23/7/12

31. Trinidad


A las siete de la mañana llegamos a Trinidad. Al bajar del bus se nos viene encima una avalancha de gente ofreciendo habitación. Cuesta librarse de ellos, algunos nos van siguiendo por la calle. Les damos esquinazo, preguntamos en un par de sitios y al final, por nuestra cuenta, encontramos la casa de Marisol y Pepe (c/. Pablo Richs Girón, 251), por 12 CUC. El único problema es que la ducha se avería cada dos por tres y tenemos que bajar a ducharnos al piso de abajo. Pero en la azotea hay una terraza con unas vistas preciosas a las callejuelas empedradas del centro histórico y, al fondo, las montañas: verdes a pleno sol, violáceas al anochecer.
Salimos de paseo, la ciudad es bonita y por las calles empedradas del centro histórico apenas si circulan vehículos con motor. Es, sin duda, uno de los lugares más evidentemente bonitos que hemos visto en Cuba, lo cual, unido a su fácil accesibilidad, hace que esté llena de turistas con cámaras y sombreros. Mucha gente se acerca a pedirte cosas tan peregrinas como dinero para comprar cuerdas de guitarra (le pregunto por la marca, a ver si el pretexto es real; “Gato Negro”, me dice, ¡pero si son pésimas!). En varias esquinas hay tipos con gallos en la cabeza y puros en la boca, a ver si alguien quiere hacerles una foto (no seré yo) y pagarles por posar. Es una visión ridícula. Paseamos al sol, nos alejamos un poco de la zona más turística, nos perdemos y conocemos a Francisco Benavente, sobrino, según dice, de Jacinto Benavente, al que le gustan los puros y me huelo que también el ron; y a un limpiabotas de sonrisa beatífica; y a otro señor con una gorra; y todos quieren retratos y tengo que montar el fotomatón en una esquina.
Nos tomamos unas pizzas, descubrimos un rico refresco casero de tamarindo en una “ventanita” cerca de la plaza mayor, esquivamos un montón de ofertas estúpidas y peticiones injustificadas, vemos (desde fuera) decenas de tiendas con souvenirs absurdos como figuras de madera fumando puros, fotos malísimas y cuadros de lo más hortera (entre los hits del día incluiría el careto de Compay Segundo a tamaño natural, justo lo que colgaría en mi salón; o el Che Guevara sobre fondos de diferentes colores, como la Marilyn de Warhol). Descubrimos también la Casa de la Música, donde Lidia nos informa de que mañana por la mañana tiene ensayo un grupo afrocubano. Cerca de unos soportales se nos acerca una señora y nos enseña lo que lleva en la mano: “¡Mira!”. Sí, una moneda de tres pesos con la efigie del Che. “Se la vendo”. ¿Qué? “Sí, por 1 CUC”. Pero, vamos a ver, señora, ¿cómo me va a vender una moneda que es de curso legal? “Pues los turistas la compran”. Eso demuestra que los turistas son gilipollas, pagando 25 pesos (1 CUC) por 3, y esta señora ha inventado el negocio del siglo: vender por ocho veces su valor algo que se puede obtener gratis, con sólo cambiar dinero en la CADECA o recibir el cambio en el mercado. Voy a pensar en vender las tres que tengo, y de paso los dos billetes, también de tres pesos, también con la cabeza barbuda y emboinada.
Cenamos en casa (¡muchísima comida!) mientras vemos la espectacular puesta de sol que se desarrolla tras las montañas: naranja, violeta, rosa… Por la noche nos acercamos al Palenque de los Congos Reales a ver precisamente un espectáculo de bailes afrocubanos y hacer fotos. El grupo no es malo, pero está todo demasiado simplificado y adaptado para los turistas (me gustó mucho más el ensayo de Onú Ilé en Baracoa, sin disfraces de colores). La cerveza cuesta 1’50 CUC. Mientras tanto, en la plaza de al lado, al subir la escalinata, hay un grupo salsero y, ante el escenario, un montón de rubias acaloradas practicando lo que han aprendido en sus clases de salsa, se les ve felices, sus cabelleras amarillas y sus caras rojas relucen, mientras que la piel de sus compañeros de baile absorbe la luz. Van casi todos de blanco. A las mesas, más guiris peripuestos. En la escalinata, más extranjeros, un poco al margen. Hacemos una apuesta Agata y yo: ¿cuántas veces tendremos que decir “no”? Ella cree que seis, yo que ocho o más. Gano yo: “Amigo, ¿una mesa? Amigo, ¿algo para comer? Amigo, ¿una cerveza?”…
Nos retiramos sobre las 11.

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