3/7/12

11. Remedios y Caibarién


Hemos decidido quedarnos un día más por la zona para descansar, escribir (pues nunca hay cuándo actualizar el diario de viaje) y planear la siguiente etapa.
Tras el desayuno, tiramos para Caibarién de nuevo. Allí paseamos un poco; mejoramos, con la luz del otro lado, algunas de las fotos que hicimos ayer; hacemos otras nuevas (los niños de una escuela, todos con camisa blanca y pañuelo granate al cuello cual scouts, nos llaman desde el balcón de su clase); nos compramos un litro de guarapo por tres pesos y probamos, por fin, las pizzas callejeras: por cinco pesos, no está nada mal, hecha en un horno portátil de carbón y todo, parecido al de las castañeras. Un poco más adelante la señora Josefina, sentada con una amiga en el portal de su casa, nos invita a un café. No para de fumar y tiene la piel, según sus propias palabras, “como cuero”. La luz del sol es demasiado bruta como para que los retratos salgan bien y tampoco queremos hacerla levantarse.
Luego cogemos botella hasta Yaguajay, porque tiene un nombre bonito y de allí procedía el trabajador de la gasolinera que conocimos ayer y que se levantaba a las 4 para ir a los cayos: queremos imaginarnos un poco su vida (aunque a otra hora). En la parada de autobús de las afueras nos recoge una camioneta en la que van dos cubanos con gorra. No dicen una palabra. El velocímetro indica 140 km/h, por una carretera en la que con dificultad se cruzan dos coches; sólo deceleran un poquito en sucesivas ocasiones: para evitar un caballo, un enorme toro negro, un rebaño de cabras y la densa humareda de la hojarasca que arde al borde de la carretera. Vamos aterrados, clavados en el asiento trasero, pero llegamos a Yaguajay en menos de quince minutos. Nos bajan cerca del monumento a Camilo Cienfuegos, decidiendo por nosotros que será el punto más turístico; les ofrezco “contribuir al combustible”, pero no quieren dinero. Arrancan y siguen su loca carrera, mientras nosotros decidimos que el monumento a Cienfuegos nos importa bastante poco y nos ponemos a pasear por el pueblo. Está todo vacío, desierto al sol del mediodía. Nos gusta especialmente una manzana (“cuadra”) de madera con soportales, donde cada una de las casitas está pintada de un color. Nos tomamos un refresco en un bar de divisa, porque es de lo poco que hay abierto y la sed aprieta.
Enfrente hay una de esas casetas de tiro que hay en todas las ciudades, pero es la primera que vemos abierta. Nos asomamos y entramos a hablar con el hombre, que nos cuenta que desde la secundaria va allí gente a disparar, hay concursos y gente que nunca falla un blanco. Nos invita a probar: en la pared de enfrente, a unos diez metros, coloca varios papeles con dianas dibujadas, pequeñitas; y nos explica cómo cargar los perdigones en las escopetas de aire comprimido. Por mucho que suene a fanfarronada, la verdad es que no se me da nada mal para ser la primera vez. Le extraña que en España no haya de eso (le explico que sólo con balas, para flipados ricos, o en las ferias): no en vano la pared entera está pintada con una cita de Fidel que dice “Todo cubano debe saber tirar y tirar bien” (sic). O sea, que lo del tiro al blanco es un deber patriótico. No nos quiere cobrar.
Esperamos transporte de vuelta, pero esta vez tenemos menos suerte. La carretera está vacía y a la parada va llegando gente. No para casi nadie y, cuando por fin para uno, los últimos que han llegado se abalanzan sobre el coche, dejándonos a los cuatro primeros con cara de tontos. Casi una hora después nos para, cosa rara, un coche particular (placa amarilla) y nos deja en Caibarién sin mediar palabra ni querer dinero a cambio. Damos una vueltecilla en busca de guarapo fresquito, pero la guarapera hoy está cerrada porque no les han traído caña.
Volvemos a Remedios en una guagua Yutong, a 10 pesos por cabeza y con aire acondicionado. Ducha, diario de viaje, cena (pescado deliciosísimo), conversación amena con los dueños. Saldamos la cuenta: doña Rosa nos cobra 90 CUC por tres noches, tres desayunos y tres cenas para dos personas, más seis botellas de agua: la verdad, una ganga.

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