La puesta de sol no era casual. A las 2 de la mañana nos despierta un estruendo que entra por las ventanas abiertas y hace retumbar todo. Luego otro. Hay tormenta. La lluvia tan esperada durante las últimas semanas, tantas veces presagiada y al final un fiasco, ha hecho por fin su aparición y parece que con ganas de recuperar el tiempo perdido. Como las ventanas no tienen cristales, oímos como si lloviera al lado de la cama. Bueno, es que de hecho es así. Los truenos son potentísimos y dan miedo. Los relámpagos los veo aun con los ojos cerrados. Empiezo a contar los segundos que pasan entre el relámpago y el trueno. Ocho. Ahora también, ocho. Luego diez. Once. Doce. La tormenta se aleja, así que nos tranquilizamos y logramos dormirnos.
Cuando nos levantamos hace un día precioso, aunque la tormenta ha dejado charcos y barro por todas partes… y nuestra ropa, a pesar de que estaba tendida a cubierto, mojada.
Desayunamos, hacemos cuentas con Marlay (que nos sorprenderá cobrándonos de más por la limpieza de la habitación –sí, nos preguntó un día si queríamos que nos limpiaran la habitación, pero no dijo nada de pagar por ello– y por los desayunos –pues hemos tomado mucho yogur y la leche para hacerlo es muy cara–) y nos vamos en busca de algún medio de transporte para Holguín. En la parada nos espera un camión amarillo, donde todo (agujeros recortados en la chapa, bancos, barras) parece haber sido hecho a base de soldador. Hay que tener cuidado para no cortarse con los bordes mal lijados de los bancos. Nos cobran 15 $ por persona. A mitad de camino hay un puesto de control, sube un policía y, al vernos a Agata y a mí, sin intercambiar siquiera una palabra con nosotros, empieza a decirle al cobrador (que no parece ni inmutarse) que no tiene licencia para transportar extranjeros, a lo que éste responde que hemos pagado en moneda nacional y que, como le hemos hablado en español, él ni sabía que éramos extranjeros, argumentos que no convencen al policía, que manda bajar al conductor con la documentación y les oímos discutir un rato, mientras los pasajeros comentan que, básicamente, la situación les parece absurda. La viejita que va sentada a mi lado, sin dejarme oír bien lo que pasa abajo, de repente empieza a contarme que está haciéndose los papeles para irse a España, porque tiene una hija allí, pero España está muy mal, muy mal, porque lo han dicho por la tele (por cierto, que esto lo he oído ya tantas veces que, aunque sea en gran parte verdad, empiezo a pensar que el régimen lo explota a todas horas para hacer publicidad negativa del mundo capitalista con el que tantos cubanos sueñan; de hecho, hace unos días vimos un billboard que decía algo sobre “la crisis mundial capitalista”).
Continuamos el camino y a la hora de viaje, más o menos, llegamos a Holguín. Al bajar hablamos con el cobrador y el conductor diciéndoles que lamentamos lo ocurrido, a lo que ellos responden que no nos preocupemos, que conocen la ley, que ésta está a su favor y que el poli estaba equivocado; que si nos hubieran hecho bajar en aquel sitio y nosotros nos hubiéramos quejado (no sé a quién), el tipo habría perdido su trabajo.
Esa respuesta nos deja más tranquilos, porque pensábamos coger unos cuantos camiones más hoy mismo. Para encontrar el siguiente tenemos que cruzar una gran avenida. A tal fin hay un paso subterráneo señalado en grandes caracteres cirílicos: “Переход”. Al bajar las escaleras hay un letrero pequeñito que dice: “Pirijod”. No me lo puedo creer. ¿Qué sentido tiene que haya una transliteración al español de una palabra rusa que, o eso creo, raro será el cubano que entienda? ¿Pensarán que es el nombre del paso? De cualquier manera está totalmente inundado, así que tenemos que cruzar por arriba, a las bravas.
