3/7/12

16. Holguín


Diana a las 7. Salimos en busca del desayuno, pero no tenemos tanta suerte como en Camagüey y hemos de contentarnos con unos cuantos vasos de jugo de piña y un par de mantecados. Cuando llegamos a la Loma de la Cruz el sol ya está más alto de lo que nuestras intenciones fotográficas desearían. Empezamos la subida de los 480 escalones mal diseñados, irregulares y que obligan a levantar la pierna hasta que el muslo forma un ángulo de 90º con la pantorrilla. Tras nosotros, con paso decidido, zigzagueando en diagonal por los escalones, sube un negrito. Nos adelanta. Adoptamos su técnica. Nos comenta que se llama Neyuri, o Yumuri, o algo parecido, y que tuvo un accidente (nos muestra unas cicatrices en el cuero cabelludo), que lleva una placa de platino, que por eso tiene que entrenar todos los días subiendo las escaleras y que trabaja en la construcción y gana muy poco. Mientras, ya parados, conversamos, sube un tío con una gorra, una cámara con teleobjetivo y dos niños. Yarumi entonces se calla hasta que los otros nos han adelantado y luego, en voz baja, dice que el de la cámara es periodista y eso significa que es peligroso, porque escribe para (y aquí hace un gesto como de mesarse las barbas) y puede ser un confidente o algo.
Yureni se queda un poco antes del final. Nosotros llegamos, sudorosos, arriba, donde el fotógrafo y presunto confidente entabla conversación con nosotros y nos cuenta las tradiciones de la romería, cuando hay gente que sube hasta la cruz de rodillas, etc. Se llama Amauris, escribe libros y un blog sobre la región y hace fotos de eventos culturales. Escribe para los periódicos de la región y a veces le censuran los textos. Da clase de fotografía a estudiantes de periodismo que no disponen de cámaras. Critica el sistema tanto como otros, lo cual probablemente no sea más que una artimaña de espía. Como conoce la ciudad, le preguntamos por el transporte para Gibara. Refiriéndonos a las de autobús, le pregunto: “¿Y cuántas estaciones tienen aquí?”, a lo que me contesta:  “Se diferencian meramente por la lluvia”. Bajamos juntos las escaleras y al llegar abajo a todos (menos a los niños, que han bajado saltando) nos tiemblan las piernas del esfuerzo.
Volvemos a casa, estamos sin mucha energía, echamos una buena siesta y después salimos a comer una pizza y a ver si encontramos a un zapatero del que nos han hablado, para que cosa la mochila de Agata, que se está rompiendo. Por el camino, en una ventanita donde hay una señora muy maja y que debió de ser muy guapa, vemos que venden “prú” a 2 $ y, sin saber muy bien qué es, decidimos probarlo. Resulta ser una bebida hecha “de tres raíces” típicas del Oriente cubano, que se hierven y se dejan fermentar un día. Tiene gas, es refrescante y me recuerda un poco al ginger ale. Lo venden en botellitas con tapón de rosca que en tiempos debieron de contener algún otro refresco.
Llegamos a un barrio con pinta de extrarradio más bien chunguillo. Ante la “Unidad La Cubana” (tienda de artículos racionados) hay una bomba de gasolina antigua, totalmente oxidada, como de road movie sobre Nuevo México. Mientras hacemos un par de fotos, pasa un tío en bici, aminora y se pone a dar vueltas alrededor, gritando: “¿Se están burlando de nuestras bombas de gasolina? ¿De esta pobre, que no tiene ni padre ni madre? ¿Y luego van a enseñar eso en su país?”. Mientras la discusión toma cariz violento, un trío de vejetes que se ha parado a nuestro lado delibera y llega a la conclusión de que, efectivamente, el surtidor es feo (para nosotros, todo lo contrario), pero que en Cuba tenemos derecho a hacer fotos de lo que nos dé la gana.
