3/7/12

15. De Las Tunas a Holguín


Dormimos bastante y salimos hacia la estación de tren, contando con desayunar algo por el camino. Los dueños de nuestra casa son bastante vagos y no nos han ofrecido desayuno: precisamente en este pueblo, donde no existen muchas opciones para comer algo en la calle, no podemos desayunar en casa. Por el camino (y si no fue en este momento, fue en algún otro) veo una imagen que no había visto nunca en directo y que me recuerda un juego de ordenador que tenía en mi Spectrum, el “Paperboy”, un chaval en bicicleta que, sin detenerse, va lanzando a la puerta de las casas los periódicos que lleva enrollados en la cesta delantera.
En una “cafetería” compramos una botella de agua (artículo de lujo: la botella de litro y medio cuesta 1 CUC), en otra cuatro mantecados (a 1 CUP la unidad) y en otra cuatro galletas y dos zumos de mamey (por 8 CUP en total). Nos sobra el tiempo, porque en la estación todavía no venden billetes. He ido a preguntar (dejando fuera a Agata, con su pelo rubio y las mochilas) con mi mejor acento cubano:
–Buenos días.
–[La taquillera no levanta la cabeza ni reacciona de modo alguno a mi saludo.]
–¿Están vendiendo ya los boletines para Holguín?
–[Menea la cabeza, aún sin mirarme.]
–¿Y a qué hora empiezan?
–Diez y media–levanta por fin un poco la mirada.
–¿Y podría decirme qué hora es?
–[Baja otra vez la mirada, se encoge de hombros y murmura:] No sé.
–Muchas gracias, señora.
Cuando ya me he alejado de la ventanilla, la señora grita a la compañera de tres taquillas más allá:
–¡Josefaaa! ¿Tú sabes qué hora es?
Vuelvo al cabo de un rato y, manteniendo mi mejor acento cubano por si acaso, compro los “boletines” a 1’40 $ cada uno. Todavía falta un rato para la salida del tren, así que damos una vuelta.
En un parque infantil cinco niños negros a un lado del balancín intentan levantar a tres chicos gordos, colgándose incluso como monos (y, por su propio bien, sin lograr su objetivo). En el patio de un colegio las chicas juegan (mal) al voleibol y los chicos, sin camiseta, al baloncesto. Más arriba hay una caseta de tiro donde los chavales disparan a botes de champú, chapas y tapones de botellas colgados de hilos.
Hace bochorno y no nos sobra mucho tiempo, así que volvemos a casa y nos sentamos un rato en las mecedoras del balcón a planear las siguientes etapas. A las doce pagamos (15 CUC), nos despedimos (la señora dice que a ver cuándo volvemos) y cogemos un coche de caballos (10 $). Como el cochero no ha querido timarnos y ha sido muy simpático le dejamos 5 $ de propina. Nos despedimos: “Que tenga un buen día”. Contesta: “Ya lo tuve con ustedes”.
Agata se queda leyendo sentada en los escalones de la estación con todo el equipaje, mientras yo voy corriendo a cumplir la misión de aprovisionamiento. En un puesto compro un litro entero de guarapo (en mi propia botella) por 2 $; un plato de arroz, frijoles, boniato hervido y tomate (que devoro en un santiamén) por 10 $; y una cajita de arroz congrí y boniato (para Agata) por 8 $. En la puerta de un bar pregunto a una señora de dientes negros y uniforme de limpiadora si tienen agua embotellada, dice que sí, pero que no puedo entrar en camiseta (probablemente resumiendo: ni camiseta sin mangas, ni pantalón corto, ni zuecos de goma), pero que me la compra ella. Un litro y medio por sesenta céntimos de CUC.
La misión me ha llevado más de lo previsto y llegamos al tren con el tiempo justo. Ya no hay sitios libres. La revisora resulta ser la encargada del vagón y no nos permite sentarnos en una especie de mostrador que ocupa la esquina entera, diciendo que “si se rompe, la botan”. No es de extrañar que haya una persona encargada de cada vagón, dada la cantidad de gente que sube y baja en cada parada, como si fuera un autobús. (No me imagino qué ocurre cuando se rompe el tren, algo que debe de ocurrir con bastante frecuencia, como demuestra el hecho de que en la estación nunca tienen la certeza de que los trenes vayan a circular hasta poco antes de la hora prevista, cuando les avisan por teléfono de que, efectivamente, hoy no está averiado y va a salir.) En un descuido de la señora, alguien salta el mostrador y se tumba en un estante que hay debajo y se pone a dormir. Pronto se libera un par de asientos. Tras casi tres horas de viaje llegamos a Holguín. Hemos recorrido 72 kilómetros, lo que arroja una media aproximada de 25 km/h. No es precisamente lo que se llama un tren rápido.