Al otro lado hay un montón de camiones y camionetas. Unos tipos que primero querían ofrecernos un taxi nos explican cuál es la ruta que tenemos que seguir para llegar a Guantánamo: primero un camión hasta “Caballería” o “Caballerías” (que no sabemos si es otra parada, otra población o qué) y desde allí otro. Enseguida encontramos el que va hacia Caballerías y subimos a él ante los ojos de dos policías que no ponen ninguna pega. El camión se llena pronto, los dos policías suben, son parte del pasaje. Pagamos 10 $ por persona y el camión arranca, traqueteando inmisericordemente durante algo más de una hora. Llegamos por fin al lugar llamado Caballería, un cruce en medio de la nada (antes de llegar a Cueto). No se ven más construcciones que unas cuantas barracas: una con pizza y otra con guarapo que probamos inmediatamente (antes de que me dé tiempo a fijarme en la dudosa higiene y el sospechoso hielo), pues ya llevamos días con el mono, desde Las Tunas (tanto en Gibara como en Guardalavaca o no había caña, o no había electricidad, o la máquina se había averiado). Mucho barro. Y bastante gente esperando. Un tío nos ofrece alquilarnos el camión entero por sólo 10 CUC y salir inmediatamente. Enfrente hay otro camión, cobran 15 $ y está a punto de salir hacia Santiago. Tomamos una decisión rápida: Santiago está de camino a Guantánamo y, aunque habíamos pensado dejarlo para la vuelta, en realidad es más conveniente hacerlo ahora. Entre el pasaje van un policía, un militar y otra tía con un uniforme de ese estilo, y a ninguno parece importarle si viajan extranjeros o no, así que dejamos de preocuparnos. Va también un tío de cuarenta y pico años que se parece a Eddy Murphy, con bigote, pero con la cabeza más alargada, tiene el pelo ondulado como un sembrado y cortado como un casco o, mejor, un gorro de nadador, gesto serio y una musculatura impresionante, así que no nos reímos de él. En una de las primeras paradas sube un tío con un saco de arpillera que se mueve, y se sienta justo enfrente de nosotros. De repente empieza a oler mal. El camión arranca y el rugido del motor no deja oír nada, le pregunto al hombre del saco qué lleva allí, me lo tiene que repetir varias veces, hasta que al final el motor se relaja un poco y me llegan al mismo tiempo la respuesta del tío (“un macho”) y unos ruidos inconfundibles. El cerdo está inquieto (como cualquiera que se encontrara dentro de un saco, me imagino) y no para de agitarse, sacudirse y revolverse, de gruñir y chillar. Los chillidos de un cerdo están entre los sonidos más desagradables que conozco. Todo el camión apesta a estiércol. Al cabo de un rato el cerdito parece relajarse, a través del saco me parece adivinar cómo apoya el hocico en el zapato del dueño. Enseguida vemos un reguero de líquido saliendo del saco y extendiéndose por el suelo del camión. Por suerte el olor no aumenta (sería difícil de superar). Apartamos las mochilas. El hombre se traslada de sitio y se aleja un poco de nosotros, lo que renueva los berridos del bicho. Agata y yo, intentando no hacer caso, hacemos un concurso de capitales. Empiezo con Bolivia, contraataca con Azerbaiyán, seguimos con Canadá, Australia, Birmania (ésta la pregunto yo, pero se me ha olvidado la respuesta), Vietnam, Laos, Mongolia, Tanzania, Angola, Pakistán… a ver quién es el guapo que se las sabe todas. Hora y pico después llegamos a Santiago.
Al lado de donde nos deja el camión hay una gasolinera en la que vemos una cafetería. Dado que hasta ahora el letrero “cafetería” sólo lo habíamos visto en las rejas a través de las cuales, desde el salón o el vestíbulo de alguna casa, venden café en un termo, mantecados y batidos, decidimos darnos el lujo y tomarnos, al nada módico precio de 0’25 CUC, sendos cafés (marca “Cubita”). Están tan buenos que yo repito (por suerte no tienen efectos secundarios, pues allí habría sido un problema). Aprovechamos para mojar las madalenas que nos quedan de las que le compramos a Mario “El Chispa” (que no hacía honor a su apodo) en Guardalavaca. Le preguntamos a la señora cómo se llama el sitio donde estamos (“Creo que Avenida Libertadores”) y cómo llegar al centro (“¿A pie y con este calor? ¡Si eso está muy lejos!”, “¿A cuántos quilómetros?”, “No sé, pero muy lejos”).
Salimos a buscar algún transporte, rechazando a varios ofrecedores de taxi. El conductor de un bus urbano (¡sí, hay autobuses normales!) nos dice que él no va hacia allí, pero que está muy cerca, que se puede ir andando perfectamente (y eso que nos ve cargados). Decidimos hacerle caso, aunque el camino empieza cuesta arriba, pero en cosa de veinte minutos estamos en algo que tiene pinta de centro. Vemos un símbolo de “arrendador divisa”, llamamos, nos abre una señora con el pelo decolorado y muy sonriente, enseguida baja de 20 a 15 CUC y todos contentos. Tenemos que darnos una ducha antes de salir.
