10/7/12

26. De Guantánamo a Baracoa


Nos levantamos a las 6:30. Desayunamos y salimos con todo. Cogemos (por primera vez en el tiempo que llevamos en Cuba) un bici-taxi. El chico, un negro joven y fibroso, no quiere engañarnos y nos dice sin dudar (sin mirarnos antes de arriba a abajo, como suelen hacer los que pretenden timarnos) el mismo precio que Lisset, la dueña de la casa, nos había recomendado como justo. El chico ata nuestras mochilas a la parte de atrás con unos cables y arranca. Resulta que el sitio al que vamos, “La formadora de maestros”, está bastante más lejos de lo que pensábamos. El conductor-taxista-ciclista tiene, sin duda, gran resistencia, pero en las cuestas arriba lo pasa mal. Cambia de marchas, pero en el calor húmedo de la mañana guantanamera, suda la gota gorda. Lleva una toalla para secarse. Me recuerda a los riksheros de la India, sólo que su triciclo está en mucho mejor estado y tiene marchas. Tardo en decidirme por aquello de no herir su orgullo, pero en una de las subidas, viéndolo esforzarse, le pregunto si quiere que nos bajemos, pero dice que no. Visto que ha sido honesto y que ha sufrido, llevándonos a los dos con nuestro equipaje, le pagamos 60 $ (el doble de lo convenido) y le dejamos nuestra garrafa de cinco litros de agua, en la que aún queda la mitad.
Hemos ido a lo que llaman “La formadora” porque allí, en la salida hacia Baracoa, están “los amarillos”. Como era de esperar, nos resultan tan útiles como de costumbre: “sí, esperen ustedes, ya vendrá algo”. Al otro lado de la calle, un camión está a punto de arrancar, lleno, hacia Baracoa. Estamos subiendo por la escalerilla cuando un tipo de bigote y gorra nos dice que tenemos que pagar 5 CUC por cabeza. Le decimos que ni de coña, que nosotros pagamos lo que todos. En la puerta del camión hay pintada una lista de precios en la que pone: “Baracoa - 10 $”, es decir, doce veces y media menos de lo que nos piden (aunque no sabíamos, como después resultará, que la lista estaba anticuada). Cruzamos otra vez la carretera y volvemos al mogollón del otro lado, donde unas sesenta personas esperan transporte, preferentemente gratuito. El bigotes cruza detrás de nosotros, dice que 4 CUC. Nosotros, que no se pase de listo, que sabemos perfectamente cómo funcionan las cosas. El tipo, cabreado, nos amenaza: “Pues se van a quedar ahí hasta el amanecer”. Dos señoras que están cerca comentan que hay mucho abusador que se aprovecha de la escasez de transporte y que 5 CUC es un robo. Entretanto llega un camión para no sé dónde y decenas de personas se lanzan al abordaje, aunque sólo logran subir unas pocas. Los escasos vehículos que pasan son, en su mayoría, camiones de transporte (uno con vacas, otro con troncos, una cisterna de petróleo) o furgonetas que van llenas, más algún que otro coche particular, de matrícula amarilla, que precisamente los amarillos no pueden obligar a parar. Y cada vez hay más gente esperando en el cruce aquel, la muchedumbre ya se desparrama por la carretera de tal modo que fuerza a los vehículos a cambiarse peligrosamente de carril. El camión que iba a Baracoa arrancó hace tiempo, pero por desgracia el bigotes no era parte de la tripulación y sigue en el cruce, intentando reclutar pasajeros para otro camión. Cada vez que grita “Baracoabaracoabaracoa” dirige la voz en nuestra dirección y añade: “Vamos, que arrancamos”. Las señoras que están a nuestro lado dicen que sobre las 9 debería pasar “una Yutong”. Lo malo es que esos autobuses, según entiendo, son fletados por empresas estatales (y recogen pasajeros por el camino para compensar la falta de un servicio de transporte público) y no suelen querer transportar extranjeros. Y son sólo las 8:20. Yo me estoy meando, está empezando a lloviznar y no tiene pinta de venir nada. Me alejo, bajando una pendiente, en busca de unos arbustos discretos, con la certeza de que en ese momento precisamente aparecerá algún bus. Pero no. Y llueve un poquito más. El bigotes pregona el destino del camión y al mismo tiempo vende caramelos y no sé qué más. Aprovecho que se aleja con su mercancía para preguntar a un tipo que hay en el camión y que tiene pinta de ser el chófer cuánto cuesta el viaje. Dice que 30 $. A nosotros nos parece bien, aunque para la mayoría