A la salida de la estación cogemos un coche de caballos que, sorprendentemente, no va hacia el centro. Nos encontramos perdidos en otra estación, y esta vez antes de subirnos a otro coche preguntamos adónde va. Nos deja cerca del parque central (Calixto García), echamos a andar y enseguida encontramos una “casa de renta” con su simbolito azul. La habitación en realidad es como un pequeño apartamento construido en la azotea del otro, con baño, terraza, un salón-cocina y dos neveras, una en la habitación y otra en la cocina. Se accede desde el patio por una escalerita de caracol peligrosísima.
–¿Por cuánto?–pregunto.
–Veinte pesos–dice el tío.
–Una lástima, demasiado caro para nosotros–digo mientras nos ponemos otra vez las mochilas y nos dirigimos hacia la puerta.
–¿Y por quince?
–Por quince sí.
Salimos a dar una vuelta y hacer fotos, pero la ciudad no nos inspira demasiado. Las afueras se parecen a Las Tunas (casas cúbicas de madera, una cuadrícula de calles de un solo sentido, más bicis que coches y una impresión general de pueblo casi fantasma del Far West). El centro es interesante porque, según el plan inicial, a cada pocas “cuadras” se intercala un parque con una iglesia. Paseamos. En el interior de un edificio semiderruido y con persianas metálicas oxidadas, a escasos metros del parque Calixto García, se oyen instrumentos de percusión. Un tío, sonriente y con el pelo decolorado de punta, nos invita muy amablemente a entrar. Dentro, varias personas tocan congas y otras bailan, ensayando ritmos afrocubanos de la santería en un impresionante espacio enorme y sin techo, pues hace tiempo que se derrumbó. El tío nos dice que actúan esa misma noche y que tienen discos a la venta. Preguntamos el precio, pues la música mola mucho. “Diez pesos”. “¿Cubanos?”. “Convertibles”. “Se nos sale del presupuesto”. El moreno rubio, al que ya se le ha agotado la sonrisa, nos invita bastante amablemente a pirarnos.
En una calle un poquito más alejada del centro hay un agujero cuadrado en una pared encalada a través del cual un hombre vende carne. Sentados o acuclillados a lo largo de la pared hay varios hombres y una mujer mayor con un pañuelo de colores en la cabeza y al lado, de pie, un hombre sujeta en la mano a una gallina que todavía tiene las plumas manchadas con lo que acaba de dejar en medio de la acera. Ante ellos, un cesto sobre un armazón de ruedas y un carrito, ambos con frutas tropicales (me gustaría poder usar aquí la palabra “repletos”, pues sonaría bien, pero sería mentira). Nos paramos, les sonreímos, hacemos un par de fotos y los hombres nos preguntan de dónde somos. Curiosamente sólo uno de ellos tiene familia en España (se ve que los de las provincias más pobres emigran menos, ya sea porque carecen de los medios necesarios para ello o porque no tienen modelos que imitar, o quizás porque siempre tienen alguna fruta que comer y eso les basta…). Nos dan a probar las “cirigüelas”, una especie de ciruelas silvestres con un sabor muy silvestre. Uno de los agachados, mayor, menudo, magro, renegrido y hasta entonces callado, nos cuenta que en Angola, donde lo mandaron a combatir en las filas del MPLA, las cirigüelas son más pequeñas y más rojas. Para compensar tanto el regalo como el sabor de éste (y para desayunar mañana) preguntamos a cuánto están los mangos. “A tres pesos todo”, dice el tío. Nos parecen un poco caros, pero pensamos que igual son buenísimos. Pedimos tres, pagamos con diez pesos y, para nuestra sorpresa, nos devuelven ocho. O sea, que habíamos entendido mal y que por un solo peso más nos habrían dado el resto de la fruta del día. Señalando una especie de kiwi crecidito, pero calvo, pregunto qué es. El hombre nos explica que es sapote (que luego resultará que se escribe “zapote”), parecido al mamey, y, tirando con las manos, lo abre en dos, le quita el hueso central y nos lo da a probar: es dulce y sabe como un híbrido entre mamey, papaya e higo. A medida que nos lo vamos comiendo (operación nada fácil sin cuchara ni servilletas) nos gusta más. No nos lo quieren cobrar.
[Una reflexión probablemente menos profunda de lo que me parece, pero tengo bastante comprobado que, en muchos lugares, cuanto más pobre es la gente, menos codiciosa y más generosa es, en contraste con lo que ocurre en los sitios turísticos a los que ya ha empezado a afluir el dinero.]
Luego viene la peregrinación nuestra de cada noche en busca de comida para no-carnívoros, encontramos algo comestible en un restaurantucho donde somos los únicos clientes (descubrimos de paso los “chatinos” o algo así: plátano aplastado a la plancha). Encontramos una heladería equivalente al Coppelia, donde hoy sólo tienen dos sabores (naranja y “platanito”), probamos ambos y nos retiramos temprano.

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