El desayuno no es muy abundante. Nos hemos levantado tempranito para asistir al ensayo del grupo afro del que nos habló Lidia ayer. Empiezan antes de que el sol queme demasiado. Es en una especie de palco que hay en el patio de la Casa de la Música. Hay varios percusionistas de diferentes edades tocando las congas y el shekeré, y varios bailarines sin camiseta, flacos, fibrosos y sudorosos, más una bailarina vestida de blanco. Son bastante buenos. Nos dejan hacerles fotos. Conocemos allí a dos argentinas que llevan ya varios días en la zona y que nos tratan con cierto desprecio. El grupo actúa esta noche en el Palenque, iremos a verlos.
Salimos en busca de unas bicis. Cuesta, pero por fin encontramos unas aceptables. Se las alquilamos, a 3 CUC, a un tal Omisiolis (yo, cuando me dijo el nombre por primera vez, le entendí “Comisiones” –no sé qué nombre sería más extraño–; gracias a ese truco mnemotécnico conseguimos encontrar su casa a la vuelta; por cierto, me acabo de dar cuenta de que si lo lees al revés suena como “si lo hicimos” con acento cubano).
Salimos de la ciudad. Un chaval con cara de retrasado va por el campo, muerto de risa, disparando a los bueyes con una escopeta de aire comprimido. Pasamos por el bonito pueblo costero de La Boca, cuya playa no está mal, pero tampoco parece tener nada de particular. Sin embargo, su calle principal, bordeada por vistosos árboles de copas rojas, es preciosa. Seguimos adelante, a un lado del camino crece la maleza (y unas plantas con unos pinchos que no veas), al otro se extienden calitas que serían muy acogedoras si no fuera porque alguien ha puesto carteles como “Beach public tranquil”, “Good snorkelling”, “Daibin sone” (¡toma ya!) o, mi favorito, “Parking gere” (¿será por Richard?). En algunas de las calas hay “esculturas” de conchas y corales, en otras tumbonas, toldos o sombrillas. En todas, un tipo que espera que le pagues por la posibilidad de aparcar allí. Incluso las bicis. Nos metemos por un camino de piedras y tierra y llegamos a una playa que no está mal. Sólo hay un restaurante en un extremo y, bajo una palmera, una familia cubana que tiene miedo de meterse en el agua por los erizos. El tío del aparcamiento quiere que le paguemos, así que metemos las bicis entre la maleza, bajo las amenazas de que él no será responsable “si les pasa algo a las bicis”. Yo le dejo claro que si les pasa algo, iré a buscarlo. De todos modos no nos quedamos allí porque lo de los erizos no anima mucho a bañarse y, además, nuestro objetivo es llegar a la famosa Playa Ancón, aunque poco nos falta para cambiar de opinión cuando la familia cubana nos informa de que Ancón queda justo detrás de un hotel que se llama “Brisas del Mal”… El nombrecito, aparte de para reírnos, nos servirá como punto de referencia, porque lo curioso es que, no sé si con el objetivo de engatusar a los incautos, todas y cada una de las múltiples calitas que vamos encontrando se atribuyen el nombre de “Playa Ancón”. Pero por fin llegamos a una carretera que discurre entre agua a ambos lados: a la izquierda la ensenada de Casilda; y a la derecha divisamos por fin, después de un mes en Cuba, el Mar Caribe. Estamos al extremo de la Península de Ancón. Tras un enorme hotel all-inclusive, esquivando al cancerbero del aparcamiento, encontramos la famosa Playa Ancón, cuya mayor virtud, por lo que vemos, parece ser su longitud. Amarramos las bicis bajo un árbol y nos vamos a dar una vuelta, caminamos bastante, en la playa no hay mucha gente, aparte de unas cuantas personas con las pulseritas fosforitas del all-inclusive; una sospechosa pareja de adolescente negrito esbelto y blanca flácida de cara amarga, unos treinta años mayor que él; y un tipo que pretende vendernos los cocos a 1 CUC, y eso “rebajados”. Nos instalamos en una zona aislada a la sombra de un tenderete de guano, nos damos un baño en el agua turbia, pero no tarda en encontrarnos un tipo que pretende que le demos 1 CUC por la sombra, así que recogemos nuestras cosas, dejamos la decepcionante Playa Ancón y emprendemos la vuelta. El sillín me hace polvo el coxis. Paramos a hacer fotos del cartel azul de “Daibin sone” que vimos antes. Después paramos para bañarnos en la “beach public tranquil”. Estamos encadenando las bicis cuando viene un tipo a decirnos que mejor que las dejemos en el aparcamiento, porque nunca se sabe lo que puede pasar, a mucha gente le da por pinchar las ruedas. Decido jugar otra carta y digo que nos gustaría, pero que hemos salido de excursión y que