10/7/12

24. Santiago de Cuba


Al desayuno nos traen una mantequilla que llevaba casi tres semanas (desde el cumpleaños de Agata) caducada. Glenda nos pide perdón, explicando que en Cuba uno no se puede fiar ni de lo que compra en las tiendas. La mantequilla, por cierto, es un producto de lujo que se compra en las tiendas de divisa. Pero ella muchas veces la obtiene a menor precio a través de los “intermediarios” que la sisan de los hoteles. Luego vamos a la barbería que hay al lado de casa. Según el horario que se ve en la puerta, a pesar de ser domingo debería estar abierta, pero no lo está. Esperamos un poco y llega el barbero, que estaba tomando un café. Me pasa la maquinilla por 25 $.
Son sólo las 9:30, pero hace calor. Vamos a comprar agua. En la tienda varios tíos toman cerveza con la camiseta subida hasta la altura del esternón, aireando la barriga. Vamos dando un paseo. Entramos en la librería donde ayer había unos músicos tocando sin muchas ganas, porque Agata, que lee súper rápido, ya se ha acabado todos los libros que hemos traído. Ahora quiere leer algo en español. Hojeamos un par de libros. Son todos viejos, están deteriorados, sucios, marcados, firmados, subrayados, con las esquinas dobladas (dice el dueño que él mismo ha marcado sus pasajes favoritos), pero están a buen precio. Ya estamos a punto de llevarnos uno cuando vemos a una familia catalana pagar en convertibles: ¡los libros cuestan 25 veces más de lo que pensábamos! Lo dejamos donde estaba y nos dirigimos a la salida. “¿No se llevan nada?”. “No, es que son muy carios”, digo, a ver si los catalanes lo pillan, pero ellos están tan contentos. Al fin y al cabo, eso es lo importante. Pero, joder, ¡¿20 CUC por un libro de bolsillo usado y, encima, subrayado y doblado por el propio librero?!
Vamos a investigar el alquiler de coches, pues sería bueno poder llegar de Santiago a Baracoa en coche y usarlo un par de días para circular por la zona; o cogerlo en Baracoa, usarlo por allí y después tirar hacia Trinidad. Nos apetece disfrutar un poco de la libertad que da tener coche, parar en lugares pequeños donde no hay alojamiento para turistas, descubrir calitas, qué sé yo. Nos han dicho que hay una oficina de alquiler cerca del hotel Meliá Santiago. Para llegar hasta allí bajamos toda una avenida en la que han puesto tenderetes con comida. Todavía se están preparando para la noche, pero ya están asando cerdos enteros ensartados en un palo, dándoles vueltas sobre una especie de pesebres metálicos llenos de carbón ardiendo. Al final de la calle nos tomamos sendos ricos batidos de zapote (allí es donde descubrimos que no se escribe con ese), fruta que hemos conocido al pasar al llamado Oriente de la isla, pues en la mitad occidental no se da.
Llegamos por fin a uno de los puestos de alquiler. A la puerta hay un tío y una tía sentados. El tío se levanta y, con mal acento, dice: “Hello, sir, what are you looking for?” o algo así, a lo que yo le contesto en español. Él sigue en inglés, y así como cuatro veces más, Agata y yo nos miramos alucinados, hasta que Agata le pregunta si es que no habla español. Nos ofrece un coche “más barato que la oficina”. Pasamos de él. En la oficina no tienen nada para alquilar y nos mandan a otro lado. Preguntamos el precio para orientarnos. Es caro. Al salir, el tipo anglohablante insiste, le preguntamos quién alquila el coche, por cuánto y dónde está la agencia, pero no le dejamos que nos acompañe, más que nada por lo de las comisiones.
