23/7/12

36. De Girón a Matanzas


Nos levantamos temprano para poder disfrutar de la playa de Los Cocos, que está totalmente desierta. Agata pisa un erizo muerto que había en la arena, pero por suerte no se hace mucho daño. Tras un bañito breve y unas fotos de las palmeras con la sombra alargada que proyectan bajo los primeros rayos del sol, volvemos a casa, nos duchamos y recogemos las cosas. Le dejamos una propina a Maricel, que es quien en realidad nos ha atendido estos días, ha sido muy amable y servicial y probablemente no recibirá ni un mínimo porcentaje del dinero que pasa por sus manos. Vamos hasta la parada del bus, mientras Maricel nos sigue, con sus cerca de cien quilos, en una bicicleta oxidada de cuyos pedales sólo quedan los pivotes centrales. Hemos decidido ir una vez más en Víazul, porque si no tendríamos que coger tres camiones inciertos y perder entero uno de nuestros últimos días en Cuba. Llega el bus al cruce donde esperamos y hete aquí que el trayecto cuesta 12 CUC en vez de los 6 que nos habían dicho. Incluso la dueña de la casa, Ivette, que resulta que viaja con nosotros (lo cual demuestra que el negocio les va bien, pues pocos son los cubanos que pueden permitirse las tarifas del Víazul, equivalentes al salario de varias semanas), se queda sorprendida por el precio. Pero más o menos desde la mitad del viaje (que en total dura algo menos de cuatro horas) nos congratulamos de haber elegido esta opción. Al poco de pasar un lugar llamado Australia (desde el cual Fidel comandó las operaciones de Playa Girón) empieza a llover a cántaros y ya no parará hasta casi el final del viaje. Cuando el bus nos deja en Varadero todavía llovizna. Ivette nos indica dónde espera la gente el transporte para Matanzas: un grupo de personas al lado de la carretera. Enseguida llega un bus, nos metemos junto con los otros y, con la moneda nacional en la mano y total seguridad en nuestros gestos, el conductor no osa cobrarnos de más. Tan sólo pasa de darnos el cambio (1 $ de un billete de 5 $) y no tenemos ganas de discutir (el Víazul nos habría cobrado 6 CUC por el mismo trayecto de 37 km., ¡un robo!). El bus se llena en la siguiente parada, de modo que tenemos que viajar con nuestros mochilones encima. A pesar de la incomodidad nos quedamos dormidos. Nos despertamos un rato después en un atasco: un cable eléctrico se ha desprendido o destensado, los camiones y autobuses no pueden pasar y bloquean el tráfico. Hay una grúa ya en el lugar pero tarda como media hora en solucionarlo.
A la entrada de la ciudad de Matanzas hay un gran billboard en el que, sobre fondo azul, pone: “Matanzas, pueblo laborioso, revolucionario y culto”, y un dibujo de un tanque con gente saltando encima, como si dentro hubiera una biblioteca, vamos. La numeración de la calle por la que circulamos ronda el 29.000. Por fin el bus nos deja en un sitio que resulta ser la Plaza de la Vigía, a tres cuadras del céntrico Parque de la Libertad. Enseguida encontramos alojamiento, negociamos el precio (15 CUC por noche) y salimos en busca de algo de comer, pues pasan de las cinco de la tarde y estamos muertos de hambre. En un sitio nos tienta la oferta de batido de mamey, pero al entrar huele como si criaran cerdos en la trastienda (algo muy probable) y se nos quitan las ganas. Al final encontramos un restaurante que se llama “El horno” y tiene arroz frito, toda una novedad en la monótona dieta del último mes y pico. El arroz nos lo hacen con verduras, porque Agata explica que es vegetariana. Yo le pregunto a la camarera qué es una cosa que aparece en el menú, la “masa de cerdo”, y ella me informa: “es como una masa, de cerdo”. La pido a pesar de eso. Mientras esperamos (¡mucho!) la comida, aparca en la puerta un Peugeot 206 (es decir, el no va más en automoción teniendo en cuenta el estándar del parque móvil cubano). De él baja una chica que desaparece al fondo de nuestro restaurante (probablemente va al baño) y tres tipos con pinta de haber visto demasiados videoclips gangsta: gorras, cadenas doradas, pantalones no del todo largos (cada uno de un color), camisetas ceñidas marcando tripa y zapatillas de deporte Converse y Adidas falsificadas. Mientras tanto, la camarera se mira al espejo, se fuma un cigarro, se lima las uñas y se vuelve a mirar en el espejo de un aparador mientras se estira la camiseta y pone morritos. Los tres gangsta siguen esperando a la chica (que debe de estar estreñida) y se pavonean ante la puerta del restaurante. Han comprado en El Rápido de enfrente como ocho o diez latas de cerveza y de malta, van a montar un fiestón que no veas. Por fin nos traen la comida, el arroz frito resulta todo un manjar en comparación con lo que llevamos comiendo últimamente. Mi masa de cerdo resulta ser un craso y graso error. A la hora del postre, a Agata se le ocurre preguntar cómo es el dulce de coco. “Es el coco, hecho dulce”. Pero de todos modos no hay. Después de haber saciado el apetito, compramos agua y volvemos a casa, nos duchamos, descansamos un ratito y enseguida nos ponen la cena. El potaje de frijoles que debía ser vegetariano está lleno de trozos de carne peluda y de algo que parecen callos. Yo me como el mío y está bueno, pero Agata se lo deja, aunque la dueña le dice que por una vez que coma carne tampoco le pasa nada (además, los animales son vegetarianos, ¿no?, pues ¿qué más dará?, digo yo…). El pescado de segundo está súper grasiento y ambos nos dejamos más de la mitad. Ni nos ofrecen otra cosa, aunque sea un sángüich, ni nos hacen un descuento, ni nos piden siquiera disculpas por la segunda peor cena que nos han dado en una casa particular (superada sólo por aquélla de la señora Soledad en Santa Clara). Por ese motivo decidimos no hacer más comidas allí. Nos acostamos pronto, yo tengo calor, pero Agata tiene frío y apaga el aire. Duermo mal.

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