Encontramos por fin el sitio que nos habían indicado. Al zapatero le lleva un ratazo entender lo que queremos y, sin echar siquiera un vistazo a la mochila, afirma que eso hay que hacerlo a máquina (discutible), que el operario de la máquina hoy no está y que él no sabe manejarla. Mientras intentamos que nos dé alguna solución, la clienta que está allí, y cuyo coeficiente intelectual parece superior al del zapatero, nos explica que el otro señor es muy religioso y que por eso hoy (sábado por la tarde) no trabaja. Volvemos al centro. Sin saber que hacer, vamos un rato a mirar internet (por segunda vez en los quince días que llevamos aquí: al fin y al cabo es una pérdida de tiempo y un desperdicio de dinero, pues cuesta 6 CUC la hora y va lentííísimo, aparte de que es una injusticia, pues sólo tienen acceso los extranjeros, previa exhibición de pasaporte). Luego, de puro aburrimiento, nos sentamos en un parque a comernos a medias otra pizza. Decidimos que ya está bien, que Cuba es aburridísima y que hay que escapar cuanto antes, mientras aún nos quedan vacaciones (es la SGC: la Segunda Gran Crisis, vamos a una por semana). Primero buscamos dónde comprar, por fin, agua, después vamos otra vez a internet e intentamos encontrar vuelos a donde sea, pero es todo carísimo, así que volvemos a nuestra casa a ver si todavía está allí el canadiense (de origen irlandés, como atestigua su barba pelirroja), Ron, que vuela mucho entre Holguín y Canadá. Está, y justo a punto de salir hacia el aeropuerto. No se le ocurre ofrecérnoslo (a pesar de mis 457 indirectas), pero acepta que nos acoplemos a su taxi. Por el camino mantenemos dos conversaciones paralelas: en inglés con Ron y en español con el conductor, Juanfra. (Qué bueno es saber lenguas y cuánto poder da en determinadas situaciones.) Ron ha estado ya como cuarenta veces en Cuba, treinta y cinco de las cuales en Holguín, porque tiene una novia que vive a hora y poco de allí (me pregunto por qué no se queda entonces con ella, pero tiempo después llegaré a saber que los extranjeros no pueden quedarse en casa de cubanos a no ser que éstos paguen la “patente” de alojar turistas, y no hay excepciones). Está aprendiendo español, ya sabe “un poquito” (y nada más). Por si fuera poco el asco que nos daría sólo con eso, añadiré que es gordo, tiene el pelo larguillo, ralo, seboso y engominado hacia atrás para camuflar la calva, una perilla que apenas oculta la piel descamada de puro grasa, las manos pegajosas y fuma sin parar, de modo que apesta a distancia. El taxista no comparte nuestro punto de vista y dice que le parece bien que a los extranjeros les cobren lo que les cobran “porque ganan en divisa”. Al llegar al aeropuerto Ron y Juanfra se despiden: “Bueno, Ron, nos vemos”. “No… November!”. Juanfra se ofrece a esperarnos, le respondemos que no se preocupe, que ya volvemos solos en guagua, pero no tiene un pelo de tonto, se da cuenta de lo que hay y dice “Bueno, como quieran, yo no pensaba cobrarles nada”. “Eeeh… ¿le importaría esperarnos cinco minutitos?”. En el aeropuerto nos informan de que el vuelo más barato es a Montreal, sale mañana y cuesta 350 dólares, sólo ida.
Por el camino de vuelta Juanfra nos cuenta que fue militar, que hasta hace poco ha tenido una casa de renta (de ahí conoce a Ron), pero que ha tenido que cerrar el negocio porque, desde que subieron los impuestos, no le compensaba; que le pagan de renta mil pesos y que con eso le llega de sobra; que si a veces se saca 30 CUC extra llevando a alguien en su Lada, bien; que si son 10, también; y si no saca nada tampoco le importa. Que por Cuba, descontando el alojamiento, se puede viajar muy barato (no entiende que comer como los cubanos, si no dispones de una cartilla con la que comprar los ingredientes racionados ni, en el caso de que los consiguieras de algún modo, de un lugar donde cocinarlos, se reduce a: pseudopizza, arroz, frijoles y cerdo refrito). Le parece bien que nos cobren en CUC como si fueran pesos. Dice que él, si alquila una casa particular por dos horas, tiene que pagar sesenta pesos, y que si nosotros por una noche pagamos 15 CUC, eso significa que por cuatro noches pagamos lo que él por dos horas. No entiendo su cuenta (ni por qué habría de alquilar una casa por dos horas, a no ser que sea…), pero acaba cayéndome bien y supongo que nosotros a él también, porque nos indica dónde vive y dice que “allí tenemos nuestra casa” (afirmación que interpreto más como un gesto de buena voluntad que como una oferta verdadera, ya que, según tengo entendido, los cubanos, aunque quisieran, no pueden alojar en su casa a ningún extranjero, ni aunque sea miembro de la familia, a no ser que dispongan de la patente como casa de alquiler en divisa).