de la gente es mucho, porque dentro (a pesar de que el camión lleva allí parado al menos media hora) no hay más que dos personas. Colocamos el equipaje al fondo, contra la pared de la cabina, y nos sentamos. Entran un par de personas más y nos alegramos pensando que ya pronto arrancaremos. Por la curva aparece la famosa Yutong y de repente todos los que estaban en el camión agarran sus bolsas y saltan afuera. “¿Adónde va esa guagua?”, le pregunto a la última señora en bajar. “No lo sé”, dice. Nos planteamos hacer lo mismo, no tanto por ahorrar pasta (pues toda esa gente que cuenta con pagar más o menos 15 $ en la Yutong), como porque, si el camión se queda vacío, la espera se puede prolongar indefinidamente. Pero cuando vemos lo que está pasando allí fuera, decidimos no movernos. Alrededor del bus se ha formado una melée gigantesca. La gente se ha abalanzado sobre él cuando aún estaba llegando de tal manera que me asombra que nadie haya terminado atropellado. El bigotes, de alguna manera, ha conseguido meterse en el centro de aquella jauría. Los amarillos (mejor dicho, las dos amarillas) intentan poner algo de orden, diciendo que tienen preferencia los que van a no sé dónde, pero, evidentemente, nadie les hace el menor caso. Aquello no se mueve, es imposible que en ese bus, que ya viene cargado, quepa ni la mitad de la gente que pretende meterse. Es como si un hormiguero se hubiese quedado paralizado, como una foto de un termitero. Medio centenar de personas se han pegado como lapas al costado del autobús y ya no se mueve nadie. A veces una de las lapas se desprende y rueda hasta otro lado del montón, pero aquella escena absurda e inmóvil dura como veinte minutos sin que, desde nuestra posición, veamos a nadie entrar ni salir. También es verdad que hemos dejado de prestarles atención y estamos jugando a las capitales.
El bus, por fin, arranca, y parte de los rechazados (los más boyantes de entre ellos, o los más desesperados) se sube a nuestro camion. Al cabo de un rato parece que ya hemos reunido el pasaje suficiente y el motor se pone en marcha, haciendo vibrar toda la cafetera e inundando de humo la parte de atrás. Entonces un tipo se pone a cobrar, enseguida se dirige a nosotros y, señalándonos, dice: “Ustedes, cuatro dólares cada uno”. Yo: “Caballero, su compañero me ha dicho que esto costaba treinta pesos cubanos y eso es lo que pienso pagar”. Parece que no está muy claro con quién he hablado antes y que, en cualquier caso, no era el chófer, pero repito que no pienso pagar más que cualquiera de los demás por el mismo servicio. El tipo, que en ese caso, que nos bajemos. Yo, que llevamos más de dos horas allí dentro esperando y que no nos pensamos bajar. El tipo, que o nos bajamos por las buenas, o por las malas. Yo, que lo intente, a ver si lo consigue. El tipo sigue cobrando, vuelve a donde estamos, le doy 60 $, él dice que cuarenta más, yo que no. La gente que hay alrededor, que ya es mucha (unos cuantos no tienen donde sentarse), empieza a decir que qué abuso, que no es justo, que así va el país, que qué van a pensar por ahí fuera de los cubanos, etc. Entonces el bigotes realiza su reaparición estelar y, sin soltar su bandeja de caramelos, empieza un discurso, diciendo que lo injusto es que no dejen subirse a los cubanos en el Víazul a no ser que paguen veinte “dólares”, que cuántas madres y cuántos hijos habrán muerto al no haber podido llegar al hospital por no tener veinte dólares para la Víazul. Unas cuantas personas empiezan a murmurar que es verdad, el bigotes sigue caldeando a las masas y, por suerte, el camión se llena tanto que ya no hay quien pase. Arrancamos, dejando en tierra, por suerte, al mafiosillo del bigotes. Un rato más y lo mismo nos hubieran linchando, culpándonos de un sistema que, en efecto, es absurdo y discriminatorio, pero que ha inventado su gobierno (contra el que en cincuenta años no han sido capaces de unirse); que en realidad está diseñado para exprimir a los extranjeros (pues si éstos pudieran pagar precios cubanos por todo, Cuba sería uno de los países más baratos para viajar); y en el que nosotros, de cualquier modo, siempre que podemos evitarlo nos negamos a participar. Arrancamos a las 10:50, después de más de tres horas de espera y tensión.