Lo primero es comprar algo de beber. En una tienda vemos Tropicola y hay que comprarla: en el resto de la isla sólo la hemos visto una vez, a pesar de que es mucho mejor que la omnipresente y mediocre Tukola (tiene un toquecillo a limón que me recuerda un poco a la Kofola checa y eslovaca)… y mucho más barata que la Coca-Cola (0’50 CUC vs. 1’15 CUC aproximadamente). Luego vamos caminando en dirección al famoso Parque Céspedes. En una librería donde todas las superficies (techo, paredes, estantes, mesa) están cubiertas de recortes de periódicos hojeo antiguos manuales para apreder ruso, mientras tres vejetes sentados al fondo nos amenizan la visita con música, ignoro por qué razón. Llegamos por fin al Parque, que resulta ser una plaza. En uno de los lados está el Hotel Grande con su terraza y, en el piso de abajo, tiendas de souvenirs. En otro de los lados la catedral y, debajo… ¡tiendas de souvenirs! Delante de la catedral y en otro de los lados, taxistas que te llaman a silbidos aunque estés al otro lado de la plaza y pasando manifiestamente de ellos. En la propia plazuela, árboles; músicos que sólo se animan a tocar un poco los bongoes cuando juzgan que te encuentras en el radio de alcance de su sonido; mendigos y pedigüeños; y alguna que otra evidente jinetera.
Cogemos cualquier calle y echamos a andar. Doblamos por otra que sube, y luego por otra que se dirige hacia el mar, aunque después cambiamos de idea y tiramos por otra que tiene unas escaleras al fondo. Un tipo con pelo afro y botas de cowboy con cadenas doradas se pone a nuestra altura y empieza: “Hola, amigo, ¿de dónde son?, ¿de España?, ¿de qué parte?, ¿pero por qué no quieren hablar?, los españoles no quieren hablar con los cubanos, pero eso es injusto, no todo el mundo es igual, no son todos jineteros, yo sólo quiero conversar con ustedes, porque lo importante es la comunicación, pero ya veo que andan ustedes mosqueados, ¿no quieren conversar un rato?, les puedo llevar a una paladar…”.
Le damos esquinazo. En una casa (en cuya puerta pone “Sólo Cristo salva”) hay un letrero: “Hay pru frío”. Llevábamos tiempo sin verlo. Nos tomamos dos, mientras la viejita nos enumera las virtudes del brebaje, al que le falta poco para ser la panacea.
Subimos las escaleras, bajamos por otra calle, hablamos con unas señoras, nos metemos por un barrio que parece bastante pobre, por momentos casi favelario, supongo que si fuera de noche me habría dado miedo ir por ahí. Se llama El Tivolí. Delante de las casas hay gente sentada, chicos sin camiseta con unos cuerpos espectaculares, peinados afro, niños jugando, mucho calor. Todo el barrio está sin luz. La ciudad está llena de colinas (“lomas”) y, consecuentemente, de cuestas. Desde arriba de una calle ves cómo baja para después volver a subir. Hacia uno de los lados se divisan las montañas y, tras ellas, nubes blancas como coliflores apiladas. Hacia otro, un brazo de mar. Lo poco que he visto de Santiago me está gustando mucho más que lo que vi de La Habana.