En las inmediaciones hay tres agencias más. Todas, a pesar de ser domingo, según el horario de la puerta deberían estar abiertas, pero parece que en dos de ellas han salido a almorzar. Preguntamos en la única que está abierta, Cubacar: el precio es relativamente aceptable (65 CUC por día), pero nos cobrarían un recargo de casi 40 CUC  por devolverlo en Trinidad. En Autos Rex y en Transgaviota aún no han vuelto. El aparcacoches de Rex nos sugiere que vayamos a tomar algo en la terraza de al lado. Hartos de esperar, entramos allí, e inmediatamente de una de las mesas empiezan a gritarnos “Hello, my friend”, y de otra se levanta un tío a decirnos que tiene buena música cubana para vender. El café cuesta 0’50 CUC (en la gasolinera, 0’25 CUC; en la calle, 1 $ más o menos, es decir, cincuenta veces menos), así que nos piramos. Allí no hay más que jineteros/as. Nos sentamos en el bordillo, un poli no nos quita ojo de encima, y es que debe de ser realmente sospechoso, en aquella zona de hoteles, ver a dos guiris sentados en la acera a pleno sol. Damos una vuelta por el barrio. Volvemos. Aún no han abierto. El aparcacoches y el limpiacoches se pasan como veinte minutos discutiendo sobre lo que, según ellos, deberíamos hacer, si esperar, si llamar, si probar en otro sitio, y están tan interesados en el debate (mucho más que nosotros) que no hay cómo intervenir. Discuten, se pelean, y al mismo tiempo nos cuentan su vida. El aparcacoches fue boxeador (nos enseña los dientes rotos, las cicatrices en las cejas, la nariz que parece de goma), pero no se le daba muy bien y lo dejó. Ahora, a sus 68 años, está trabajando de eso para tener qué comer. El otro fue taxista. La escena tiene cierta gracia, pero no estamos de humor. Por fin llega el encargado, en coche. Le decimos que llevamos más de hora y media esperando en un horario en el que debería estar abierto y que podría como mínimo haber puesto un letrero. El tipo ni nos pide disculpas. En Rex no nos cobran recargo por devolver el coche en otro sitio, pero el precio por día es demasiado elevado: 85 CUC por un Seat Arosa. En Transgaviota también acaban de abrir. Cobran menos que en los otros, 55 CUC por día o así, pero no tienen nada allí, y el recargo por devolver en otro sitio es muy alto y, encima, el seguro sólo cubre daños a terceros y con una franquicia. Total, que volvemos al primero, a Cubatur, y le pedimos que nos reserve un coche en Guantánamo o en Baracoa. El bigotón, que está viendo la liga americana de béisbol, sin apartar la vista de la tele dice que no pueden reservar desde otra oficina, que no tiene ni idea de lo que tendrán allí y que haberlo reservado por internet.
Decidimos olvidarnos de lo de alquilar un coche: que se metan su estúpido sistema donde les quepa y que timen a los ricos. Cogemos una guagua urbana hasta la Plaza Marte, donde estamos alojados, por 1 $.
Encontramos un mercado de fruta. En la pizarra donde pone las existencias del día entendemos menos de la mitad de los productos. El resto: “ñame colorado (caballo)”, “malanga xhantosoma” (como dicen unas clientas: “santomosa”), “cañandonga”, “salsa especial”… La cola de siete u ocho personas que nos preceden (y enseguida acuden otras tantas detrás) da para veinte minutos, durante los cuales tenemos la suerte de poder escuchar la radio, que está puesta tan alta que distorsiona, y las conversaciones entre vendedor y clientes duran más porque no se entienden. Primero narran la biografía de un compositor. Después suena una canción de Shakira. Después, un locutor parodiando el acento español. Después, un programa que empieza con una voz que me recuerda a la de Los Luthiers cuando presentan a Mastropiero, y que dice: “Desde las profundidades del tiempo surge la espiral del recuerdo…”. Por suerte el chico baja el volumen y ya pronto nos toca a nosotros. Compramos dos piñas y dos mangos.