no llevamos dinero encima, pero muchas gracias. Bajamos a la playa y el tipo nos grita: “¡Pero la sombrilla sí que cuesta un peso!” (convertible, claro). No pensamos usarla. La calita es pequeña y, en sí, linda, pero está afeada por unas estrafalarias esculturas de piedras y corales amontonados, aparte de los tenderetes de guano que el otro ha llamado sombrillas. Y, además, para el poco espacio que tiene, superpoblada. Nosotros, una pareja de españoles (creo, a juzgar por lo que gritan), dos peruanas majas con las que charlo un rato, dos tíos con pinta de nórdicos, y otra pareja más allá, todo ello en quince metros de longitud por tres de anchura. Un cubano se me acerca y me dice que no me fíe del tipo del aparcamiento y que ponga las bicis a la vista, porque “el cubano es maldito”. Él también trabaja allí, pero hoy libra y ha venido a bucear. Le agradezco el consejo, pero para diez minutos más que vamos a estar no me apetece quitarme la arena de los pies, calzarme y subir a mover las bicis. Al cabo de un rato nos vamos, sufriendo cada vez más lo incómodo del sillín. Al llegar, por fin, al pueblo de La Boca, estamos tan secos que aceptamos pagar 1’50 CUC (más del doble de lo normal) por una botella de litro y medio de agua, que nos bebemos allí mismo. Seguimos el camino. A lo lejos se divisan nubes de tormenta. De algunas se ve claramente cómo baja una columna de lluvia. Por suerte, donde estamos nosotros aún hace sol. Junto al camino vemos una especie de choza abierta, un tejado de paja bajo el que venden fruta. Compramos seis mangos por 12 $ o algo así y todavía estamos pagando cuando, de repente, plaf, la lluvia nos alcanza de lleno como si hubieran abierto una boca de riego justo encima de nuestras cabezas. La señora nos dice que nos refugiemos en la choza, donde también están su hijo pequeño y un señor mayor con un machete y una gorra y un acento tan cerrado que no le entiendo nada cuando habla. La lluvia, empujada por el viento, entra por las no-paredes. La señora resguarda al hijo con su propio cuerpo y un pedazo de cartón y le tapa la cabeza con una bolsa de plástico, que me extraña que aún respire. Vemos caer rayos en los alrededores, no demasiado lejos. El señor cuenta algo de un vecino que murió el otro día por meterse a cambiar unos fusibles sin haber cortado la corriente. La señora también cuenta algo. Pasamos allí casi una hora con ellos. A modo de agradecimiento compramos parte del resto de las existencias: un mango enorme (que llaman “superjay”, nombre que nos suena prometedor –“super high”–) y una fruta verde de aspecto extraterrestre y nombre precioso: guanábana. Su piel está erizada de unas protuberancias a mitad de camino entre pinchos y verrugas. Cuando por fin amaina, reanudamos el camino entre los charcos y la llovizna. Al subir una cuesta veo que Agata se ha quedado atrás. Ha pinchado. Probablemente sea pura casualidad, aunque puede que haya sido el aparcador aquel de la calita. Por suerte estamos justo delante de una “ponchera”. Cuando el tipo nos está arreglando la cámara se va la luz. Sin corriente no funciona la plancha eléctrica con la que calienta el parche, así que no hay nada que hacer. Esperamos allí, nos ofrecen mangos, pensamos en montarnos en algún camión con las bicis, pero al final vuelve la electricidad. El tío nos cobra 20 $, que me parece mucho para la realidad cubana, pero por otra parte si lo que quería era exprimirnos un poco más de pasta no nos habría ofrecido los mangos, ¿no? Por fin, despúes de tanta odisea, llegamos, molidos, a Trinidad.
Nos duchamos, nos comemos los mangos pequeñitos (de la variedad “compota”, probablemente los mismos que en Baracoa denominan “seda”, pues están igual de buenos y te dejan los dientes igual de llenos de pelitos), cenamos (hoy hay poca comida) y vamos otra vez al Palenque, a ver al grupo que vimos ensayar esta mañana, que según uno de los integrantes (que me da su dirección para que le mande las fotos) se llama “Lellenda Foll”. Él se llama nada menos que Jeorge, así tal cual. Son buenos, tal vez mejores que los de ayer (que, por cierto, en una competencia extraña están actuando al mismo tiempo en la plaza, a veinte metros de allí), pero también están demasiado pendientes de adaptarse a los gustos del público, al que le interesan más los trajes vistosos que los movimientos rituales de los orishas de una religión que no comprenden (no es que yo sepa mucho, pero me interesa).
Nos retiramos sobre las 11.
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