3/7/12

17. De Holguín a Gibara


Nos levantamos temprano y llenos de picaduras que, a mi juicio, parecen más de pulgas que de mosquitos. Bajamos con todo el equipaje por las escaleras de caracol anoréxico, con cuidado para no descalabrarnos. De su habitación salen los dueños en pijama, les pagamos y nos vamos, sin despedirnos mucho, saltando los cadáveres de cucarachas del patio (una todavía agita las patas).
Vamos en busca de la piquera, desde donde nos han dicho que sale transporte para Gibara. Al llegar, resulta que no es una estación de autobuses, sino una parada de “máquinas” (taxis colectivos). Según varias fuentes, no deberían cobrarnos más de 20, máximo 30 $ por persona. Todos los taxistas nos observan. Le preguntamos a uno por cuánto nos lleva. Dice que 6 CUC por persona. Yo le digo que eso no funciona así y que nosotros pagamos en moneda nacional. El tío, bueno en matemáticas, dice que son 150 $ por cabeza. Sin decirle nada de lo mucho que pienso, nos damos media vuelta. Por la carretera viene un camión, corremos, va a Gibara, cuesta 2 $, subimos con todo el equipaje, la gente nos mira. Va lleno y tenemos que ir de pie (y estamos doloridísimos de las escaleras de ayer). Hora y pico después llegamos a Gibara. Intentamos pagar, ya que antes, con la prisa de subir con toda la carga, no encontramos el monedero, pero el chico no nos quiere cobrar.
Echamos a andar (varias personas se ocupan de indicarnos espontáneamente dónde está el centro, quieren incluso que tomemos un coche de caballos, pero el pueblo es pequeñito), enseguida encontramos una casa en cuya puerta pone “arrendador divisa” con el simbolito azul correspondiente. Llamamos al timbre. Abre un tipo con gesto de funeraria. “–Hola, buenos días. ¿Tienen…?”. “–Dime.” “–Pues eso estoy intentando: que si tienen alguna habitación libre.” (¿Se creerá que venimos a comprar entradas para la ópera?) “–¡Isoldaaaaa!”. Llega la señora llamada Isolda, igual de seca, y nos deja la habitación en 15 CUC.
Vamos a dar una vuelta. El sitio nos encanta, tiene algo de pueblito pesquero del norte español, sin perder el aire de Far West que dan las casas bajas de madera a muchísimos pueblos cubanos. Lo rodea por varios lados el mar, con un par de playitas y un maleconcito. Por otro de los lados las calles suben hasta que la cuesta de asfalto termina abruptamente en una subida de tierra todavía más pronunciada. El pueblo, por todos  los lados, se acaba de repente. Te pones en medio de una calle y ves sus dos extremos: a un lado el mar y al otro el monte. Es domingo y está todo vacío. Vamos en busca de desayuno. En un bar-ventana pruebo una especie de croquetas de camarón, ricas, baratas y grasientas, y unas frituras de nada (bolas de harina que parece rebozar algo y resulta que no). En otro sitio encontramos pastelitos de guayaba recién hechos y batido de lo mismo. En la calle, un tipo con amabilidad de timador nos ofrece una visita a unas cuevas. Un vejete nos dice que vayamos esta noche a ver a un tipo que es manco y a pesar de eso canta canciones de Víctor Jara o de algún otro (puede que la asociación con Víctor Jara sea por lo de manco). Nos topamos también con un tipo que, por alguna razón, habla algo de checo (creo recordar que lo mandaron a alguna fábrica checa, no sé si allí o aquí, pero igual me equivoco).
Nos comemos a medias una pizza horrible, sentados en una plaza por la que corretea una iguanita, refugiándonos del sol inmisericorde a la sombra de un árbol del que cuelgan enormes salchichones verdes.
Estamos sin energía y, además, molidos por la escalera de ayer. Nos echamos una larga siesta. Salimos al atardecer a hacer fotos, el cielo está cubierto y nos corta el paseo un amago de chaparrón tropical que se quedará en falsa alarma. Cenamos por 10 CUC en nuestra casa: Agata, pescado; y yo pruebo (después de que la señora me asegure que no las pescan ex profeso, sino que venden solamente las que han caído accidentalmente en las redes) la carne de tortuga, que resulta estar deliciosa (aunque despúes me arrepentiré, porque al día siguiente me entero de que es un plato que ofrecen clandestinamente en todos los restaurantes de aquí). Por la noche charlamos un rato en el patio con Stefan y Frange, una pareja alemana que también está alojada allí, habla español y está dando la vuelta al mundo con su hijo de dos años, Pepe (sí, sí, ése es su nombre verdadero).

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