Mientras estamos parados en medio de una de las calles planteándonos si sacar o no por fin las cámaras, pasan dos hombres transportando el somier más hecho polvo que he visto en mi vida. Se detienen a nuestro lado y, no sé cómo, empezamos a bromear, hablamos, uno de ellos aprovecha la pausa para desaparecer, mientras el otro, que tiene rasgos aindiados (aunque después nos enteraremos de que es hijo de mulata y “gallego”), una cabellera larga y rala y un tatuaje naranja con forma de escorpión en el pecho sobresaliendo por debajo de la camiseta, se queda charlando con nosotros. Se llama Leonardo, aunque le llaman Tuti. Dice que Cuba es “la cárcel más grande del mundo”. Me pregunta de dónde es Agata. Le pregunto por qué no puede hablar él directamente con ella, a lo que me contesta: “porque es su esposa”. Al parecer, en Cuba uno no puede dirigirse a la mujer de otro si no quiere que haya problemas por celos. Le explicamos que en Europa no es así y que esa actitud más bien nos parece una falta de respeto. Con un poco de práctica conseguimos tener una interacción cada vez más normal. Al cabo de un rato de charla encasqueta el somier a otro, que se queda en la misma esquina sujetándolo, y nos lleva a su casa, donde seguimos la conversación. Nos enseña la caja de porespán forrado de celofán rojo con pegatinas donde lleva los “bocaditos” de helado que vende en la calle (hoy no, ya que por la falta de corriente los helados se habrían derretido). Nos cuenta que su madre murió anteayer de cáncer de páncreas, está a punto de echarse a llorar, nos preparamos para consolarle, pero prefiere cambiar de tema: ¿qué nos parece Cuba? Nos enseña también el altar que tiene, en una esquina, dedicado a Eleguá: no debería abrirlo hoy, pero lo hace para nosotros. En la puerta interior hay pegada una vieja carta de amor escrita a máquina y manchada por el tiempo y la humedad. Me deja leerla toda. Dice que, cuando cierra la puertecita del altar, “el niño” también la lee, como si estuviera dedicada a él. Empezamos a hablar de la Santería, dice que el que en realidad sabe mucho, porque se dedica a eso, es su hermano, y que es una pena que no tengamos más tiempo, porque nos llevaría a hablar con él. Nosotros nos miramos y no hace falta más. Claro que tenemos tiempo. Así que allá vamos, cruzando a pie media ciudad, para ver a un tipo que no conocemos, que no sabemos si querrá recibirnos, explicarnos, darnos consejo… o cobrarnos por ello. Leonardo nos explica que es mucha la gente que acude a consultar a su hermano, que es un santero muy bueno y que ha ayudado a mucha gente. Atravesamos calles pintorescamente auténticas a las que probablemente nunca habríamos llegado solos. Nos metemos en un callejón de medio metro de anchura (donde, aun así, la gente se las apaña para estar plantada en el medio, charlando) y llamamos a la puerta de una casa que por fuera no se diferencia en nada de las otras. Por dentro estoy seguro de que sí. Nos abre la puerta un chico enanito sin camiseta. Es Alexánder. Luego aparece César, el hermano: es enorme, gordísimo, lleva una camiseta rosa con algo de Juan Pablo II escrito en el pecho y las mangas recortadas de raíz, y es muy amanerado. Al principio nos da una impresión un poco rara, incluso de altivez, pero a medida que la situación se va relajando (y que empieza a entender por qué hemos aparecido allí) y nos va contando cosas, todo se vuelve más ameno e interesante. César nos cuenta cosas sobre la Santería, cosas que me recuerdan mucho a lo poco que vi en Brasil de la Umbanda y el Candomblé (al fin y al cabo las tres religiones comparten el origen africano, yoruba, y el sincretismo con la imaginería cristiana) y que, según Agata, tan inteligente y tan racional, no mantienen una coherencia lógica. Sin embargo, no dejan de ser fascinantes. Y más teniendo en cuenta que estamos sentados junto a un gran altar donde hay un montón de figuras de porcelana o de otros materiales, como las de los belenes, que, bajo la apariencia de santos del catolicismo, representan a diversos orishas: Santa Bárbara, por ejemplo, es Changó; San Lázaro es otro orisha que no recuerdo; la Virgen de la Regla, otro; etc. Cada uno tiene su leyenda, sus poderes, sus colores. César nos cuenta la interesante historia de Changó, que se representa con Santa Bárbara, pues para colarse en una reunión a la que Ogún no le dejaba pasar, se disfrazó de mujer, por lo que hoy en día es hombre durante la mitad del tiempo y mujer durante la otra mitad. Junto a cada figura hay ofrendas: agua, comida, ron, tabaco, todo lo que los orishas pueden necesitar para sentirse a gusto. César nos habla de orishas, de espíritus, de ceremonias como el “rayado” (durante la cual, para purificarle, al adepto de practican varios cortes –por ejemplo con machete, con cuchilla… o con espuela de gallo– en los brazos, en la cabeza, en la nuca y en la planta de los pies, para seguidamente lavarlos con aguardiente) o el “santo” (donde la persona iniciada pasa diez días confinada en una habitación a la que le pasan la comida y el agua por debajo de la puerta, para al cabo de este tiempo degollar un chivo y regar al adepto con la sangre de éste)… A la derecha de la mesa y la estantería que forman el altar está, ataviada de rojo, una gran figura de Santa Bárbara, con la cara que parece hecha de cera y unos inquietantes ojos verdes de plástico. A la izquierda está “el muerto”. Es una figura de color negro de más de un metro de altura, vestida de blanco. Tiene collares de colores y, en la boca, la colilla de un puro. En vida fue un haitiano al que le gustaba fumar y beber, se llamaba Benito. Y ahora a veces “desciende” y se encarna en César para ayudar a la gente. Benito le presta su sabiduría y resuelve los problemas de las personas que acuden a César. Cada persona tiene un espíritu que le acompaña y le protege desde su nacimiento (a no ser que no lo cuide y éste decida marcharse en busca de un compañero mejor). Algunas personas tienen varios. César es consciente de la compañía de Benito desde que cumplió los cuatro años.
