modo que no veo ninguna razón que le impida contestarme una pregunta”. Se queda sin saber qué decir, pero yo ya prefiero esperar a hablar con el otro tío, aunque de esta manera retrase el “servicio”. Cuando por fin recojo nuestro pedido de dos “ensaladas” (de cinco bolas cada una) y doy tres pasos, el tío me grita que no puedo ir al “salón” de la derecha (donde Agata lleva sentada media hora esperándome), porque ése corresponde a la otra barra. Flipando con el ineficiente sistema, nos sentamos en otra parte. En la mesa contigua, una señora que lleva las piernas depiladas sólo por detrás se está comiendo tres cuencos de helado. [Nota 1: hay un modelo de depilado muy frecuente, que llega hasta medio muslo y queda muy vistoso cuando diez centímetros de piernas tan melenudas como las mías asoman por debajo de la minifalda; pero el modelo de esta señora nos resulta nuevo.] [Nota 2: por lo visto hemos tenido suerte, pues que en Coppelia tengan hasta seis sabores diferentes es algo inaudito, generalmente, por lo que dicen, hay como máximo dos.] [Nota 3: no quiero imaginarme qué pasaría si, por ejemplo, en McDonald’s funcionaran con la misma eficiencia que aquí...]
Paseamos más, hablamos un rato con un churrero que tiene un carrito en una esquina y una prensa para hacer la masa, sólo de harina, porque otros ingredientes (leche, mantequilla) son muy caros, pero los espolvorea con azúcar y a la gente les gustan. Lo de los churros no es muy popular en Camagüey, él lo descubrió en un libro de recetas y hace dos meses decidió emprender el negocio y le va bien. Los vende a dos pesos la ración. La gente los toma a la comida. Se sorprende cuando le digo que en España son más bien para desayunar o merendar, que se mojan en chocolate y que hay incluso establecimientos especializados.
A través de unas ventanas enrejadas hacemos fotos de un bonito interior en penumbra, con sus techos altos, sus arcos, pupitres, ficheros antiguos, paredes desconchadas, retratos de revolucionarios y un globo terráqueo. Nos descubre una señora, sonreímos y entramos. Es una biblioteca. Está vacía. Nos ponemos a conversar, se unen otras dos mujeres, nos dejan hacer fotos y, al final, tres bibliotecarias que al principio nos miraban desconfiadas acaban explicándonos un montón de cosas sobre el funcionamiento de esa biblioteca (nada de catálogos informatizados) e incluso dándonos recomendaciones de viaje. Una de ella tiene el pelo blanco, gafas y una belleza modesta y madura impresionante. Se habría merecido un buen retrato, pero no nos atrevemos a pedírselo delante de sus compañeras.
Vamos hasta la estación de tren para mirar el transporte, pero no hay ningún tren a ningún sitio que nos interese a una hora razonable (con aquello de que estamos más o menos en el centro de la isla, todos los trenes de larga distancia en ambas direcciones pasan sobre las cuatro de la mañana). En la estación de bus no hay nadie, pero nadie, aparte de algún mendigo, y huele a orines.
Volvemos al centro. En la misma calle donde estamos alojados descubrimos la “Cafetería La Parada” (c/. República, 81), donde tienen unos pastelitos ricos y baratos. Mañana vendremos a desayunar.
Descubrimos que lo de que la belleza está en el interior también puede aplicarse a Camagüey: al atardecer, la gente abre las puertas y ventanas, pues ya no temen al calor, y los ves desde la calle sentados en mecedoras o en el suelo frío, viendo la tele. Las casas son antiguas, impresionan los techos altos, pero más todavía los suelos de preciosos azulejos antiguos, la penumbra y los objetos de colores, revueltos, contrastando con el aire señorial de esos interiores.
De vuelta a casa cenamos frijoles y pescado (quería 10 CUC por persona, acabamos pagando 8 CUC en total, pero ni merece la pena). Yo estoy hecho polvo y duermo como un tronco, sueño con mil cosas.

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