El camión va abarrotado, las cuatro filas de asientos llenas y el pasillo también. Atravesamos a toda pastilla un paisaje verde y un tanto junglesco. Sólo nos paran en un control de policía, pero es breve. En San Antonio compro a través de la ventana una pizza malilla por 5 $. Poco después el camión gira para pasar de la vertiente sur a la vertiente este y, habiendo llegado al extremo sur-oriental de Cuba, empezamos a subir por la carretera conocida como “La Farola”. Y entonces, de golpe, entramos en la lluvia. Sin previo aviso nos metemos de lleno en una lluvia densa y tropical, sin preámbulos, como si hubiéramos llegado en mitad de una función. El paisaje que nos rodea es ya totalmente verde, lleno de praderas hirsutas y palmeras frondosas entre las que pastan vacas negras. La estrecha carretera sube serpenteando, pero nada impide a nuestro camión avanzar a todo correr, vomitando un humo negro que apesta a petróleo y ocupando toda la anchura de la carretera. Por suerte desde donde vamos no se ve si viene alguien por el otro carril hasta que ya está pasando por nuestro lado, casi rozándonos: de lo contrario nos habríamos llevado unos cuantos sustos. Llueve a cántaros. También dentro del camión: el agua se filtra y se canaliza por el techo de tal manera que tengo tres caños encima: uno chorrea sobre mi espalda, otro sobre mi brazo y un tercero, que intento taponar o desviar inútilmente, sobre la espalda de Agata que, mareadísima, va dormitando apoyada en mí. Pero es agua caliente y ni siquiera molesta. Lo peor es que en el suelo se está formando un charco y nuestras mochilas se van a empapar. El camión corre que se las pela, a pesar de las curvas y del diluvio. En algunos puntos hay tanta agua en la calzada que salpica hasta la altura del techo del camión. En las curvas el vehículo se inclina tanto que no parece que le falte mucho para volcar. Dentro van cuatro policías y estoy deseando que dejen de hacerse los valientes y le digan algo al loco que conduce. Por suerte en algunos tramos la pendiente es tan pronunciada que el motor no da abasto y hay que aminorar. Mucha gente va mareada, sobre todo las mujeres. La velocidad, las curvas, el agua en la calzada, la ducha dentro del camión, el bochorno, el agobio de gente, el olor del petróleo… La carretera está inundada, pero nada parece despertar la prudencia del conductor. No siquiera las barreras blancas desmoronadas por algún choque al borde de los precipicios, cuyo fondo no se ve. Estamos ya entre montañas y nos hemos metido en una nube. Y seguimos avanzando a toda velocidad, desplazando grandes olas y tomando las curvas peligrosamente. Una camioneta que viene del otro lado debe de habernos hecho señas, porque ambos vehículos se paran lado a lado por dos segundos, lo justo para que el otro conductor le diga algo al nuestro. Debe de ser algo importante, porque arrancamos más despacio. Medio quilómetro más adelante un desprendimiento de piedras bloquea carril y medio. Las rocas más pequeñas tienen el tamaño de un puño, otras son como mi cabeza, unas cuantas son lo suficientemente grandes como para no contarlo después de un choque contra ellas. Nuestro camión pasa despacio, triturando algunas de las pequeñas, bamboleándose.
Tras unas cuatro horas de viaje llegamos, sanos y salvos, a Baracoa. Estamos muertos de hambre. Vamos en busca de alojamiento. En las dos guías recomiendan una casa. Vamos con nuestras mochilas, empapándonos bajo la lluvia. Menos mal que el agua está caliente. Yo me alegro de llevar las chanclas, porque por el suelo está cubierto por una capa de agua, por algunas calles bajan torrentes, a Agata se le empapan los tenis de tela. Delante de la casa que buscamos hay aparcado un coche de alquiler (se sabe por el color de la matrícula… y por la calidad), así que está claro que no hay sitio. Era de esperar, viniendo recomendada en la Lonely Planet. De todas formas preguntamos. El dueño llama a otro tío, un tal Rubén, que acepta nuestras condiciones y nos lleva a su casa. Dejamos las cosas, negociamos la cena por 4 CUC por persona y salimos en busca de algo de comida para aguantar hasta las 7. Parecía que había amainado un poco, pero vuelve a llover con fuerza. El agua nos llega hasta los tobillos y hay sitios por donde no se puede cruzar. Encontramos un puesto (un horno con ruedas y cubierto con una lona) que vende unas pizzas aceptables y nos las comemos bajo un soportal. El tío nos dice que venden unas trescientas o cuatrocientas al día. Son tres socios: el que las elabora, el que las transporta y él, el que las vende. Viendo que hoy no vamos a poder pasear mucho y los próximos días sabediós, entramos en una librería, hojeamos varios libros y nos vemos obligados a preguntar si los precios son en pesos cubanos o convertibles, porque nos parecen demasiado baratos, y más si tenemos en cuenta que hace dos días en Santiago vimos a gente comprar libros de segunda mano (que, encima, parecían ser de sexta) por 20 CUC. Pero no, éstos cuestan entre cinco y veinte pesos cubanos (de quince a ochenta céntimos de euro, aproximadamente). Compramos tres para empezar y prometemos volver mañana. No tienen bolsas de plástico, nos dan una que parece haber contenido lechuga. Llueve tanto que apenas se ve el camino.
Llegamos a casa como si nos hubiéramos bañado vestidos. Nos damos una ducha y descansamos un rato. A las 7, la cena: potaje de frijoles con cilantro, arroz, ensalada, filetes de pescado, zumo de piña con agua de coco y de postre natillas de chocolate, todo por 4 CUC por persona.
No nos apetece salir y mojarnos otra vez, así que nos metemos en la cama: Agata a leer y yo a escribir el diario de hoy.

No hay comentarios:

Publicar un comentario