Agata y yo hemos leído bastante últimamente sobre magos y adivinos (coincide que para el viaje nos hemos traído estas lecturas: Powiedział mi wróżbita, de Tiziano Terzani, y Samsara, de Tomasz Mickiewicz) y nos apetecería mucho (sobre todo a mí) saber lo que Benito podría decirnos, aunque nos tememos que haya que apoquinar por ello. Pero César, sin que lleguemos a proponérselo directamente, dice que ahora no está “recibiendo” porque no tiene espacio para ello. Nos quedamos con las ganas.
La conversación por fin toma otros derroteros y acabamos hablando, cómo no, de política y economía. Nos enseñan fotos. Hay un retrato viejísimo, en blanco y negro, de su madre, una mulata preciosa, de rasgos marcados, pero elegantes, nobles. Leonardo de nuevo casi se echa a llorar. Después vemos otras fotos, por ejemplo de una cueva donde César hacía antes sus ceremonias cuando vivía en otra parte de Cuba. Nos hablan también de los ñáñigos, una especie de secta que practica la magia negra y a la que se achacan desapariciones de niños (se supone que los sacrificarían en sus ceremonias), pero la policía los busca, porque, según dicen, en Cuba está prohibido raptar y matar niños. Leonardo, que está bebiendo ron todo el tiempo, se pone un poquito demasiado chistoso y los dos espectadores, Alexánder y un negro de pelo blanco, apenas intervienen. Son las 9 de la noche y llevamos casi todo el día sin beber ni comer nada, así que decidimos irnos. Nos hacemos unas fotos, cogemos las direcciones y salimos, acompañados por Leonardo, pues de otra forma no sé cómo habríamos llegado hasta el centro (aparte de que habríamos pasado un poquito de miedo por aquella zona ya de noche).
Nos sorprende la cantidad de gente que hay en las calles, muchos chicos sin camiseta. El barrio sigue sin luz, no funcionan ni siquiera los ventiladores y la gente ha salido a la calle con la intención de refrescarse, pero en vano. En la oscuridad apenas se intuyen las siuetas de los cuerpos semidesnudos, al pasar por su lado sientes a veces su calor, su olor, su sudor evaporándose, ves el brillo de las miradas que se clavan en ti, aquí y allá alguna conversación queda amortiguada por la noche, pero en general es todo como un videoclip silencioso, oscuro y lento, como un sueño tórrido.
Llegamos por fin a una avenida donde sí hay corriente. En una tienda compramos una Tropicola y una botella grande de agua. En un puesto, una ración de sardinas y otra de chicharritas (todo malísimo). En una “ventana con reja”, sendos vasos de delicioso batido de sapote, y uno más para compartir. Leonardo, siempre un paso por delante de nosotros, con la sonrisa cansada y ya sin muchas ganas de conversar, nos acompaña hasta el Parque Céspedes, que está tomado por una multitud entre la que abundan los hombres musculosos y las mujeres espectaculares, ambos sexos demuestran gran afición al color amarillo. Un grupo toca salsa o algo por el estilo. Nos despedimos de Leonardo. Y entonces pasa algo que nos deja bastante tristes. Leonardo dice que le hace falta algo para el ron. Yo pienso que al fin y al cabo podemos comprar una botella y tomárnosla juntos, pero él no necesita compartirla con nosotros, lo que quiere es el dinero. Le pregunto cuánto cuesta una botella, dice que unos dos CUC. Buscamos calderilla, pero no tenemos suficiente y me veo obligado a darle un billete de 5 CUC. Nos despedimos con abrazos y promesas, pero ya no sé hasta qué punto son sinceros, de cualquiera de las dos partes.
El ambiente del Parque no nos gusta mucho y estamos agotados, así que tiramos hacia casa. Al lado, la Plaza Marte también está de bote en bote, aunque aquí lo que priva es el reguetón. Parece que en esta ciudad les gusta enseñar todavía más cuerpo que en otras. Nos retiramos. Son las 10:15. Escribo en el diario, me ducho y a dormir. Agata ya hace tiempo que está roque.
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