De nuestro plan de ver amanecer, nada. Nos levantamos a las 7:40 porque a las 8 hemos quedado para el desayuno, pero si no, habríamos seguido durmiendo. Estamos hechos polvo. Por suerte hay yogur casero y un café riquísimo.
Después vamos a la playa. Ya tan temprano el chiringo está en marcha. Está sonando la misma versión salsera del “Come together” de los Beatles que ayer, le pregunto al pincha qué es y me intenta vender por 5 CUC un cedé copiado en cuya portada fotocopiada o imprimida en casa pone: “A tropical tribute to the Beatles”.
Vamos a explorar la playa de al lado, Las Brisas, que está separada de la de Guardalavaca propiamente dicha por un enorme hotel “all-inclusive”. Tenemos que atravesar parte del complejo, a lo largo del cual, a cada tantos metros, siempre a la sombra de algún árbol, hay apostados centinelas con walkie-talkie para alertar si algún extraño quiere meterse en la piscina (algo, en mi opinión, bastante absurdo, teniendo el mar cristalino a diez metros) o usar las tumbonas… o las hamacas, que ya me tientan más. A los extraños (como nosotros) se les reconoce fácilmente porque no llevan una pulserita azul. La playa de Las Brisas es una continuación de la de Guardalavaca, con la misma arena casi blanca (aunque con muchas más palmeras, supongo que para satisfacer las expectativas tropicales de los turistas) y la misma agua transparente como en una piscina, que allá a lo lejos presenta grandes manchas de color turquesa o azul marino que, como agua y aceite, no se mezclan. Sólo que la concentración de tumbonas y sombrillas es mucho mayor, con hileras e hileras de plástico blanco estropeando la idílica vista. Observando a sus ocupantes, uno creería haber entrado en el Templo de las Morsas o el Santuario del Sebo. No hay más que extranjeros, la mayoría con la piel entre un blanco lechoso y un rojo camarón (o en diversos momentos del proceso de camaronización), casi todos con carnes de sobra derramándoseles por encima del bañador o por debajo del biquini. Hay diversas formas: barrigas infladas, pieles llenas de pliegues como las de los sharpei, grasas ondulantes, vibrantes o bamboleantes como blandiblub… Ya de mañana unos cuantos sostienen vasos con contenidos de colores chillones y adornados con rodajas de limón o sombrillitas. La mayoría están tirados inmóviles en las tumbonas o en la orilla, como si una manada de manatíes albinos hubiera varado allí y se hubiera quedado petrificada. Las hamacas están vacías, spungo que por el esfuerzo que requeriría encaramarse a ellas. Las dos pistas de voley-playa, ni que decir tiene, también. Hemos venido a hacer fotos, pero entre las tumbonas de plástico blanco y la legión de gordos rojos nos estropean la imagen tropical. Bromeamos que tal vez piensen que el calor les derretirá la grasa. Entre las elegantes palmeras hay un cenador blanco adornado con vistosos ramos de flores de color fucsia. Están preparando una boda para la tarde. Nos vamos de allí, decidimos volver a nuestro mundo. Dejamos las cámaras en casa y vamos a “nuestra” playa a bañarnos un rato.
A la 1 hemos quedado para la comida. Marlay nos ha preparado un potaje de frijoles y “fufú”, unas bolas de masa de plátano muy curiosas. Le pregunto el nombre de su hijo (Yosías) y le comento que es muy original. “Es bíblico”, contesta. “¿No ha leído la Biblia?”. “No toda”, respondo. “Pues allí está todo”, dice, y empieza a hablar de la crisis económica, del agotamiento de las reservas de petróleo, de los ciclones y la sequía: “Todo eso son señales que anuncian el fin del mundo. Lo dice la Biblia.” “Ya…”, acierto a decir. “¿Quieren más café?” “Eh, sí, por favor.”