De vuelta a la ciudad teneos que replantearnos nuestros planes. De Cuba no va a ser tan fácil escapar. Sin saber qué hacer, decidimos tomarnos otra pizza, esta vez, para variar, con tomate, lujo que no suele figurar en la oferta de los puestecitos de pizzas. Cuesta 7 $ y está muy buena. Volvemos a casa a coger el objetivo macro y ponemos rumbo otra vez hacia el surtidor de gasolina, que a estas horas nos imaginamos bañado por la luz dorada del atardecer.
Por el camino, intentamos cenar algo en un restaurante sin ventanas y con cortinas rojas en las paredes que tiene toda la pinta de transformarse en un casino ilegal por las noches. Tardan en atendernos, así que observamos a la fauna. Por suerte no tienen ninguna opción vegetariana y tenemos una buena excusa para levantarnos y marcharnos.
Más adelante les hago fotos a tres tíos que venden pizzas dentro de una barraca de chapa pintada de colores. Posan sonrientes, charlamos un rato, me dan ganas de quedar con ellos para tomar algo después, aunque sólo me doy cuenta más tarde.
Al llegar al surtidor, resulta que hemos calculado mal la trayectoria del sol y hay una luz pésima. Allí estamos, plantados delante y buscando encuadres, cuando llega un señor negro de ojos simpáticos, camisa de rayas verticales y gorra, y empieza a contarnos que la bomba es de 1952, que estuvo funcionando hasta hace un par de años, que todavía está en buen estado (aunque no lo parece), pero que el depósito (no de gasolina, sino de queroseno) “se ponchó, se desfondó como dicen ustedes”; que él vio cómo la ponían, porque, aunque no lo parezca, tiene muchos años; que antes conducía “rastras”, camiones grandes, por toda Cuba, pero que empezó a sentirse mal, no le encontraron nada, pensó que serían amebas, tomó nitronosequé, y un día, sentado ahí mismo, porque él vive en esa calle, le dio un infarto y se lo llevaron a Santiago, al centro de cardiología, donde tienen la tecnología más avanzada del mundo, y allí le hicieron una coronografía y le metieron un catéter por la ingle, y ahora está sanísimo; y nos cuenta la historia de la calle, y la de Cuba, que Batista llevaba un doble juego, siendo en teoría aliado de EE. UU. y hundiendo submarinos alemanes, pero en realidad aprovisionándolos de combustible, y Batista antes de meterse a dictador y corromperse fue yn buen gobernante, de hecho sus padres le pusieron de nombre Fulgencio por él. Fulgencio Ferrer. Y después nos dice que le encanta la historia y que lee mucho, y al enterarse de que Agata es polaca y, precisamente, licenciada en Historia, empieza a explicarnos cosas de la historia de Polonia, cada vez más fantásticas, hasta que acabamos enterándonos de que Jaruzelski (contrariamente a lo que siempre nos habían hecho pensar las fotos) tenía un solo ojo, porque perdió el otro luchando contra los alemanes ni más ni menos que en la Primera Guerra Mundial, a los que por fin expulsó de Polonia, pasando de camino por alguna razón por Rusia, en 1972. Después de más de una hora de alucinante desbarre histórico y disparatada conferencia, durante la que (apoyado en ese surtidor que podría perfectamente haber manejado con su camisa de rayas y su gorra) no nos dejó intercalar ni una palabra, llega otro señor, de sonrisa entre beatífica y cannábica, nos cuenta que su familia, de apellido Íñiguez, provenía de Galicia, y se va tal y como ha venido, momento que aprovechamos para decir que nos esperan para cenar.