Camino de casa, Agata entra en una especie de grandes almacenes en cuyo escaparate se ven (por fin) cremas para la piel, que la tenemos bastante estropeada de tanto sol. Mientras yo espero fuera, con las piñas en una mano y los mangos en la otra porque no nos han dado bolsa, viene una tía a pedirme agua (llevo una botella en el bolsillo), varias personas quieren dinero, la tía del agua le dice a un tío que se esconda porque viene la poli, toda esta gente (la del agua, el del escondite, una vieja, varios niños) merodea por allí y no presagia nada bueno. Agata tarda bastante porque en Cuba, con todo lo que les gustan las colas, las despachan como si no supieran qué hacer con ellas.
En un puesto callejero nos compramos unas frituras de yuca (a 1 $ la unidad) que estarían muy buenas si el aceite tuviera menos días; y, en la tienda de siempre, una Tropicola. En casa nos comemos la fruta y salimos.
El centro, al revés que ayer, está completamente vacío. El cielo, cubierto, amenaza lluvia. Nos metemos un rato en internet. Yo salgo antes y unos taxistas me dan conversación, incluso me cuentan hazañas de los españoles durante la guerra de la independencia cubana.
Vamos a cenar en un “paladar” (¡por fin!) que vimos por la tarde. Está vacío. Nos traen el menú en CUC: todo cuesta el doble de lo que habíamos visto antes. Con mi mejor acento cubano, les pido el menú en moneda nacional. Tardan en traerlo. Ya estamos a punto de pirarnos cuando nos lo trae una chica muy sonriente, disculpándose porque “nos han confundido con otros que trajo un amigo suyo este mediodía”. (Aquí la confirmación, de primera mano, del sistema de dobles precios y de comisiones que ya sabíamos que existía.) Pedimos langosta (por fin), pescado, arroz, ensalada, chicharritas, una cerveza Cristal (aceptable) y una Cacique (malucha). La langosta al ajillo no está mal, aunque tampoco es para tirar cohetes; el pescado está rico. Entra una pareja española con toda su españolidad puesta, no sé qué menú les darán. Nosotros pagamos 250 $ (10 CUC, aproximadamente 7 €) por todo. Dejamos 25 $ de propina y a la camarera se la ve contentísima.
Volvemos hacia casa a dejar las cámaras de fotos. En la Plaza Marte hay una fiesta. Están poniendo música y, aunque todavía no hay mucha gente, algunas parejas ya bailan sensualmente en la acera. Los miramos desde el otro lado de la calle. Pasamos por delante de unos vejetes que están sentados en la acera elevada bajo unos soportales. Nos saludan, les sonreímos, se quedan mirando. Creo que quieren una foto. Hablamos con ellos. El más mayor se llama Mundo, tiene 84 años, en una bolsa unos mangos para sus nietos y, al lado, sobre el escalón, dos periódicos de ayer (el Granma, editado en La Habana, y el Sierra Norte, de Santiago) para revender “por lo que me den”. Se los compramos por lo que valían ayer, 20 centavos cada uno. El otro señor se llama Joaquín, tiene 62 años y es profesor de educación física (!!!). Ambos, según nos cuentan, se pasan las horas muertas allí sentados, mirando a la gente. Joaquín sólo por las tardes, porque por las mañanas trabaja, pero Mundo por la mañana y por la tarde. Hablamos un rato y posan gustosamente para que les hagamos fotos. Se las enseñamos y les gustan mucho.
En la puerta de casa un hombre de piel muy negra y pelo blanco tiene un cubo lleno de pimientos subdesarrollados amarillos y del bolsillo de la camisa le sobresale un puro. Los pimientos no son tales, sino una fruta que se llama “marañón” de la que, por cierto, se saca el anacardo (algo que no sabía otro tipo que vimos ayer vendiéndolos, aunque yo estaba convencido de que era así porque me sonaba haberlos visto en Brasil, donde se llaman “cajú”, palabra de la que deriva el nombre inglés de los anacardos, “cashewnut”). Compramos tres para mañana.
El cielo se pone cada vez más oscuro, las nubes están moradas, cargaditas de agua. Salimos de todas formas a tomar un helado del Coppelia “La Arboleda”. Anochece y empieza a llover. Nos retiramos prudentemente, antes de que dé comienzo el gran chaparrón.

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