Después vamos a informarnos sobre las posibilidades de alquilar bicis o motos para explorar la zona. Bicis tienen un montón, pero son para los del all-inclusive, o sea, que van a seguir allí muertas de risa. Las motos cuestan 18 CUC por cuatro horas o 24 CUC por veinticuatro horas. Un poco caro, y, además… me da miedo conducir, y más siendo responsable de la seguridad de Agata. Ella tampoco quiere. Mientras nos planteamos qué hacer, echamos a andar, llegamos al final de la playa de Las Brisas y continuamos hacia el este, primero por una carretera desierta a lo largo de la cual sólo nos topamos con caballos sueltos, después por una playa larguísima e igualmente desierta, aunque no es de extrañar: la arena negra de puro sucia, basura, algas muertas, piedras… El agua llena de algas y de vegetación que sobresale como si fuera un bosque inundado a vista de pájaro. El único que se baña es un gran perro negro. A partir de la mitad de la playa, al mismo borde de ésta, empiezan las edificaciones: un restaurante vacío y varias casas de ladrillo sin revocar que, a pesar de no parecer terminadas, están habitadas. De una de ellas sale corriendo una señora con una langosta en la mano, nos la enseña y nos pregunta en inglés si nos gusta (la venta de langosta es ilegal en Cuba, a no ser que esté supervisada por el Estado). De otra nos llaman a gritos y una señora nos enseña desde lejos algo que cuelga de una cuerda, pero negamos con la cabeza. (A la vuelta un señor nos enseña dos caracolas enormes, del tamaño de mi cabeza, bueno, de la de Agata; le pregunto: “¿y yo qué voy a hacer con eso?”; y él: “de adorno, muy barato”). La playa por fin se termina y empieza un bosque de arbustos al principio del cual hay tirada una cabeza de caballo y restos del cuello. Al lado pacen una yegua y un potro, los rodeamos con cuidado, por si acaso. Seguimos andando, bajo el sol ardiente, por un camino de piedras entre arbustos. A la izquierda de vez en cuando divisamos el mar, pero no se ve ninguna playa. De repente, las piedras por las que caminamos cambian. Ya no vamos por tierra con pedruscos, sino que ahora bajo nuestros pies sólo hay piedras blancas, porosas, relativamente ligeras, con formas extrañas, con líneas y surcos, el suelo cruje bajo nuestros pies, algunas piedras parecen cerebros en minatura, otras podrían ser otros órganos humanos o animales petrificados, como si atravesáramos una especie de cementerio. Es todo bastante surrealista. Al fijarnos, parecen corales, pero ¿tan lejos de la costa? ¿Cómo habrían llegado hasta allí?
Por fin divisamos una pequeña playa, nos desviamos del cementerio y ahora caminamos por roca negra y picuda que, por su parecido con el malpaís canario, yo juraría que es volcánica. Cuesta caminar por ella en chanclas, y más vale que no se nos salgan o nos caigamos, porque aquello corta sin piedad. Un saltito y estamos en una calita de diez metros de anchura, no más, sin ninguna huella de presencia humana, aunque a unos metros de la orilla sobresalen del agua dos palos que probablemente sujeten una red de pesca, a no ser que indiquen algo. Entre la roca negra, cientos de caracolillos de colores diversos. El agua es tan transparente que se ve perfectamente cuando meas. Sí, ¿qué pasa? Nos bañamos y tomamos el sol desnudos. Depués emprendemos la vuelta, contentos de que llegar a esta playita cueste el esfuerzo justo como para que a ninguna de las morsas le queden ganas de intentarlo.
Volvemos andando hasta nuestra playa, donde, aparte de las parejas habituales de guiri viejo y barrigón con cubana más joven, pero también entrada en años y en carnes, vemos a un extranjero súper viejo y súper feo con dos negritas jóvenes, bastante impresionantes ambas. Debe de tener más pasta que los otros.
Ya en casa nos duchamos. Agata lee, yo escribo, y a las 8 vamos a cenar. Marlay nos cuenta que aquella playa tan grande la destruyó el ciclón (se refiere al Ike, en 2008, hace casi tres años), arrastrando hasta la costa gran parte del arrecife de coral, que casi se cargó; razón por la cual un buen tramo del camino, a pesar de hallarse alejado de la orilla (a unos 30 metros), está cubierto de corales que, de tan calcinados por el sol, parecen fósiles.
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