Nadie nos espera, pero cenar sí que queremos. Volvemos al centro, en busca de un restaurante que nos han recomendado, el 1545 (no confundir con otro que se llama 1720). Preguntamos a una pareja, dicen que también van en aquella dirección, que conocen al encargado y que hoy mismo han almorzado allí garbanzos, al final deciden quedarse a tomar algo con nosotros. Se llaman Raynel (pero lo conocen por el apellido, Feria) y Yanelis. Por no liar mucho la cosa, ya que estamos acompañados y encima todos se conocen, me callo la boca cuando me dicen que no puedo entrar en pantalón corto, y voy a casa a cambiarme. Por suerte no está lejos. Agata y yo pedimos sendos cocidos y arroz (lo único que queda) y, para todos, cerveza. Tienen la marca “La Tínima”, que está bastante buena, y entra bien. Nos bajamos como ocho. Mientras tanto, Yanelis habla con Agata y Feria conmigo. No sé de qué hablarán ellas, aunque parecen divertirse. Tampoco sé muy bien de qué me habla él, porque no termina ninguna frase, sus pensamientos (por llamarlos de algún modo) quedan en suspenso, habla con tanta vehemencia como falta de coherencia y, por lo que arruga la frente y voltea los ojos, se ve que hilar las ideas le cuesta un gran esfuerzo (que, la verdad, valorando el resultado, se podría haber ahorrado). Me llama la atención que cuando quiere decir algo de Fidel, en vez de nombrarlo en voz baja, hace el famoso gesto de mesarse la barba, lo cual en un sitio público tan lleno de gente puede, en todo caso, producir el efecto contrario al deseado, pues, mientras que nadie de otras mesas oiría un susurro, todos pueden ver el reconocible gesto. Y, encima, no para de pedir cervezas. Sin que tengamos que insistir mucho, se dejan invitar. Luego afirman que es una pena que nos vayamos mañana, porque podríamos pasar el día juntos, nos enseñarían la ciudad, que es apasionante, y podríamos comer algo en casa de ella, ya que él cocina muy bien (ah, él tiene hijos y tal, pero lleva nueve meses con Yanelis y están muy bien juntos), así que podemos dar una vuelta ahora. Total, que salimos del restaurante y Feria, sonriente, nos enseña los sitios que ya hemos visto mil veces. Yo me sacrifico y le sigo la corriente, porque veo que Agata está a gusto hablando con Yanelis, que es como ochenta veces más inteligente que su pareja, tirando por lo bajo. En un momento dado, le pregunto a Feria qué deporte practica, porque se ve que está fuerte. El halago le gusta, porque llama a gritos a Yanelis y repite como siete veces que yo he dicho que está fuerte. Luego nos llevan a la Casa de la Trova o algo así, donde un dúo más o menos humorístico versionea el “Dragostea din tei”, los cubanos sentados a las mesas se ríen, pero a nosotros nos faltan claves (o sentido del humor). Cuando acaba el show, Feria está tan borracho que apenas se tiene en pie (lleva bebiendo desde ayer, que fue su cumpleaños), pero decide demostrar lo buen bailarín que es y obliga a levantarse a Yanelis, que maldita la gana que tiene, la zarandea y revoltea un rato, sin dejar de sonreír y de mirarnos, a ver si nos está gustando el espectáculo. Luego nos da su teléfono y me hace prometerle que le llamaré una vez por semana por lo menos, porque para él es muy importante la comunicación. Entretanto, cada vez se pone más insoportable. Agata está a punto de escupirle o algo y Yanelis lo nota, pero es que el tipo, a pesar de que lleva toda la noche hablando en español también con Agata, cada treinta segundos le pregunta si le entiende. Es evidente que Agata no entiende nada, pero es igual de evidente que la culpa no es de ella, pues yo tampoco entiendo nada. Por fin nos libramos de ellos (con cierta pena, porque la chica era maja) y, agotados, nos retiramos.

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