[Nota: las aventuras de estas últimas 24 horas las escribo un año después, de memoria, ya que, con el ajetreo de la vuelta, no terminé el diario en su momento; de modo que puede haber inexactitudes.]
Nos trae el desayuno la señora Belkis, aunque no es tan espectacular como el de los primeros días. Se despide de nosotros abrazándonos y besándonos. Luego viene Mabel, le pagamos, nos despedimos y llevamos todo el equipaje a casa de Milaidys, de donde saldremos después.
Salimos a hacer fotos (pues nos hemos dado cuenta de cuánto nos falta por hacer, sobre todo retratos, ya que los primeros días en La Habana fueron bastante hostiles y anduvimos desganados) y a buscar algunos regalos.
Paseamos por Chinatown. Se nos ocurre que podemos subir al edificio Bacardí para ver las vistas. Buscándolo, nos metemos sin querer en el Museo de la Telefonía y, como es gratis, abarcable y divertido, nos quedamos un ratito allí.
En una tienda Agata compra para regalar los diarios del Che a un precio irrisorio. Pienso que no es un mal regalo, así que quiero comprar yo también un ejemplar, pero no les quedan más. Lo encontraremos más tarde en una librería de la zona turística por un precio cuarenta veces superior (evidentemente, no lo compro).
Seguimos paseando y haciendo fotillos. En un portal, una niñita mulata y con trenzas posa como una modelo profesional. Luego llega su tía, jovencísima, que tiene unos ojos verdes impresionantes, un tatuaje de un tigre asomando por el escote palabra de honor de su vestido blanco con volantes, y unas garras pintadas de morado, y también posa, y curiosamente parece más tímida que la cría.
Como nos sobran unos cuantos CUC, se me antoja comprarme un reloj de silicona de ésos que al parecer están de moda en La Habana. Los veo en un puesto, pero no tienen amarillos. En otro sí, pero me piden 12 CUC. Pregunto en varios sitios más, pero en ninguno tienen amarillos. Uno de los vendedores lleva uno en la muñeca y me lo vende, tras un poquito de regateo, por 7 CUC.
Encontramos en la zona un centro comercial no turístico para comprar los últimos regalos y encargos. Lo de siempre: café, algo de ron y un par de puros sueltos, porque no nos llega para más.
Y ya estamos a punto de emprender la vuelta a casa a pie cuando nos damos cuenta de que no nos queda pasta para pagar en el aeropuerto la tasa de salida del país: 25 CUC por cabeza (la verdad es que podrían incluirla en el visado). En la zona no hay ninguna CADECA, así que despertamos al conductor de un bicitaxi que está repanchingado en el asiento trasero y le pedimos que nos lleve a la CADECA más cercana. Está cerrada. La siguiente también. Y no nos queda mucho tiempo. Encontramos por fin un banco a punto de cerrar. La operación de cambiar euros por CUC lleva siglos: primero, porque hay cola para todo; después, porque las señoras de la ventanilla apuntan cuidadosamente uno por uno los números de serie de cada billete.
Le pedimos que nos lleve a la guarapera que hay cerca de casa de Milaidys para despedirnos de Cuba con nuestro último vaso de guarapo. El hombre se ha portado bien, ha pedaleado esforzadamente, ha sido paciente y no ha exigido más dinero del convenido a pesar de las vueltas, así que le dejamos una buena propina y, de paso, le invitamos a un guarapo, que acepta gustoso.
Llegamos con el tiempo justo para cambiarnos y comer nuestros últimos frijoles.
El marido de Milaydis nos lleva al aeropuerto en su Chevrolet del 52. Es nuestro último capricho turístico. Al fin y al cabo, ha aceptado llevarnos por 20 (quería 35 o así, creo recordar; y aunque quisiéramos pagárselos no habríamos tenido), casi lo mismo que nos habría cobrado el Lada de anoche, que consume mucho menos (la gasolina que se compra fuera de la tarjeta de racionamiento, es decir, casi toda, proviene del mercado negro y no es precisamente barata).
En el aeropuerto se quedan con nuestra tarjeta de turista. Nuestro pasaporte no muestra ninguna huella de haber pasado por Cuba.
Después de cuarenta días comiendo en la calle y bebiendo de los mismos vasos que todos los cubanos sin pillar nada, van y nos sientan mal unos sángüiches plastificados del aeropuerto de Fráncfort...
No hay comentarios:
Publicar un comentario